Fernando Vizcaino Casa (...y al tercer año, resucitó)

INSERTO I

A las 7.25 de la mañana del 20 de noviembre de 1978, una llamada al secretario del P.C.E. solicitó la presencia urgente de Santiago. Naturalmente, Santiago estaba durmiendo. Insistió el comunicante en que resultaba imprescindible hablar con él. Comprobada la identidad y la veracidad de la llamada, se le puso en comunicación con el domicilio del secretario general, que personalmente (y en pijama de seda) tomó el auricular. Llamaba un monaguillo de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos (militante del Partido), que había escuchado los gritos alucinados del sacristán y los transmitía a su jefe:
-Lo que te digo, camarada. Ha resucitado, ha resucitado...
-Gracias por la información, camarada.
Santiago vaciló apenas unos segundos. Llamó en seguida a Simón, que comentó:
-¡Pero eso es absurdo! ¡Increíble! ¡Imposible!
-Déjate; tratándose de quien se trata, no debemos descartarlo.
Entonces, Santiago despertó a todo el Comité Central, metió en el bolsillo de la chaqueta su pasaporte y encargó que dos personas de su confianza marchasen a toda velocidad hasta Cuelgamuros. Y con especial empeño ordenó a Marcelino que le sacara un billete de avión para París en el primer vuelo del día y muy encarecidamente le dijo a su secretario:
-Tráeme en seguida la peluca.
Después, se postró de hinojo ante la imagen de la Virgen del Pilar y devotamente le rezó una salve.

INSERTO IV

Doña Luz se levantó apresuradamente al oír el repetido tintineo del teléfono. Eran las 7.46 de la mañana y puede suponerse la emoción de la señora cuando recibió la insólita noticia:
-¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado!
Tardó apenas unos segundos en llegar junto a la cama donde dormía plácidamente don Carlos Arias. Que entreabrió los ojos y necesitó que su esposa repitiera tres veces la información.
-¡Que sí, Carlos! ¡Que dicen que es verdad! ¡Que el Caudillo ha resucitado!
Saltó de la cama, con impetus mozos, el ex presidente del Gobierno, murmurando entrecortadamente:
-¡No lo dudé nunca...! ¡Estaba seguro de que tenía que suceder...! ¡Se lo había pedido tantas veces al Señor...!
Entre sollozos, cayó de rodillas y dirigiendo sus ojos llenos de lágrimas al cielo, exclamó:
-¡Gracias, Dios mio! ¡Gracias!

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