Carlos Goñi (Pico della Mirandola) Incluye el Discurso sobre la dignidad del hombre


ESCALERAS AL CIELO

Por lo visto ahora, se podría pensar en Pico della Mirandola como un precursor remoto del existencialismo. Si el hombre se va haciendo a base de actos libres, ¿quiere ello decir que en sí no es nada, solo una «posibilidad vacía», como dirían los filósofos existencialistas del siglo XX?. El mismo Pico introduce una aclaración importantísima cuando escribe que «el Padre puso en el hombre, desde su nacimiento, semillas de toda clase y gérmenes de todo género de vida», como acabamos de decir. Por tanto, no es que el ser humano carezca de naturaleza, a la manera existencialista, sino que es, como ya ha dicho el filósofo de la concordia, «un animal de naturaleza multiforme y mudadiza». Esta doctrina, que podríamos llamar teoría de las «posibilidades germinales», distancia a nuestro autor de un cierto existencialismo ateo al estilo sartriano. 

En su conferencia El existencialismo es un humanismo (1946), Jean-Paul Sartre mantenía que en el caso del hombre la existencia antecede a la esencia y esa es la razón de la libertad. No es como un cortapapeles, cuya existencia depende y procede de su esencia, es decir, de la idea que tuvo de él su constructor, el cual lo diseñó según una idea preconcebida que le hace ser lo que es y no de otra manera. Su diseñador te otorgó, por tanto, una naturaleza que le constriñe a cortar papeles. Un cortapapeles no es libre; el ser humano, sí. La condición de esa libertad, piensa Sartre, es que no exista Dios, porque «si Dios existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y este ser es el hombre». Para el filósofo francés, que la existencia precede a la esencia significa que el hombre empieza por existir y después se define; que comienza por no ser nada, sin una naturaleza prefijada, y que solo será lo que él haya hecho de sí mismo. ¿Por qué no hay naturaleza humana? La respuesta de Sartre no es sino porque no hay Dios para concebirla. El ser humano, para el humanismo existencialista, es el único ser que es tal y como se concibe y se quiere a sí mismo después de la existencia. «El hombre —concluye— no es otra cosa que lo que él se hace. Este es el primer principio del existencialismo». 

A pesar de que el pensamiento de Pico rompe con el concepto tradicional de naturaleza «fija e inmutable», no la niega. Por lo tanto, no se ve obligado, como Sartre, a renunciar a un creador para «salvar» la libertad humana. Al contrario, de una manera similar a Sören Kierkegaard, un existencialista sui generis que en este punto se halla en las antípodas del filósofo francés, Pico della Mirandola piensa que solo un ser omnipotente puede crear un ser libre. Para él, el mérito del Creador consiste justamente en haber hecho un ser con una naturaleza se podría decir «inacabada», que encierra un sinfín de posibilidades que él puede desarrollar gracias al don de la libertad. Construir un cortapapeles es algo relativamente fácil; crear un ser libre, que se acabe de crear a sí mismo a los largo del tiempo, requiere de una intervención divina.

EL OLVIDO DE LA FILOSOFÍA

Tengo la convicción de que la época de Pico della Mirandola no era tan diferente a la nuestra y que su mensaje, contenido en un pequeño frasco como la más embriagadoras esencias, sigue gozando de actualidad. Considero a Pico entre los grandes defensores de la filosofía y esa es una de las razones por que le sigo leyendo y estudiando. No hace falta gran perspicacia para darse cuenta de que la filosofía en nuestros días está siendo desprestigiada —como lo percibía Pico en su tiempo—, y que el buen vino, como el de Falerno, es despreciado por paladares hechos más a los refrescos azucarados y a las bebidas isotónicas que al divino fermento. 

In vino veritas, creían los antiguos, y yo pregunto: ¿qué pasará en una época que desprecia el falerno de la filosofía? Sin duda, lo que ya está ocurriendo: se arrincona a la filosofía, se la esquiva, la hemos relegado a la estantería de lo especializado como si fuera un reducto del pasado. La relación que mantenemos con ella se parece a la que tenemos con un monumento o una obra de arte, con un manuscrito antiguo, una momia egipcia o una lengua muerta.

Sí, hemos matado a la filosofía y, ahora, ¡cómo nos consolamos nosotros, los asesinos? ¿No tendremos que convertirnos en superhombres para ser dignos de semejante «filosoficidio»? Sí, con el permiso de Nietzsche, tendremos que sobrepasar lo humano, tendremos que superar la filosofía como se supera un estadio prepositivo (August Comte), como se cura una enfermedad (Gianni Vattimo), como quedan subsumidas las tesis y la antítesis en la síntesis final (Hegel). Así, poco a poco, la filosofía irá cayendo en el olvido, allí donde no molestará más, donde será simplemente, por usar el verso de Cernuda, «memoria de una piedra sepultada entre ortigas», donde el amor, que forma parte de la palabra filosofía, no sea el «ángel terrible» que imaginan los que la temen. 

Olvidar es relativamente fácil: simplemente hay que hacer otra cosa. El hombre de nuestro tiempo tiene que distraerse para no recordar que hubo un tiempo en que se hacía preguntas radicales, es decir, que iba a la raíz de las cosas, cuando se interrogaba por sí mismo, por el mundo y por Dios, los tres grandes temas de la filosofía. Para olvidar hay que distraerse y arrinconar lo que se quiere olvidar, no tenerlo a la vista, como se deja olvidado un paraguas en un rincón, porque ha dejado de llover. No obstante, aunque no nos lo parezca, sigue lloviendo torrencialmente cuestiones filosóficas de primer orden (nunca ha dejado de llover), lo que pasa es que la omnipotente ciencia experimental, la omnipresente tecnología y la omnímoda pseudociencia de la autoayuda han entoldado la calle y, por eso, pensamos que ya ha amainado y nos olvidamos de tomar el paraguas con el que entramos en casa. Para colmo, si alguien abre un paraguas sin que esté lloviendo se lo trata de loco, como a quien, en nuestros días, sigue empeñado en filosofar.

