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Fascinación sadomasoquista ante el poderoso. Los dictadores fueron niños. Poder narcisista-psicopatológico. Hitler y Sadam Husein. Egipto y Roma antiguos. Tiempos bolivarianos y napoleónicos.
El psicólogo Alfred Adler escribió sobre el complejo de superioridad, como mecanismo inconsciente —aquí se ve su relación con Freud— en virtud del cual el individuo intenta compensar sus sentimientos de inferioridad, resaltando las cualidades que considera que pueden sobresalir en su persona. Y cuántos seres mediocres uno mismo va conociendo en la vida que se las dan de listos, fuertes, guapos o poderosos, que son una estampa caricaturesca de la que tener compasión o ante la que sentir vergüenza ajena. En muchas ocasiones, se percibe claramente lo que advirtió Adler en cuanto a que tal persona está ocultando su inferioridad mirándose elogiosamente, adoptando para ello una postura arrogante, vanidosa, prepotente. En su obra La constitución neurótica (1917), este médico austriaco observó que «generalmente se observan desviaciones y caminos indirectos en los cuales el rasgo sádico parece estar completamente o en parte perdido. De esta manera, el neurótico logra obtener superioridad sobre el débil, o actúa en esta nueva línea con tal destreza que logra establece una agresión que le permite dominar o torturar a otro».
Esta cita se podría vincular a las relaciones sexuales sadomasoquistas, al modo freudiano, y al componente de dominación de un sujeto frente a otro, no exento de agresividad en determinadas circunstancias. Es el tópico de la tira cómica protagonizada por el empresario de éxito que tiene a su cargo un sinfín de empleados y compañías de alto valor financiero y que, harto de dar órdenes sin cesar a cuanta gente se cruza en él, prefiere por la noche que su mistress —para qué perder la costumbre de decirlo en inglés, pues no en vano este término («señora«, «ama«) es muy usado el el mundo de las relaciones BDSM (bondage, disciplina, dominación, sumisión, sadismo y masoquismo)— ejerza autoridad sobre él. Así, vuelve a darse una vuelta de tuerca en la jerarquía, y el dominador pasa a ser un esclavo voluntario que goza de obedecer.
Ataduras, esposas, correas, arneses o cuerdas; reglas y castigos —inmovilización, como posiciones forzadas o restricciones de movimiento—; juegos de poder —control mental o físico—; sadomasoquismo —causar o recibir dolor de forma erótica—... El o la dominante asume el rol autoritario y el otro el de sumiso, entregando, por deseo propio, su poder. Este juego puede implicar control sobre el cuerpo —movimientos, posturas uso de ataduras o posiciones—, las decisiones —cuándo hablar, qué hacer, cómo comportarse —humillación erótica, adoración, obediencia, entrega—. En todo ello pueden darse órdenes explícitas: cómo vestirse, cómo moverse, cómo complacer; negación del placer, o sea, no permitir que el sumiso llegue al orgasmo; dominación verbal, es decir, usar un tono firme y un lenguaje autoritario para establecer una suerte de humillación; entrenamiento mental, o dicho de otra manera, el sumiso aprende a anticipar deseos o complacer sin instrucciones.
Es una práctica de fantasía sexual, consensuada, que exige una «palabra de seguridad» para detener la actividad en cualquier momento y que despierta una morbosa excitación por romper con las normas sociales, intensifica la vulnerabilidad y la confianza y explora el deseo de entrega o dominio. Y no estamos hablando solo de sexo porque sí, por supuesto, sino porque también se puede establecer un más que razonable paralelismo entre el poder político, especialmente el dictatorial, y el sadomasoquismo, principalmente desde una perspectiva simbólica, psicológica y literaria.
En la arquitectura del poder político —especialmente del poder dictatorial— se repite, con otra estética, el ritual del dominio absoluto: uno que ordena, el otro que obedece; uno que castiga, el otro que suplica; uno que dispone del cuerpo del otro como si fuera suyo. En este sentido, el poder político y el sadomasoquismo comparten una misma gramática: la del control, el deseo, la humillación y la obediencia. Pero donde uno impone por la fuerza del Estado, el otro seduce por el consentimiento del deseo. Si el dictador gobierna como el amo en una relación BDSM —no pregunta, impone; no sugiere, ordena; no acompaña, somete—, su goce —oculto o explícito— es dominar tanto como ser dominado, temido, incluso obedecido hasta en el silencio. La masa, por su parte, no siempre se rebela, sino que a veces se entrega; es más, se arrodilla, autohumillándose, encontrado, en la sumisión, el alivio de no tener que decidir, tal vez el placer oscuro de ser dominada.
