Gabriel Sala (Panfleto contra la estupidez contemporánea)

POLÍTICOS Y POLÍTICA

Idiota: del griego idiotés, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás. Fernando Sabater

Si es cierto el lugar común que afirma que todos los pueblos tienen los políticos que se merecen, esto significa que no estamos legitimados precisamente para acusar a la caterva de corruptos degenerados que forman nuestra clase política. Vamos a hacerlo, sin embargo: en ningún caso podremos caer más bajo que ellos.
No es exagerado decir que toda nuestra clase política está profundamente corrompida, tanto que las generaciones más jóvenes dan por sentado que esta corrupción es inherente a la propia función del político y ni tan siquiera la cuestionan.
Quiero hacer aquí una pequeña puntualización y aclarar que cuando hablo de corrupción no me refiero a la corrupción "tradicional" consistente en pervertir el propio cargo para obtener beneficios personales espurios (un tipo de corrupción abundante, por otra parte, y que permea todas las instituciones públicas). No, cuando hablo de corrupción me refiero a la que consiste en pervertir la función más propia y característica del político democrático, que no es otra que la relación de representatividad que éste se ha comprometido a sumir frente al ciudadano: en realidad, la única característica que lo legitima como tal.
Una vez más, no se trata de un fenomeno nuevo ni sorprendente. En torno al poder político ha existido siempre la tentación de obviar la voluntad del pueblo, escudándose habitualmente en su supuesta ignorancia e incapacidad natural para determinar sus intereses por sí mismo. Sucumbir a esta tentación ha sido tradicionalmente sencillo en los sistemas de gobierno totalitarios puesto que en estos casos el sometimiento del pueblo es, en mayor o menor grado, una condición inherente al propio sistema. En los regímenes democráticos, resulta más complicado aplicar medidas que signifiquen de hecho una sumisión equivalentes a los dictados de una élite privilegiada. La posibilidad está siempre presente, sin embargo, y se precisa una vigilancia constante, para que no termine convirtiéndose en realidad (como ocurre indefectiblemente cuando la vigilancia se relaja, tal como nos demuestra la historia). El entetanimiento ha destruido por completo la simple posibilidad de existencia de esta vigilancia.


NUESTROS VALORES Y EL ENTETANIMIENTO

Ni la mujer es nunca suficientemente delgada, ni el hombre nunca suficientemente rico. Manuel Pertegaz

También nos parece una particularidad inocente de nuestra época observar cómo las aspiraciones de nuestros hijos no son otras cosas que convertirse en futbolistas o cantantes y gozar de fama y dinero conseguido sin esfuerzo. No nos preocupa que los mitos de nuestra juventud, el espejo en el que se miran y que utilizarán para comprender el mundo, sean una panda de analfabetos funcionales o verdaderos criminales de guante blanco. Tampoco esto sorprende si consideramos el ejemplo que les damos al llenar de alabanzas y entronizar como semidioses a individuos cuyas únicas distinciones son su capacidad para ganar dinero y manipular a los demás en beneficio propio.
Asistimos con complicidad impasible al espectáculo de ver cómo son las mismas madres quienes inducen a sus propias hijas a dedicarse al llamado "mundo de la moda", prisioneras de la frustración en que las ha sumido el entetanimiento. No son capaces de imaginar un futuro mejor para sus hijas que soñarlas convertidas en rameras peripatéticas que participan en esa lamentable entronización de la superficialidad y el elogio monumental de la vulgaridad estética que son los denominados "desfiles de modelos", observadas por babeantes políticos en campaña y representantes de lo más selecto de nuestra morralla cultural. ¡Qué significativo es el culto que los medios de entetanimiento dedican a las modelos! Las modelos, las planiencefalográficas modelos, auténticas rameras de lujo de nuestra época, que se miran pero no se tocan y no sólo venden su cuerpo, como las prostitutas tradicionales, sino que constituyen el último eslabón de una cadena que asume a millares de adolescentes en la anorexia y utilizan su belleza para vender con convicción un mundo ficticio en el que se fomenta la necedad como virtud suprema y en el que la felicidad es imposible y la angustia permanente.

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