Como el paraguas tras la tormenta, la filosofía ha sido arrinconada en el currículum de esa correa de transmisión cultural que es el bachillerato. Los que deciden sobre estas cosas, que, lógicamente no son filósofos, («el filósofo busca lo verdadero y el sofista lo aparente», dice Pico en su Comentario a una canción de amor), piensan de esta manera: los conocimientos que reclama nuestro tiempo son tan extensos que hay que prescindir de lo superfluo, como un barco que se hunde. Puestos a sacrificar alguna disciplina, ¿cuál menos conflictiva que la vieja filosofía, esa asignatura que huele a rancio, obsoleta y anacrónica, que, además, no tiene ninguna utilidad práctica? Nadie la va a echar en falta, a lo sumo protestarán cuatro locos filósofos, esos que siempre están quejándose por vocación. Hay que cubrir las necesidades educativas de nuestros alumnos, argumentan, hay que atender a los mínimos, a lo práctico; la filosofía, en cambio, es un artículo de lujo.

Luis Alfonso Iglesias Huelga (La ética del paseante) Y otras razones para la esperanza

LA REBELIÓN DE LAS MUSAS

La función del poeta es esencialmente mediadora, alguien que está colocado entre el ruido de la vida cotidiana y el silencio de las profundidades.                                                                    Hölderlin

              
           EL RUIDO DE LA VIDA

En cierto modo, Ortega y Gasset fue un visionario del fenómeno de la turismofobia, ahora que el turismo, como afirma la filósofa Marina Garcés, se ha transformado en la industria legal más «depredadora, extractiva y monopolista». En su obra La rebelión de las masas, que comenzó a publicarse en un diario madrileño en el año 1926, señalaba la irrupción de las masas en el escenario social como el hecho más relevante de la vida pública europea de su tiempo. Aclaremos, para no prologar el debate sobre el aristocratismo orteguiano, que el filósofo español incluía dentro del término masa a quienes se sienten «como todo el mundo» e incluso se sienten bien al saberse idénticos a los demás. Y la manifestación social de este hecho se expresa en la aglomeración, en el «lleno» en las calles, los teatros, los cafés y los hoteles cuya consecuencia es la imposibilidad de encontrar sitio. Descartado un incremento de la población, la causa puede ser atribuida al agrupamiento de individuos que antes llevaban una vida separada y que ahora se juntan sacrificando su individualidad para convertirse en «coro». Y al formar parte de ese coro se diluye la voluntad de autoexigencia porque «vivir es ser en cada instante lo que ya son», por lo que la división orteguiana no es tanto en clases sociales como en clases de seres humanos. Frente a la clase de individuos flotantes que integran la muchedumbre uniformados por ella y uniformadores desde ella, existen otros seres rebeldes que reclaman lo diferente como una forma urgente de disidencia.

Casi un siglo después de la desafiante propuesta orteguiana, la reivindicación de lo distinto se ha convertido en una trinchera de la modernidad dentro del campo de batalla de la posmodernidad. El ego es un antídoto contra lo diferente porque escucha los cantos que el autoritarismo le susurra proponiéndole conservar el indefinido espacio de su identidad. La figura que vemos en el espejo ha salido definitivamente de su interior y se ha instalado dentro de nosotros mismos. Esa es la razón por la que la economía de la atención ha desplazado tanto a la poética de la atención como a la ética de la atención. Las masas internautas, aunque también desde la calle, han acabado con las musas, es decir, con el paseo por la ciudad y por el pensamiento para poder reconocer al otro. Y si no percibimos al otro de modo poético es imposible alcanzarlo de modo ético: no hay solidaridad sin poesía.

Como bien sabían Epicuro y Montaigne, para ser reconocibles hace falta ocultarse previamente en la trastienda de uno mismo a salvo del horrísono exterior. El ruido de la vida no solo se nos adentra a través de los tímpanos, existe un ruido mental de una sonoridad tan agresiva que ya nos conforma convirtiéndonos en vigilantes del silencio y delatores de la reflexión. Pensar requiere una temporalidad paciente de la que no disponemos y, además, se nos niega. Conservar exige, a su vez, una escucha despierta a la que no estamos dispuestos, un acontecimiento que para Canetti tiene lugar en el silencioso espacio de la lectura. Solo en él es posible entender el mundo y su devenir, ya que la vida cotidiana, la de la calle y de la rutina por vida no hay que tomarla porque la verdadera existencia se da en la literatura, que nos proporciona una interpretación del mundo. Pero sin lenguaje, creatividad o pensamiento propio no acontece el paso previo de la conversación y, por supuesto, la pasión por comprender. Precisamos tiempo de silencio. Según la mística pitagórica el universo se rige por armónicas proporciones numéricas que hacen que las distancias entre planetas correspondan a intervalos musicales. Es la conocida teoría de la armonía de las esferas que defiende que el movimiento de los planetas produce una musicalidad tan perfecta que el oído humano es incapaz de captar ya que nos acompaña desde que nacemos: a ese sonido prodigioso se le llama silencio. La metáfora es de una belleza tan silenciosa que nos colma de inteligibilidad sumergiéndonos en la magnitud del término música, mousikē, «el arte de las Musas», es decir, la mezcla equilibrada de sonidos y silencios utilizando los principios fundamentales de la armonía y el ritmo en el tiempo y en el espacio. Solo así son posibles la belleza y la inteligibilidad. Por eso el ruido de la vida conlleva su anulación desactivada en la redefinición de sus propias dimensiones: el espacio no se percibe, el tiempo es apremio y el silencio es un estigma asociado a la rareza, la insociabilidad o el pesimismo. 

