Manuel Cruz (Adiós, historia, adiós) El abandono del pasado en el mundo actual

Se reparará, entonces, en que el transcurso de los acontecimientos, lejos de cargar de razón a aquellos agoreros que, desde hace ya bastantes décadas, venían relamiéndose anunciando el final de las ideologías (cuestión en la que ahondaremos en el próximo capítulo), lo que han hecho ha sido modificar la naturaleza de las mismas, sobre todo en un aspecto fundamental. De ser cierto lo que hemos comentado hasta aquí, lo característico de las ideologías en nuestra época no es tanto su desaparición como su transformación. Las ideologías hoy han devenido invisibles. Operan con la eficacia que acabamos de comentar pero sin reivindicarse explícitamente. Tal vez, si hubiera que echar mano de alguna categorización preexistente para interpretar dicha mudanza, pudiera resultarnos de ayuda la que proponía Ortega al distinguir entre ideas y creencias. Se recordará el trazado de la línea de demarcación entre ambas nociones: mientras que las ideas son pensamientos que se nos ocurre (de ahí que en algún momento Ortega las denomine tambien <<ocurrencias>>), y que podemos examinar, adoptar y hasta imitir, entre otras razones porque emergen de la vida humana que los precede, lo más característico de las creencias es precisamente el hecho de que no desembocamos en ellas a través de actos específicos de pensamiento ( no son pensamientos que bien pudieran no habérsenos ocurrido) sino que, por el contrario, se hallan ya en nosotros, constituyendo la sustancia de nuestra vida. O tal vez mejor a la inversa, nosotros estamos en ellas. Dicho con la proverbial rotundidad orteguiana: las ideas se tienen, en las creencias se está.
El principal peligro de que, en efecto, pudiera aplicarse el esquema de Ortega a la presente situación vendría dado por uno de los convencimientos más fuertes del autor, a saber, que hasta cierto punto dominamos nuestras ideas, pero estamos siempre dominados por nuestras creencias. Resultaría exagerado afirmar que las creencias son inmunes a la crítica, pero en lo más mínimo sostener que la hacen mucho más problemática. Impugnar las propias creencias es una tarea que obliga al sujeto no solo a un trabajo deconstructivo previo sino también a otro, positivo, de producción de nuevas ideas. Porque las ideas, tan denostadas en el mundo de hoy, son de enorme utilidad para la vida. Sirven para cubrir las fisuras que se abren de continuo en las creencias que nos constituyen. La idea es aquello que se forja el hombre cuando la creencia vacila. Las ideas son esas cosas que de manera consciente construimos precisamente porque (todavía) no creemos en ellas. Y los huecos de nuestras creencias deberían ser el lugar vital donde las ideas se insertaran para desempeñar su función crítica.

[...] Porque si antes hablábamos de ideologías para referirnos a esos conjuntos de ideas a los que atribuíamos una importante capacidad tanto explicativa como interpretativa o propositiva, tal vez ahora deberíamos acuñar un nuevo término que diese cuanta de la forma en que, desde la sombra, las nuevas creencias gobiernan y dirigen nuestro comercio con el mundo, liberadas de la fastidiosa tutela que en otros tiempos llevaban a cabo las ideas, deseosas a su vez de tomar el relevo y convertirse ellas mismas en las nuevas creencias. Desaparecidas las ideas de recambio en un mundo que ha dado a casi todas por muertas, los viejos convencimientos imponen su ley a su antojo, modelando nuestra mirada a su gusto, sin tener que rendir cuentas por nada.
Tal vez si a los viejos e interesados sistemas de ideas los calificáramos como ideología, a esta nueva forma de engaño social le conviniera el neologismo creenciología.  En todo caso, se le denominara como se le denominara, estaría señalando uno de los puntales de los imaginarios colectivos del mundo de hoy, que vendrían, efectivamente, caracterizados por el mayor peso de la creencias sobre las ideas. Desequilibrio -no cabe la menor duda al respecto- absolutamente interesado, en la medida que, al obturar un auténtico debate crítico en relación con lo que pensamos, termina convirtiéndonos en seres aplicados y adaptados, funcionales y práticos, sin la menor capacidad para tomar distancia de cuanto ocurre, que pasa a ser visto, sin necesidad de argumentación alguna, como obvio (en su versión más ligera) o como necesario (en la más pesada).

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