Marina Garcés (Un mundo común)

El pensamiento como problema y no como solución, como procedimiento absoluto y sin garantías que pone en juego, de manera comprometedora, nuestra relación con un tiempo y con un mundo común: ésta es la cuestión de la filosofía desde sus inicios. Esto es lo que hace de la filosofía un acto de indisciplina radical. No se trata de que sea más o menos crítica o más o menos revolucionaria. La filosofía es un acto de indisciplina o no es. La filosofía no se resume en el contenido de su discurso, en su palabra convertida en pura teoría, sino que es un compromiso con la verdad que se tiene que verificar en el cuerpo de quien la enuncia. En su cuerpo quiere decir: en su inscripción en el mundo, en relación con los otros y con el propio tiempo. La filosofía es una línea de fuga, pero no un refugio. El filosofo no es un sabio separado del mundo, ni un director general que da órdenes desde su despacho. Su palabra es la expresión siempre inacabada de un compromiso desencajado respecto a las representaciones que dominan su propio tiempo. Escribe Merleau-Ponty: <<Obedecer con los ojos cerrados es el principio del pánico y escoger contra lo que comprendemos, el principio del escepticismo. Hay que ser capaz de hacer un paso atrás para hacerse capaz de un verdadero compromiso, que siempre es un compromiso en la verdad>>. Dejarse tocar, ser afectado por el efecto de verdad de nuestras palabras, tiene que ver con esta relación entre el paso atrás y el compromiso. Dejarse tocar no es entregarse sin condiciones, no es una afirmación sin reservas. Es un arte de la distancia capaz de encontrar la medida más justa de proximidad.

La filosofía es un uso de la palabra que afecta, así, la vida de quien la pronuncia y de quien se tropieza con ella. Por eso es un arte corruptor: corruptor de almas jóvenes. Sócrates tuvo que morir. <<Quien ha pensado lo más hondo, ama lo más vivo>>, escribió Hölderlin refiriéndose al amor de Sócrates por el joven y atolondrado Alcibíades. Ese amor, corporal y erótico, no era una debilidad de hombre maduro. Era la máxima expresión de la fuerza de afectación del pensamiento. Se ha escrito mucho sobre el amor platónico y sus formas de sublimación, pero para poner en palabras los efectos de esta afectación del pensamiento y su dimensión primariamente corporal, nada mejor que escuchar las palabras del propio Alcibíades relatando los efectos que produce en él la presencia de Sócrates:

... cada vez que alguien te escucha a ti o a otro pronunciando tus palabras, aunque el que hable sea muy mediocre, ya te escuche una mujer o un muchacho, quedamos estupefactos y posesos. (...) Cuando lo escucho, mi corazón, mucho más que el de los agitados por el arrebato de los coribantes, salta y se me derraman lágrimas por obra de las palabras de éste. En cambio, al escuchar a Pericles y a otros buenos oradores, yo estimaba que hablaba bien, pero no me provocaban ninguna emoción semejante, ni me alma se sentía alborotada ni se irritaba pensando que se hallaba en estado de esclavitud, mientras que por obra de este Marsias (músico con el que está comparando a Sócrates) muchas veces me he visto en un estado tal que me parecía que no podía seguir viviendo en las circunstancias en que estoy.

Palpitaciones, lágrimas y emoción que son el estado físico de alguien que siente unos efectos únicos de la palabra sobre su propia vida: la revelación de su estado de esclavitud y la necesidad de vivir de otra manera. Estas manifestaciones físicas no son de éxtasis estético ante un buen orador, ni la conversión ante la fuerza de la palabra revelada. Son las convulsiones de un cuerpo expuesto a la necesidad de su propia emancipación, a través de las palabras y la presencia amada de otro. Pero sigue Alcibíades describiendo dos sentimientos más que siguen a éste: <<me despreocupo de mí mismo y en cambio atiendo a los asuntos de los atenienses>> y << he experimentado lo que nadie creería que había en mí: el avergonzarme ante alguien>>: el compromiso con los demás y la vergüenza ante la tentación de huir de esa exigencia. Alcibíades, el joven atolondrado, sabe muy bien, porque lo ha sentido en su carne, cuál es el precio de este encuentro único. Termina su intervención con estas palabras:

Así pues, yo, mordido por algo más doloroso [que una víbora] y en la parte que más dolorosa de las que uno puede ser mordido -pues ha sido en el corazón o en el alma- o como sea preciso llamarlo. donde he sido herido y mordido por los discursos filosóficos, que son cosa más cruel que una víbora cuando se apoderan de un alma joven...

Alcibíades ha sido mordido por las palabras de Sócrates y los efectos dolorosos han dejado su alma irreversiblemente alborada. No hay marcha atrás. Alcibíades ya no puede vivir como vivía pero tampoco sabe cómo hacerlo. La mordida ha sido cruel. Soólo que su ida, tal como era, no le vale y se preocupa de cosas que antes no le preocupaban, cosas que tienen que ver con esos atenienses que en otro momento le resultaban indiferentes. Sócrates y Alcibíades son aquí los protagonistas de un amor que libera sin resolver nada, que hace sentir el deseo de emancipación en los latidos del propio corazón, sin tener recetas ni soluciones que cancelen ese deseo.

¿En qué consiste la fuerza de afectación de las palabras de Sócrates? ¿Por qué no son como las de cualquier otro buen orador? Son palabras que, apelando a una razón común, interpelan a cada vida concreta. A la filosofía no le valen las opiniones o los pensamientos privados. Lo había anunciado ya Heráclito: <<Pero, siendo la razón común, viven los más como teniendo un pensamiento privado suyo>>.

Lo que nos dice Alcibíades es que, si bien no todos podemos ser Sócrates, sí escondemos todos un cuerpo-filósofo que puede ser mordido por la víbora cruel. Basta con dejarnos morder, basta con que caigamos en la indecencia de dejarnos tocar, y el combate del pensamiento se desencadena. El cuerpo-filosófico es el que comete el acto de indisciplina de dejarse tocar por el deseo de razón común que resuena en nuestras palabras siempre inacabadas, siempre insuficientes, siempre parciales, siempre mortales. Es un cuerpo cruelmente afectado de deseo que lo único que sabe es que su vida ya no volverá a ser la misma, que ya no podrá vivir en la esclavitud de la opinión privada. Sócrates, el corruptor...

* Marina Garcés ( En las prisiones de lo posible) 

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