Nunca la soledad fue tan subsidiaria del ruido, el verdadero artífice del vértigo a pararnos, a vernos, a buscarnos, tres verbos reflexivos que, al fin y al cabo, constituyen una imprescindible redundancia. El contenido vacuo de la mayoría de los mensajes que enviamos a través de las redes sociales no tiene otro significado que la ausencia de un emisor con identidad consciente. La inercia ha vencido a la audacia y, alejados de quienes somos, nuestra soledad se acrecienta entre la estridencia. 

En 2018 el Gobierno del reino Unido anunció la creación del Ministerio de la Soledad para acabar con un problema que afecta a más de nueve millones de británicos, jóvenes y viejos y que ha sido calificado como «la epidemia de las sociedades modernas». Existen estudios que afirman que la soledad es tan dañina como fumar quince cigarrillos diarios. La soledad se asocia con la muerte prematura. No se trata solo de que no tengamos tiempo para cuidar de nuestros mayores, sino de que no lo hacemos porque no nos cuidamos a nosotros mismos. La palabra cuidar, poner atención a algo o alguien, viene del vocablo latino cogitare, que significa pensar, en su sentido absolutamente cartesiano, debido a que pensarnos es la garantía de existir. Vivir a la velocidad que marca el triunfo es vivir como si fuésemos inmortales, una actitud de inconsciente soberbia de la que se nutre el olvido y la soledad. 

Iglesias Huelga, Luis Alfonso (Contra el desentendimiento) 

Curtis White (El delirio de la ciencia) Grandes preguntas en una cultura de respuestas fáciles

No se trata tan solo de un problema para el conocimiento; se trata, básicamente, de un problema para la forma en que vivimos. Equivale a decir que el efecto social del tipo de ciencia que he estado analizando —ya se trate de la Gran Ciencia, de la ciencia popular, del cientificismo, o de una mezcla de las tres— es la creación de ideología. Una ideología es una afirmación repetida una y otra vez dentro de una cultura, hasta que parece alcanzar el estatus de naturaleza, y, por supuesto, todo lo que es «natural» debe ser obedecido. «La ciencia es bella», nos dicen: «Todo debe ser ordenado siguiendo los dictados de la Razón.» «El trabajo se vuelve creativo.» La ideología de la ciencia insiste en que no somos libres; somos expresiones químicas de nuestro ADN y de nuestras neuronas. No podemos desear nada porque nuestros cerebros actúan por nosotros. Somos como ordenadores, o sistemas, y la naturaleza también lo es. Por tanto, nadie debe sorprenderse de que nuestras vidas estén sistematizadas.

Naturalmente, entramos en estos sistemas desde muy jóvenes. Están: El sistema educativo, en especial ahora que muchas ciudades, como Chicago, se acercan peligrosamente a dejar simplemente la educación en manos de los «colegios concertados» y de la clase corporativa. El sistema universitario en el que se nos pide que «elijamos un grado», lo que, en realidad, significa que si queremos devolver ese crédito de estudios que nos prestaron, debemos encontrar un empleo. El sistema corporativo con su universo tipo colmena de cubículos, lugares adecuados para los drones de datos. E incluso el maravilloso y nuevo universo de la economía creativa de la alta tecnología, donde se supone que se encuentran todos los trabajos más emocionantes, que servirán para exprimir toda la rareza de los jóvenes bichos raros. Cuando aceptamos la naturalidad de los descubrimientos engañosos de la neurociencia, y cuando aceptamos el mundo al que ayuda a dar cobertura intelectual, nos convertimos en meras funciones dentro de sistemas. 

Dicho de otro modo, y aquí hay que hacer una nota de advertencia, el principal efecto social del cientificismo es hacernos sentir como en casa dentro de lo que Schiller llamó la «miseria de la cultura», ese momento distorsionado en que la humanidad «no es más que un fragmento.» El pecado social de la ciencia que he examinado es que tiende a frustrar la dialéctica de Schiller y a dejarla inmovilizada en esta miseria. Es la misma historia de siempre y Schiller la contó a la perfección: «La vida concreta del individuo se destruye con el fin de que la idea abstracta del conjunto pueda salir de su penosa existencia». 


ENTREVISTA CON CURTIS WHITE

Por Linda Heuman

Tanto el cientificismo como el fundamentalismo religioso responden a la necesidad de certezas del ser humano en un mundo plural y de cambios muy rápidos que provocan desorientación. 
¿Hasta qué punto están en el mismo negocio?

Como sugiere su pregunta, el espectáculo de la confrontación entre el fundamentalismo y el cientificismo es una confrontación entre posturas más parecidas de lo que ambas reconocen. Tanto el fundamentalismo como el cientificismo tratan de limitar y cerrarse, no de abrirse. La ciencia tiende a ser vulnerable al síndrome de la cerrazón. Los científicos valoran la curiosidad y tener una mente abierta, pero a menudo se muestran insensibles a otras formas de reflexionar acerca del mundo. Les resulta difícil salir de su propio punto de vista. Esto se debe, probablemente, a la manera en que formamos a los científicos. Las personas que se dedican a la ciencia necesitarán tener una base más sólida sobre la historia de las ideas, en especial si figuras prominentes como Stephen Hawking piensan seguir dando opiniones sobre esta historia y hacer afirmaciones como «la filosofía está muerta». 

Escribe que no solo tenemos tecnología, sino que también tenemos una tecnocracia —dirigida por corporativistas, militaristas y políticos interesados.

