Pedro Olalla (Historia menor de Grecia) Una mirada humanista sobre la agitada historia de los griegos

ATENAS C. 402
Cuando hace unos días Sinesio de Cirene desembarcó en el puerto de Pireo, creía firmemente que su visita a Atenas le haría crecer en sabiduría al menos un palmo y un dedo. Sinesio va a cumplir treinta años y, salvo los tres últimos -en que ha servido a su ciudad como embajador en Constantinopla-, el resto de su vida lo ha pasado cazando, pescando, cuidando de su hacienda y estudiando todo libro que cae en sus manos. En Alejandría ha trabado amistad con la respetada filósofa Hipatia, que le ha enseñado matemáticas, astronomía y que el universo es una creación en armonía regida por un dios supremo. Esta amistad y esta fascinación por su maestra le abrieron hace tiempo el deseo de conocer Atenas.
Hoy maldice la suerte del capitán del barco que le trajo aquí. Desde la casa junto al mar donde se aloja, en el demo de Anagirus, escribe a su hermano contándole que la ciudad no conserva otra cosa que el eco de sus gloriosos nombres. A sus ojos, toda Atenas semeja el pellejo de un animal sacrificado que evoca tristemente la criatura viva que fue. La filosofía parece haber abandonado su santuario. Se ha sentido tratado como un asno por los que se pasean con vanidad de semidioses por lo que queda de la Academia y el Liceo y saben de Platón y de Aristóteles menos que él. Al menos en Alejandría se aprecia la sabiduría de Hipatia.
Esta mañana fue a visitar el pórtico donde enseñaba Zenón, ansioso por conocer la cuna del estoicismo y admirar de cerca las famosas obras del pintor Polignoto. Pero las paredes del Pórtico Historiado están desnudas. Peor que desnudas: despojadas; porque el procónsul mandó retirar las pinturas, privando aún más al pueblo de la posibilidad de aprender. Ya no están Teseo ni las amazonas, ni los héroes de Maratón, ni los inmortales presenciando la caída de Troya. Si un día Atenas fue famosa por su sabiduría, hoy sólo puede serlo por la miel del Himeto.


CONSTANTINOPLA C. 428
Hoy, diez de abril, ha llegado el gran día. Una inmensa multitud se ha congregado en los alrededores del templo para asistir a la consagración del nuevo obispo de la capital.
Desde que la Iglesia y el Estado se ha acercado, las disputas dogmáticas sobre la naturaleza de Cristo se ha convertido en luchas de poder, y las luchas de poder, en disputas dogmáticas sobre la naturaleza de Cristo. Por ello, hace tres meses, paro no alimentar las enconadas disensiones y las rivalidades ya existentes entre los eclesiásticos de Constantinopla, el joven emperador Teodoro resolvió llamar a un clérigo foráneo para ocupar la silla del difunto Sisinio.
El elegido ha llegado ya. Se llama Nestorio y ha sido traído a la corte desde el remoto monasterio de Euprepio, en Antioquía. Viene reputado por su ascentismo y su elocuencia -dos buenas cualidades para el apostolado de la fe- y es seguidor del Credo de Nicea. A Teodosio le ha parecido un hombre mesurado y capaz.
Tras la sagrada misa y el solemne ceremonial de investidura, todos aguardan expectantes la primera elocución del nuevo patriarca, están presentes todos los eclesiásticos de la metrópoli, los candidatos rivales de la diócesis Felipe y Proclo, los cónsules Félix y Tauro, todos los dignatarios de la corte y el pueblo entero de Constantinopla. Tocado con los atributos de su dignidad, Nestorio sube al púlpito y, con su voz sonora y vehemente, dirige sus primeras palabras al emperador:
¡Oh, soberano! ¡Dame la tierra purgada de herejes y a cambio te daré yo el cielo! Ayúdame a destruir a los herejes y tendrás mi ayuda para destruir a los persas!

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