Paul Virilio (La administración del miedo)

    Si le he entendido bien, la velocidad, que genera estrés al suprimir el espacio, produce miedo y, a su vez, el miedo aumenta la velocidad y la convierte en un vector suyo.

Sí, la velocidad angustia por la abolición del espacio, o más bien, porque el pensamiento colectivo es incapaz de pensar el espacio real, dado que la relatividad nunca ha sido verdaderamente comprendida, secularizada. Por eso Francis Fukuyama se equivoca cuando pronostica el fin de la historia. En primer lugar, hay algo inútilmente apocalíptico en ese pronóstico; en segundo lugar, la historia sigue su curso con la marcha del tiempo y la acción de los hombres; y, en tercer lugar, ¡Fukuyama nos confunde y nos hacer perder el tiempo! En efecto, no se trata tanto del fin de la historia como del de la geografía. Mi trabajo sobre la velocidad y la relatividad me condujo, ya en 1992, con motivo de la cumbre de Rio sobre el medio ambiente, a proponer el concepto de <<ecología gris>>. ¿Por qué gris? Más allá de la referencia a la ontología gris de Hegel, se trataba de decir que si la ecología verde se refiere a la contaminación de la fauna, de la flora y de la atmósfera, es decir, de la Naturaleza y de la Sustancia, la ecología gris se interesaba por la contaminación de la distancia, por la polución del tamaño natural de los lugares y de los períodos temporales. Veinte años ás tarde me temo que no hemos avanzado nada en la compresión de esta contaminación ni, por lo tanto, de los medios para detenerla.

    ¿Hablaría usted del escamoteo de lo real y estaría de acuerdo con el pensamiento de Baudrillard y su teoría del simulacro? A este respecto es muy recordado su polémico artículo posterior al 11 de septiembre en el que afirmaba que la potencia iconográfica de las torres derrumbándose llegaba a ocultar el acontecimiento mismo.

En lugar de Baudrillard, con quien no comparto las conclusiones sobre el simulacro, me gustaría recordar la existencia del libro de Daniel Halevy, publicado en 1947, Ensayo sobre la aceleración de la historia. Creo que hoy hemos salido de la aceleración de la historia para entrar en la esfera de la aceleración de la realidad. Cuando se habla de live, de tiempo real, se habla de la aceleración de la realidad y no de la aceleración de la historia. Se entendía por aceleración de la historia el paso del caballo al tren, del tren al avión de hélice y de éste al reactor. Todas ellas son velocidades controladas y controlables que pueden ser gestionadas políticamente de suerte que, en lo que a ellas se refiere, es posible instaurar una economía política que las gobierne. El presente está en cambio marcado por la aceleración de lo real: estamos tocando los límites de la instantaneidad, el límite de la reflexión y del tiempo propiamente humano.
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   Junto con el sentimiento de enclaustramiento que describe, nuestros temores se alimentan del pánico demográfico. Hasta el punto de que vuelven a discutirse las tesis malthusianas. Claude Lévi-Strauss, recientemente desaparecido, no vacilaba en plantear el problema de manera directa, también lo hacen algunos políticos y hasta revistas que platean sin tapujos si la población humana no ha crecido excesivamente...

La cuestión demográfica es crucial, en efecto. Pero lo que cuenta es el modo de abordarla. Hay una manera execrable de hacerlo que dimana una vez más de la disuasión civil. Esta disuasión civil, como hemos visto, es inseparable de la tensión que provoca la bomba genética, es decir, la posibilidad de hacer que la especie humana mute, de que produzcamos seres vivos. A la industria de la muerte a que dieron lugar los campos de exterminio y las cámaras de gas, sucedería en ese caso la industria de la vida capaz de producir organismos modificados genéticamente y, en especial, con la posibilidad de crear una nueva raza humana que cuestione al hombre nacido de sangre y esperma y, por consiguiente, la parte salvaje, lo <<natural>> en el hombre. Según esta hipótesis, los <<naturales>> se convertirían en los nuevos salvajes y el <<hombre nuevo>> resultante ya no sería modelado por el totalitarismo político sino por la bioingeniería. Entramos aquí de lleno en la cuestión del hiper-racismo. Las consecuencias nefastas del gran terror ecológico son extremadamente preocupantes. Corremos el riesgo de ver instalarse no ya una disuasión militar entre los poderosos sino una disuasión civil entre los hombres mismos. ¿Qué subyacería a esta disuasión civil? La tercera bomba, que a decir verdad no ha explotado aún, pero que tiene ya un nombre: bomba genética, es decir, la mutación de la especie humana a través de la ingeniería genética; la fabricación de un humano con un origen menos ecológico, con una menor necesidad de consumir aire, agua y energías; la creación de un organismo genéticamente modificado para adaptarse a las nuevas condiciones del entorno, un hombre nuevo, menos natural, capaz de ahorrar proteínas, oxígeno y agua y, por tanto, más compatible con una tierra cuyos recursos son cada vez más limitados. En este punto hay que referirse a los esclarecedores trabajos de Henri Atlan. Ahora bien, no hay ganancia sin pérdida. Es necesaria la parición del coche para poder prescindir de los caballos que son relegados a los hipódromos. En la actualidad hemos llegado a un punto en el que no podemos perder lo que, por otra parte, nos empeñamos en destruir: el espacio, el tiempo. No podemos asumir el riesgo de semejante pérdida. Günther Anders no diría otra cosa.  Y ésta es la razón por la que la ideología sanitario-seguritaria ocupa un lugar central en el nuevo tipo de disuasión que ya no sería una disuasión de la sustancia ni de la realidad tal y como se nos presenta, sino de lo natural en el sentido del ser. ¡El hombre nuevo anhelado por los totalitarismos se habrá convertido entonces en una realidad tecno-científica con todas las de la ley!   

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