Es un error pensar que simplemente estos instrumentos y gadgets están ahí por casualidad, sin que tratemos de entender cuál es su relación con la cultura más amplia. Uno de los primeros libros que me impactó dentro del campo de la teoría política fue The making of a Counter Culture (1968), de Theodore Roszak. Lo leí hace poco y sigue aguantando bastante bien. Escribía: «Por tecnocracia me refiero a esa forma social en la que una sociedad industrial alcanza la cima de su integración organizativa». Theodor Adorno lo llamaba «sociedad administrada». Una sociedad administrada es aquella en la que la racionalidad tecnológica y la organización industrial han penetrado profundamente en todos los aspectos de cómo vivimos. 

Por ejemplo, incorporar el ordenador personal a nuestras casas fue una manera de llevarnos el puesto de trabajo a casa. Y así, ¿quién sabe las horas que trabajas cada semana? En cierto sentido, hay muchos trabajadores que no están nunca en la oficina, porque llevan el trabajo en el bolsillo. O pensemos en los trabajadores del sector servicios de la industria de la comida rápida. Son trabajadores que son tratados no como humanos, sino como engranajes de una máquina súpereficiente, y las habilidades que se les exigen son también ciertamente mecánicas.

Cuanto más normalizamos todos estos aspectos, más opresiva —y, no hace falta decirlo, perversamente exitosa— resulta la situación. El resultado es una cultura «totalizada». Todos los aspectos de esa cultura se vuelven confortables a cierto ideal tecnocrático y mecanicista. Por eso digo que el cientificismo es una parte tan importante de la ideología de Estado. Porque trabaja para el jefe.

Bernard-Henri Lévy (Este virus que nos vuelve locos)

VUELVE, MICHEL FOUCAULT

Lo primero que me sorprendió fue el auge del «poder médico». 

Sin embargo, tampoco es novedad.

Ese poder lleva muchos años de historia a sus espaldas.

Galeno, el médico filósofo que —en calidad de médico— prácticamente fue el guía espiritual de Marco Aurelio, Cómodo y Septimio Severo.

John Locke, a quien acabamos de entender gracias a sus manuscritos de estudiante en Oxford, y lo que le debe su invención de los derechos humanos a su formación como experto en el bienestar del cuerpo. 

A partir de la Revolución francesa, la imagen del magistrado-médico, cuya figura emblemática sería Cabanis (que se salvó del Gran Terror gracias a sus saberes de galeno).

Michel Foucault explica que no se pueden entender las disciplinas que surgieron en la época clásica de la mano de los Estados si no reparamos en que se inspiran en el modelo tanto del hospital como de la prisión; Vigilar y castigar, sí, pero antes, El nacimiento de la clínica y su arqueología de la mirada médica llamada a alimentar los «saberes-poderes» contemporáneos. 

Al releer a este filósofo tampoco podemos evitar doblar las esquinas de las páginas que dedica a la gestión, hasta el siglo XVIII, de las epidemias de peste, en las que no se optaba, como con la lepra o los locos, por el ostracismo en una isla o por un gueto en los confines, sino por el confinamiento de la ciudad entera; cada cual en su casa; los vigilantes del barrio patrullando y amonestando a quienes se saltaban el confinamiento y, cuando caía la noche, todo el mundo salía al balcón; una costumbre que antaño no era para aplaudir a los sanitarios, sino para permitir a las autoridades contabilizar los muertos, los moribundos y los vivos. 

Pero ¿nos encontramos ante el descrédito creciente del discurso público?

¿El repudio de las élites en su estadio final?

¿El sello de los poderes desorientados que ya no saben a qué santo encomendarse?

Las cosas nunca habían llegado tan lejos.

Nunca se había invitado cada noche a todos los hogares a un médico para anunciar, como una pitonisa triste, el número de muertos de la jornada. 

Nunca habíamos visto en Europa a los jefes de Estado y presidentes rodearse de uno o varios comités científicos antes de hablar.


EL MARAVILLOSO CONFINAMIENTO

Hay una frase que me ha resultado insoportable.

La cita de Pascal, repetida hasta la náusea: «Todos los males del ser humano vienen de no saber estar en reposo en una habitación».

La cita se ha convertido en un viático para otra población de penitentes —o la misma— que ha descubierto que había cometido un segundo error: destruir el planeta, de acuerdo; permitir la globalización de las cadenas alimentarias y sanitarias, por supuesto; multiplicar los viajes en avión que constituyen tanto atentados contra la balanza de carbono como crímenes contra el clima, sin duda; pero también, al proyectarse de esa manera hacía el mundo, esas personas se han abandonado a sí mismas, a su verdad interior y a ese largo plazo al que aspiran, algo que el «confinamiento», de manera oportuna, iba a remediar.

Además, cabe decir que la cita estaba trucada.

Los que estaban felices con el confinamiento, los dichosos de zonas acaudaladas o los más afortunados que aprovechaban para cultivar su jardín —mientras que los demás, todos los demás, no estaban confinados con alegría y buen humor ni tenían la suerte de no vivir en una residencia de ancianos, en una ciudad dormitorio de los suburbios o en una casa de dos habitaciones con ruido y con niños—, los neourbanitas que veían en el pensamiento pascaliano una invitación a reencontrarse con felicidad con las pequeñas cosas, con la delicia del tiempo que no pasa, la alegría de los gestos cotidianos reaprendidos y, sobre todo, por la oportunidad de resetear su vida y aprender a escucharla, no han  sido capaces de leer la cita en cuestión hasta el final y, además, han omitido dos cosas. En primer lugar, para Pascal, «estar en reposo en una habitación» no era una sinecura, sino un acto de ascetismo; era una prueba dura, una dolorosa experiencia metafísica casi insoportable, porque nos hace palmaria nuestra finitud. En segundo lugar, esa prueba tan difícil consistía en no hacer nada, absolutamente nada: nada de cocinar, de hacer jardinería, de absurdos pasatiempos, de maquetas de Notre Dame en papel maché, de aperitivos por videoconferencia con una cervecita, de fotos de uno mismo sin hacer nada en la misma cuenta de Instigaran donde, la semana de antes, había olvidado que esa prueba, para Pascal, no solo era la prueba de la nada, sino el vértigo y el horros infinito de esa nada. 

