Lev Tolstói (Contra aquellos que nos gobiernan)

¿Qué es una ley? ¿Y qué es lo que da a los hombres el poder de hacer leyes? Existe una ciencia más antigua, más embustera, más confusa todavía que la economía política, cuyos adeptos, en el transcurso de los siglos, han escrito millones de libros -y muy a menudo en contradicción unos con otros- para contestar a esas dos preguntas. Pero como el fin de esta ciencia, lo mismo que el de la economía política, no es exponer lo que es y lo debería ser, en ese enorme fárrago de libros se encuentran innumerables disertaciones sobre el derecho considerado en sí mismo o en sus diversas manifestaciones, sobre la idea del Estado, sobre multitud de otros temas tan oscuros para los maestros que hablan de ellos como para los discípulos que tratan de comprenderlos, pero en ninguna parte se halla una definición clara de la ley.

Los hombres de ciencia nos dicen que la ley es la expresión de la voluntad del pueblo, pero en todas partes y siempre los hombres que desean sinceramente el cumplimiento de la ley son muchos menos numerosos que los que desean violarla, y que no la violan por temor únicamente a las penas que castigan esta transgresión. Es evidente, pues, que la ley no puede ser nunca considerada como expresión de la voluntad del pueblo.

Existen, por ejemplo, leyes que prohíben deteriorar los postes telegráficos o transportar ciertos objetos más allá de ciertos límites, que prescriben rendir honores a ciertos personajes, que obligan a todos los hombres a servir en los ejércitos y a tomar asiento como jurados en las salas de las audiencias, que castigan al que dañe la propiedad ajena o al que ponga en circulación moneda falsa. Todas estas leyes y muchas otras conciernen a asuntos y casos muy diversos, y pueden tener motivos muy distintos. Pero ninguna de ellas expresa la voluntad del pueblo.

Todas tienen ese carácter común: dan a quienes las hicieron, siempre que sean violadas, el derecho de enviar a hombres armados para detener al transgresor, encerrarlo y, llegado el caso, matarlo.

Si alguien se niega a pagar impuestos, es decir, se niega a sacrificar indiscriminadamente una parte del producto de su trabajo, vendrán esos hombres armados que le arrebatarán a la fuerza lo que no quiere dar, y si opone resistencia, lo detendrán, lo encerrarán y acaso lo matarán. Lo mismo le ocurre a cualquiera que pretenda disfrutar de una posesión sobre la que la ley no le reconoce ninguna propiedad. Igualmente le pasará a quien quiera usar bienes o instrumentos de trabajo que no son legalmente considerados como suyos: llegarán hombres armados, le arrebatarán aquello de lo se hubiera apoderado y si se trata de oponer la más leve resistencia, lo detendrán, lo encerrarán o lo matarán. Igual suerte espera a cuantos no hayan rendido a ciertas personas las demostraciones de respeto que describe la ley, o a cuentos rehúsen el servicio militar. Por toda infracción de las leyes establecidas los delincuentes serán castigados, se les golpeará, se les encarcelará y tal vez se les asesinará por orden de aquellos que han hecho las leyes.

Desde Inglaterra y América hasta Japón y Turquía, muchas naciones han recibido cartas constitucionales para hacer creer a los hombres que es su propia voluntad la que produce las leyes del país. Pero todo el mundo sabe que en todos los Estados, bien estén gobernados por un déspota o se crean libres como en estados Unidos, Inglaterra o Francia, la ley no emana de la voluntad nacional, sino del capricho de los hombres que están en el poder, y que, en todas partes y siempre, ésta es lo que debe ser para servir a los intereses de los gobernantes, sea cual fuere su número. De igual manera, siempre y en todas partes, se emplea para hacer ejecutar la ley los medios de los que los hombres se sirven siempre para imponer su voluntad: la violencia física, la cárcel y el asesinato. No puede ser de otra manera.

Y no pude ser de otra manera porque las leyes son reglas de las cuales es preciso asegurar la aplicación, y para obligar a los hombres a conformarse a ellas, es decir, a hacer lo que quieren otros hombres, no hubo jamás otros medios que la violencia física, la cárcel o la pena de muerte.

Desde el momento en que hay leyes, es necesario que haya una fuerza para hacer que se cumplan. Ahora bien, la sola fuerza que puede obligar a los hombres a observar ciertas reglas, a hacer lo que otros han querido, es la violencia: no aquella simple violencia que los hombres emplean a veces unos contra otros en un arrebato de pasión, sino la violencia organizada, consciente, aquella precisamente de la que se arman los gobiernos para asegurar la aplicación de sus decretos, es decir, para imponer sus voluntades o las de la clase rica y dirigente.

Así que no busquemos ya la explicación de las leyes en la idea del Estado o en la común voluntad del pueblo o en otras abstracciones tan vagas. La explicación está en el hecho de que algunos hombres pueden, usando la violencia organizada, someter a sus deseos al resto de la humanidad.

La sola definición, indiscutible, inteligente para todos que se puede dar de las leyes es la siguiente: las leyes son reglas establecidas por hombres que se apoyan en la violencia organizada, reglas para su cumplimiento y que por tanto deben observarse bajo pena de castigos físicos, sean o no legales, cárcel e incluso la muerte.

Esta definición contiene la respuesta a la segunda pregunta: ¿qué es lo que da a algunos hombres el poder de hacer leyes? Lo que otorga el poder de hacer leyes es lo mismo que permite asegurar su ejecución: la violencia organizada.

2 comentarios:

Patucos dijo...

El bueno de Tolstoi, bueno y sabio.

Dejo aquí un enlace, acerca del estado de derecho,(más bien sobre el estado del estado llamado de derecho)

- Andrés de la Oliva Santos -
Catedrático de Derecho Procesal de la Universidad Complutense

- LA COBARDÍA DEL CONFORMISMO EN EL MUNDO JURÍDICO Y UNIVERSITARIO -

http://andresdelaoliva.blogspot.com.es/2014/04/la-cobardia-del-conformismo-en-el-mundo_10.html

joaquin rabassa dijo...

Gracias por tu comentario. He publicado tu enlace en mi facebook. Un saludo.

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