María Zambrano (Algunos lugares de la pintura)

NOCHE OSCURA DE LO HUMANO

Es sabido que en 1911 Picasso se dirige por primera vez al <<arte negro>>, y lo que en él encuentra es la máscara, son máscaras con que ocultar al hombre que él no quiere dejar aparecer en su pintura. Como más tarde encontrará el <<Arlequín>>, para que el cuerpo humano no sea tampoco el cuerpo humano. Desaparece, pues, el hombre a la par que la idealidad del mundo. Y el espacio aparece lleno, lleno como hacía mucho tiempo. Y si alguien busca el espacio, como Chirico, resultará ser el vacío, el vacio de un teatro abandonado por sus actores.
Estamos en la <<noche oscura de lo humano>>. Se esconde tras de la máscara, y el mundo vuelve a estar deshabitado. Son los paisajes lunares: tierras secas y blancuzcas, paisajes de ceniza y sal. Playas gigantescas tras de la retirada marina, vegetación mineral, flores calizas y caracolas, algas informes, criaturas amorfas de un reino que no es la vida ni la muerte. Y es también, el desierto, la extensión sin término. Y los residuos de lo humano, objetos gastados por el uso: zapatos viejos, cepillos sin cerdas, cajas irreconocibles de cartón, todo deshecho. Y es lo más humano, pues al fin lleva su huella, huella que enseña y hacer patente el eclipse y la tristeza, como si solo esas cosas sin belleza alguna llorasen al huésped ido.
¿Por qué el eclipse? ¿Tiene acaso el hombre un sitio donde regresar desde su historia? Todo da a entender que busca algo dejado atrás y que quiere adentrarse en algún secreto lugar, como si buscara la placenta de donde saliera un día, para ser de nuevo engendrado. Abandona el mundo donde tenía que ser hombre entero, y sostiene una idealidad; se muestra reacio a vivir a la luz del día, que es la luz de la razón, de esa razón que puso orden una vez en la realidad pavorosa. Busca el lugar oscuro, la caverna de donde saliera para en ella hundirse de momento.
El hombre genérico, esencial, no aparece, hace tiempo que nadie responde a las llamadas que le dirigen, ni a la apelación a que unos cuantos hombres más virginales e íntimos le han dirigido. No responde porque se sigue escondiendo, desaparece de donde ha estado durante tantos siglos. Y todas las llamadas serán en vano mientras que no se recobre el contacto con algo perdido. Algo que le daba precisamente la condición de expresarse, de aparecer ante la faz de la naturaleza, de existir.

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EL ARTE DE JUAN SORIANO

Todo lo que es creación hunde sus raíces en el sueño.
El movimiento surrealista hizo de esta verdad una tesis y, lo que es más grave, una intención. También un método. Lo cual es empezar a hacer ya lo contrario, mostrar desconfianza en las leyes del sueño bien soñado.
Porque la conciencia solo debe intervenir en el sueño para abrirle cauce. Y esta forma extrema de la conciencia que es la razón, especie de conciencia desprendida, le abre camino y aun le presta instrumento. No basta con soñar para que la creración humana surja; nace más bien de una cierta relación entre el sueño y la vigilia de la razón. Diríse que el pintor, si de pintura como en el caso de Juan Soriano se trata, debe pensar y ver despierto y pensar y pintar como en sueños., dejando atrás juicio y cuidado en un acto de pura libertad que el es al par obediente. El hacerlo así es cuestión de ética que ninguna actividad humana puede estar sustraída a ella. Y si esta actividad es creadora, diríamos que es la viva encarnación de una ética, no por informulada menos actuante.
Es la impresión primera y no borrada por reiterada contemplación que producen las obras de Juan Soriano, pintor de México que en estos días expone su labor última en una galería romana.
No es frecuente recibir esta impresión de estar ante una obra de sustancia moral, y menos frecuente todavía el enunciado, pues ¿qué tiene que hacer la ética con el arte? ¿Acaso no se liberó ya el arte de todo para quedar  a solas consigo mismo? -se dirá-. Justamente: por haberse quedado a solas consigo mismo, y más aún, por entero en quienes tienen la decisión de desprenderse de toda consideración sobre el <<éxito>>, el arte encuentra su propia ética, la que podríamos llamar ética del sueño bien soñado, que ni aún despierto se pierde.
Son esos cuadros de Soriano obras ya desprendidas de la mano de su autor, figuras y cifras de un mundo que ha penado mucho por salir al encuentro de la luz y que ha salido sin esfuerzo porque pueden dignamente afrontarla.
Y cuando esto sucede, lo que primero se gana es la unidad, la unidad de cada cuadro, la unidad de todos ellos que hacen ver que se trata de una obra. Solo aparece la obra cuando cada cuadro, siendo uno, aparece a la vez como fragmento que hace alusión a un todo,  una unidad definitiva y abierta. Y llegar  a esto es más que lograr eso que se llama una personalidad.

* María Zambrano (El Hombre y lo Divino)

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