Y, sobre todo, esos pascalianos domingueros o, incluso, de los siete domingos, esas almas muertas y resucitadas, esos que antes estaban perdidos y que —oh, lo prometemos— nunca volverían a girar como peonzas y que vieron en el confinamiento la oportunidad de bajar revoluciones, de reponer fuerzas y reconectar, como decía Valéry, con «el armonioso Yo», esos arrepentidos de la diversión a los que de repente les parecía maravilloso un viejo batín y unas pantuflas, que ya no tenían ganas de quitarse, los objetos que les serían de ayuda en su hermosa, noble y exultante aventura de ser ellos mismos, verdaderamente ellos mismos de una vez, de concentrarse por fin en ellos, en lo que hay de bueno y precioso en uno mismo. Todas esas personas se olvidaban de otra frase de Pascal, correlato de la que citan: «El yo es aborrecible». 

Roger Scruton (Pensadores de la nueva izquierda)


ABURRIMIENTO EN ALEMANIA: 
CUESTA ABAJO CON HABERMAS

DESPUÉS DE LA GUERRA, en lo que entonces era Alemania Occidental, las universidades entraron en crisis y todo académico serio empezó a preguntarse qué enseñar y cómo. Fue en gran parte en las universidades donde el nazismo había instalado su veneno en la mente de los jóvenes, por lo que era comprensible que se sospechara de todos los que habían logrado o mantenido su puesto académico durante el régimen de Hitler. En algunos casos, la sospecha estaba justificada, y el conocido caso de Heidegger nos recuerda que también un gran filósofo puede unir su surte, llegado el  momento, con las fuerzas de la destrucción. Si Heidegger hubiera dedicado su gigantesco ego a la causa del socialismo internacional, seguramente habría disfrutado de la amnistía como Sartre, Merleau-Ponty, Hobsbawm y otros defensores del Gulag. Pero el nacionalsocialismo no tuvo escusa y el pecado, en el caso de Heidegger, fue aún más grave: porque fue precisamente lo nacional, más que lo social, lo que le atrajo a ese credo. A su modo, Heidegger representaba una verdadera tradición nacional que se había canalizado a través de las universidades alemanas y, por ese motivo, era indispensable encontrar ideas  y razones alternativas para justificar su exilio. 

El currículo académico, el programa de estudios, la literatura: todo fue depurado; también se destronó de sus pedestales a los siniestros ídolos del nacionalsocialismo y se les arrojó a la cuneta de donde surgieron. Su lugar lo ocuparon nuevos ídolos: el humanismo marxista de la Escuela de Frankfurt, que había nacido en el periodo de entreguerras. Este nuevo ídolo se forjó al principio toscamente con los materiales que se habían enviado a América cuando comenzaron las revueltas anteriores a la guerra. Pero paulatinamente se refinó y, junto con el boom industrial de la Alemania de posguerra, apareció el nuevo intelectual de Frankfurt, pretencioso y culto, pero fabricado como si fuera un BMW en distintos modelos, complementarios, cada uno de ellos técnicamente perfecto y con una capacidad de rendimiento superior a la de sus coetáneos franceses y británicos. Un ejemplar típico de esos burócratas funcionalmente perfectos de la izquierda alemana ha sido Habermas

[...] Aunque Habermas habla de la "situación ideal del habla", apunta continuamente hacia un nuevo, y de algún modo también liberado, orden social, en el que se erradicará el veneno de la conciencia burguesa. En este nuevo orden la comunicación ya no estará distorsionada por el prejuicio, la autoridad, la vanidad o las dudas. De ella surgirá una nueva ética comunicativa que «asegura la universalidad de las normas admitidas y la autonomía de los sujetos actuantes». Este nuevo orden, que se atisba ya en su obra sobre la legitimación, conllevará la adopción de normas «en que todos los interesados se ponen de acuerdo (o podrían ponerse de acuerdo), sin coacción, como participantes de un discurso cuando entran (o podrían entrar) en una formación discursiva de la voluntad». 


GUERRAS CULTURALES POR TODO EL MUNDO. 
LA NUEVA IZQUIERDA, DE GRAMSCI A SAID

LA MÁQUINA SINSENTIDO PARISINA SE EMPLEÓ para asaltar la cultura burguesa, lanzando con ella densos bloques de impenetrable neolengua sobre las amenas del espacio público de la ciudad sitiada. Como Constitución de ello se destruyó la conversación de la que dependía la sociedad civil. Todas esas frágiles ideas sobre la ley, la constitución y las raíces del orden civil, todos los modos en que los seres humanos discuten sobre sus derechos y deberes, honran a sus oponentes y buscan llegar a acuerdos y compromisos, fueron devastadas por "mathemes", desterritorializados y finalmente quedaron sepultadas bajo los escombros del Gran Evento. Este fue el punto de inflexión de una batalla que ha estado librándose desde hace un siglo, la batalla por dominar la cultura y por definir la vida intelectual como un reducto que pertenece en exclusiva a la izquierda. 

Ya hemos visto cómo esta batalla se libró en el ámbito de lengua alemana con la Primera Guerra Mundial. Se rechazó la concepción burguesa de la realidad como "falsa conciencia", "fetichismo" y "reificación" y se propuso la revolución como una especie de purificación intelectual gracias a la cual la conciencia proletaria desplazaría a la ideología, y las cosas se verían por primera vez tal y como en realidad son. La batalla se extendió hasta Italia, donde adquirió la forma de confrontación entre el comunismo y el fascismo y donde la principal arma no fue esa impenetrable neolengua que alcanzó su apogeo con Deleuze, sino la sociología del sentido común de Antonio Gramsci. Fue de este enfoque sociológico de donde nacieron en gran parte las ideas culturales de la Nueva Izquierda en el Reino Unido y América, y muy probablemente hoy su influencia es tan importante como lo fue en Italia antes de la guerra. 

«Gramsci fue un filósofo extraordinario, quizá un genio, probablemente el pensador comunista más original del siglo XX en Europa occidental» (Eric Hobsbawm). «Si exceptuamos los grandes protagonistas de la revolución soviética, no hay personalidad en la historia del movimiento de los trabajadores cuya persona y trabajo hayan suscitado mayor interés que Gramsci» (Norberto Bobbio). «¿Quién ha intentado continuar las exploraciones de Marx y Engels?. Puedo pensar solo en Gramsci» (Louis Althusser). Estos elogios que proceden de eminentes miembros del establishment intelectual, no constituyen sino una pequeña muestra del tributo que se ha rendido en tiempos recientes a Gramsci. Hemos asistido a la creación del Instituto Gramsci en Roma, a la publicación virtual de todas sus obras póstumas, y a la inclusión de Gramsci en miles de cursos universitarios, en los que aparece como teórico de la política, revolucionario, crítico cultural y filósofo. Todo esto no es consecuencia de unos cuantos artículos académicos exclusivamente, sino de un extendido movimiento de simpatía, una especie de hambre por encontrar un guía intelectual y moral, que ha tomado a Gramsci como objeto, se ha aferrado a él con ardor en las últimas décadas del siglo XX y solo está ahora empezando a disminuir. 

[...] La importancia de Gramsci para nosotros hoy reside en su decidido intento de sacar la revolución de las calles y de las fábricas y llevarla al ámbito de la alta cultura. Rediseñó el programa de la izquierda como una revolución cultural, como una revolución que podría realizarse sin violencia y cuyo sitio eran las universidades, los teatros, las salas de conferencias y las escuelas donde los intelectuales encuentran su audiencia principal. La obra de la revolución, en adelante, debía implicar un ataque contra el viejo currículum y las obras de arte, la literatura y la crítica propias del mismo. Tenía que se un trabajo de subversión intelectual, que identificara las redes de poder, las estructuras de dominación, que se esconden en el seno de la alta cultura de nuestra civilización, con el fin de liberar las voces oprimidas. Desde entonces este ha sido el currículum de las humanidades.

Scruton, Roger (Conservadurismo)

Alessandro Baricco (Una cierta idea de mundo)

 11 de diciembre de 2011
Pierre Hador
EJERCICIOS ESPIRITUALES Y FILOSOFÍA ANTIGUA

«Me obligó a comprarlo una amiga que en cuestión de ensayos no se equivoca nunca. De hecho, no se equivocó.»

De acuerdo, el título suena siniestro. No tanto por la referencia a la filosofía antigua (que de por sí es un argumento de enorme atractivo) como por lo de «ejercicios espirituales», que induce a recuerdos no necesariamente alegres. Pero Hador es uno de esos viejos maestros que dejan huella, tanto es así que si yo tuviera que explicar qué es la filosofía no se me ocurriría nada mejor que coger estas páginas y ponerme a leerlas, lentamente, en voz alta. Estoy seguro de que muchísimos estudiantes dejarían de agonizar en clase de filosofía solo si les dieran por meter la nariz ahí dentro.

Lo que entenderían sería esto: en su origen la filosofía no era tanto una forma de pensar para conocer como un modo de vivir para ser feliz. Tal y como os digo. Era una praxis cotidiana, no un trabajo cerebral. No quisiera exagerar, pero era algo mucho más afín al yoga que a la lógica. O como dice Hadot: era una forma de curarse. Curarse de la infelicidad, una enfermedad que todos conocen. Estoicos, epicúreos, Sócrates, Platón, Aristóteles, gurús que no enseñaban teorías abstractas sino más bien una vía, una disciplina, un estilo de vida que permitiera salir ileso de las trampas de la existencia. Actualmente, en los libros de texto, estos autores ya no se estudian siguiendo el curso de sus pensamientos, lo cual es un sistema impreciso que, según Hadot, hace que se pierda la parte más interesante del asunto. Y ello porque el pensamiento era solo una parte de una actividad mucho más articulada que podríamos definir así: el intento de encontrar en uno mismo el equilibrio justo que lo proteja del dolor y del miedo. La especulación intelectual era importante, pero también lo eran otros ejercicios, que efectivamente podríamos definir como «espirituales», a través de los cuales cualquier persona podía aspirar a su salvación. Meditar, caminar, leer, cumplir con las propias obligaciones, saber gobernarse dentro del laberinto de los sentimientos, escuchar, cultivar amistades, dialogar... Ejercicios del alma, ejercicios espirituales. Hadot cita una fulminante frase de Plotino muy esclarecedora a este respecto: lo que tiene que hacer cada uno es esculpir su propia estatua. No debe entenderse en el sentido berlusconiano (ponerse en un pedestal, menos mal que tenemos a Silvio), sino un modo más sutil. Es importante recordar que la escultura para los griegos era el arte de la sustracción, la habilidad manual con la que obtener una figura a partir de un bloque de piedra, mediante sucesivas sustracciones. Y eso es exactamente lo que enseñaban estos celebérrimos gurús: trabajar sobre uno mismo, eliminando todo lo falso o inútil que se nos haya pegado para al final poder liberar lo que realmente somos, en la imperturbable consistencia de la grandeza de existir. Entonces llagaremos a ser verdaderos sabios, que no se refiere a alguien que lo sabe todo, sino a alguien al que ya nada le da miedo. Alguien que se ha curado. 

A continuación Hadot explica cómo se ha llegado a hacer de la filosofía una actividad puramente teórica y especulativa y que solo recientemente (con Nietzsche, Bergson y los existencialistas) se ha producido de nuevo un acercamiento a esa idea auroral de filosofía como conversión, curación y praxis de salud mental. Una magnífica guía cuya lectura aconsejo a todos, pero que ahora dejo a un lado porque es otra la cosa la que quiero decir, algo de enorme valor para mí. Justo al principio de uno de sus ensayos Hadot selecciona una cita a la que debía de tenerle mucho cariño, procedente de un sociólogo francés. Georges Friedmann. Es evidente que la puso ahí porque creía que algo debía recuperarse de las antiguas lecciones de los filósofos griegos, como la herencia de un deber, como el descubrimiento de una praxis. Tenía en mente cierta idea laica de ejercicio espiritual, cotidiano, paciente y fructífero. Debía de parecerle fundamental para quien considera importante el hecho de estar en este planeta con dignidad. Y para explicarla se sirvió de las palabras de Friedmann. Las recorto un poco y os las transcribo aquí porque vale la pena.

«Emprender el vuelo cada día. Al menos durante un momento por breve que sea, mientras resulte intenso. Cada día debe practicarse un "ejercicio espiritual", solo o en compañía de alguien que también aspire a mejorar. Escapar del tiempo. Esforzarse para escapar de las propias pasiones, de la vanidad, del afán de notoriedad en torno al propio nombre. Huir de las malas lenguas. Dejar a un lado la piedad y el odio. Amar a todas las personas libres. Semejante tarea en relación con uno mismo es necesaria, así como es justa semejante ambición."

Si le lees estas líneas a un bárbaro te tomará por tonto, soy consciente de ello. ¿Ejercicios espirituales? Lo entiendo. Aunque la cita no acaba ahí, hay tres líneas más, tremendas, que han sido escritas precisamente para el bárbaro, y no solo para él, también para mí y para todos los que nos consumimos en el extremo y legítimo deseo de revolucionar el mundo. Tres líneas que explican por qué, contra toda apariencia, esa tarea en relación con uno mismo es necesaria, así como es justa semejante ambición. Y lo hace de manera muy simple, se limita a recordarnos algo de lo que nos hemos olvidado por completo, casi todos, y algunos incluso con un pasotismo insoportable. Friedmann las escribió en 1977, lo cual explica una determinada referencia a la política, entendiendo el término «política» en su sentido más amplio. Dice lo siguiente: «Son muchos los que se vuelcan por entero en el militarismo político y en la preparación de la revolución social. Pero pocos, muy pocos, los que, como preparativo de la revolución, optan por convertirse en hombres dignos.»

 
23 de septiembre de 2012
George L. Mosse
LA CULTURA NAZI. LA VIDA INTELECTUAL, CULTURAL Y SOCIAL EN EL TERCER REICH.

«Me dijeron que si no lo leía no iba a entender nunca nada del nazismo. Un poco categórico, pero no tan lejos de la realidad.»

Puede resultar una banalidad, pero la pregunta, pensando en el nazismo, es siempre la misma: pero ¿cómo fue posible? ¿Cómo pudo suceder algo así justo en el corazón de la vieja, refinada y culta Europa? Y, sobre todo, ¿cómo ha podido ser sinceramente nazi gente absolutamente normal, de buen entendimiento, médicos a los que habrías acudido para quitarte las amígdalas, vecinos de casa que a las reuniones de la comunidad llevan el pastel que hicieron por la tarde o simpáticas asistentas a las que dejarías tus hijos con toda la tranquilidad? ? Qué clase de locura se apoderó de todos ellos?

En libro de Mosse da una respuesta a esta pregunta y yo tengo que resaltar el hecho de que ninguna respuesta, antes, me había parecido tan serena, inteligente y creíble como la suya. Si tuviera que resumirla grosso modo lo haría así: no era una locura, era la adhesión apasionada a una ideología que por arte de magia constituía ideales y convicciones que hacía largo tiempo que circulaban por el sistema sanguíneo de la mentalidad alemana. No era una enfermedad mental sino una construcción mental cuyos ingredientes venían de muy lejos. Para entender el nazismo hay que entender casi dos siglos de pensamiento alemán. 

Si uno lo hace, y Mosse lo hizo, descubre muchos afluentes que, sin ni siquiera saberlo, llevaron agua al devastador río del nazismo, afluentes procedentes de las cumbres o de la colinas de la sensibilidad alemana. Toda la tradición romántica, cierta vena mística, las fantasías clásicas-germánicas, el culto a la naturaleza, ciertas teorías extravagantes sobre razas y destinos, el nacionalismo patriótico que creció desmesuradamente después del prolongado parto de la Alemania unida, el instinto de hallar seguridad en el sentirse un pueblo antes incluso que un individuo, la tentación del antisemitismo, el culto hacia ciertas formas de élite dorada, la teorización de la juventud como fuego sagrado con el que recomponer la pureza de la existencia, Nietzsche y Hölderlin, el nudismo y el mito del paisaje campesino, el culto a la belleza masculina y la pasión por el canto polifónico. Todo eso llevaba un montón de tiempo ahí, en la incubadora alemana. Pero también hay que dejar claro que cada una de esas piezas, por sí misma, no tenía el nazismo como epílogo necesario e inevitable. Lo que hizo el nazismo fue meterlas a todas en el mismo saco, conformando un artificial sistema mental y luego político que blindaba numerosas pasiones alemanas dentro de la esfera de un único proyectil de plomo. 

Daniel Innerarity (Pandemocracia) Una filosofía de la crisis del coronavirus

                           

DEMOCRACIA EN TIEMPOS DE PANDEMIA

Decimos que esta crisis sanitaria podrá a prueba muchas cosas y que algunas de ellas no volverán a ser lo que eran, entre las cuales estaría la democracia. Ya se ha suscitado un intenso debate entre quienes piensan que esta crisis supondrá un revulsivo que derribará el capitalismo y quienes presagian un sistema de control que consolidará las tendencias autoritarias inscritas en eso que llamamos democracias liberales. Las medidas de excepción aprobadas podrían establecer un precedente peligroso y un recorte de libertades que sería aceptado por las poblaciones atemorizadas. Ya han surgido «coronadictaduras» como Israel y Hungría que aprovechan esta emergencia para acentuar sus perfiles iliberales. Al mismo tiempo, la larga lista de fracasos colectivos que cosechan nuestras democracias convierte en especialmente tentadoras las promesas de una eficacia a costa de las formalidades democráticas. La democracia, que ha ido sobreviviendo a los cambios de formato y a los de problemas, se encuentra en una encrucijada para la que no tiene precedentes. La supervivencia de la democracia está acondicionada a que sea capaz de actuar en los actuales entornos de complejidad, compatibilizando las expectativas de eficacia y los requerimientos de legitimidad.

El debate entre los filósofos y los científicos sociales acerca de la democracia tras el coronavirus ha tenido tonos épicos, proféticos y melancólicos; lo único que le ha faltado ha sido la modestia. Hay quien anuncia una nueva ola autoritaria, como Giorgio Agamben, Peter Sloterdijk o Naomi Klein, quien exalta la eficacia China y la presenta como un modelo seductor (Byung-Chul Han) o nos previene contra la vigilancia totalitaria de la monitorización biométrica (Yuval Noah Harari) y no podía faltar Slavoj Žižek prometiendo, una vez más, que esta sería la (definitiva) ruina del capitalismo. Pese al tono maximalista y la escasa base científica de sus predicciones, todos ellos nos ponen al menos ante tres problemas que resultan especialmente recurrentes para la democracia: el de excepción, el de la efectividad y el del cambio social.

Comencemos por el primero de los problemas, el que plantea a la democracia la lógica de la excepción. Este asunto es, desde hace tiempo, el tema preferido de Giorgio Agamben, quien la llegado a hablar ahora de «la invención de una epidemia» como disculpa para establecer un estado de excepción. Debe ser muy difícil sobrevivir al éxito de una metáfora y resistir la tentación de aplicarla a cualquier situación. Contradiciendo la evidencia de que si se proclama ahora el estado de excepción es porque no lo había antes, Agamben sostiene que «la epidemia muestra claramente que el estado de excepción se ha convertido en la condición normal de la democracia». Así que gracias a esta «virocracia» podríamos caer finalmente en la cuenta de que la lógica de la excepción es la lógica misma de la democracia... sin excepción. Algunos filósofos tendrían más lucidez si estudiaran un poco de política comparada, aunque eso despojaría de rotundidad a sus teorías. Si se confiere un poder excepcional a alguien es porque ni antes ni después lo tiene. Otro filósofo que en ocasiones prefiere una metáfora brillante a un buen argumento, Peter Sloterdijk, profetiza «el sometimiento a una dictadura médico-colectivista», de manera que «el sistema occidental se desvelará como igual de autoritario que el chino». Las emergencias decretadas por los gobiernos europeos están condicionadas a cuanto se refiere a la lucha contra el Covi-19, limitadas en el tiempo y crean nuevos delitos, tres condiciones de las que carece el excepcionalismo decretado por el gobierno de Hungría. Comparo, luego pienso.

Las situaciones de excepción no suspenden la democracia, tampoco su dimensión deliberativa y polémica. El pluralismo sigue intacto y el normal desacuerdo social continúa existiendo aunque su expresión deba estar condicionada a facilitar el objetivo prioritario de la urgencia sanitaria. Una limitación de las libertades es siempre lamentable y solo se puede justificar como medida temporal. Carl Schmitt, a quien ahora todo el mundo parece haber canonizado, era un decisionista, pero pocos advierten que entender la política como decisión implica reconocer que se ejerce en un contexto de contingencia, sin razones abrumadoras, ni siquiera en medio de las urgencias de la excepción. Contingencia significa que las decisiones son discutibles aunque se hayan modificado las condiciones que implícitamente regulan el modo de gobernar y el modo de hacer oposición.

Sería inaceptable cualquier medida presentada como si no hubiera alternativa y fuera científicamente indiscutible. Los virólogos tienen poderosos argumentos, por supuesto, pero cuando los políticos toman decisiones sobre la base de sus consejos están haciendo política, una política muy particular, por cierto, pero que no deja de tener esa dimensión de contingencia que la caracteriza también en circunstancias excepcionales. Hay distintos planteamientos acerca de cómo afrontar esta crisis, especialmente en lo que se refiere al equilibrio entre las urgencias sanitarias y los efectos económicos que puedan seguirse de las medidas adoptadas. Estar en una situación de alarma no significa renunciar al ejercicio de la razón y privarse de los beneficios de una deliberación serena y leal, así como de una coordinación entre las instituciones que no sea la sumisión a lo que decreta el mando único. La democracia, incluso en momentos de alarma, necesita contradicción y exige justificaciones. 

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