Retorzamos el planteamiento como si atásemos a nuestro sumiso con las mejores cadenas gubernamentales, endosándole el placer de la democracia —pues, no en vano, cuántos intelectuales y políticos pronuncian esta palabra esotéricamente, como si fuera el santo grial de toda convivencia y razón de vivir— para asegurar que, así como en el sadomasoquismo el sujeto sumiso encuentra una forma de libertad paradójica en la obediencia, el ciudadano bajo una dictadura puede encontrar una forma perversa de seguridad: el terror ordenado en más tolerable que el caos incierto. Así las cosas, el Estado se convierte en un dominante que castiga, reprime, pero también da estructuras. Lo erótico, aquí, no está en el sexo, sino en la mecánica del poder total. ¿O es que no han oído hablar de la erótica del poder?
La escena sadomasoquista, con sus roles estrictos, rituales de sumisión, castigos y recompensas, no es más que un espejo condensado del teatro político de la dominación. La diferencia fundamental está en el consentimiento: en el BDSM se pacta el dolor, se negocia el poder y se elige la entrega. En la dictadura, todo se impone. Y, sin embargo, ambos sistemas necesitan del mismo combustible: el deseo del otro. El amo necesita del sumiso tanto como el dictador necesita de la masa que lo tema. Si nadie obedece, el poder se desvanece. No lo decimos nosotros, sino otros muchos teóricos, en especial filósofos galos como Michel Foucault en su libro Vigilar y castigar (1975) donde pese a no hablar de sexo explícitamente, sí describe cómo el poder moderno opera sobre el cuerpo: lo disciplina, vigila y controla. En su visión, el poder moderno es erótico porque penetra todos los espacios del cuerpo y la mente, de ahí que haya una «microfísica del poder» que se podría emparentar a las reglas de una sesión de BDSM por sus rituales y afán de control total.
«Donde hay poder, hay resistencia», escribe Foucault, pero también —podemos agregar— hay deseo; para este pensador la disciplina contemporánea se hace sutil, sin necesidad de recurrir a grandes gestos; son, ciertamente, las pequeñas normas, en forma de horarios, posturas, exámenes, vigilancia en definitiva, las que llevan a la idea de que el cuerpo ya no es torturado, sino domesticado, lo cual puede ser más erótico o perverso. Bastante tiempo antes, George Bataille, en su novela erótica La historia del ojo (1928), había ofrecido una historia en la que el placer se mezclaba con la violencia y la muerte; ahí el sexo dejaba de ser solamente carnal y se convertía en un acto político, sagrado y hasta peligroso, por cuanto todo exceso —ya sea sexual o de poder— genera destrucción.
[...] Estas obras literarias o cinéfilas pueden interpretarse como metáforas del poder autoritario, realmente de gran calado seductor por vía de la obediencia total, que acaba siendo placentera. En todos estos casos, el poder autoritario se erotiza y el cuerpo —individual o colectivo— se convierte en un territorio donde el amo impone su deseo. Es entonces cuando el dictador se transforma en el Gran Dominante —digámoslo con las mayúsculas del Gran Hermano orwelliano—, y el pueblo en un ente sumiso que, paradójicamente, muchas veces, desea ser dominado. Y esto no es una teoría peregrina, desde luego, pues podemos ver plasma esta especie de indiferencia a que nos gobierne desde lo dictatorial gracias a una serie de encuestas que se han hecho a jóvenes en varias partes del mundo, como el Sondeig d´Opinió 2024 del Institud de Ciències Polítiques i Socials; El País-Cadena SER, Open Society Foundations, GlobSec en Rumanía, Huffington Post, King´s College de Londres. Tales estudios reflejan que, aproximadamente, más de un 70 por ciento de los encuestados afirman que la democracia es un régimen inoperante, y que uno de tinte autoritario, en algunas circunstancias, sería preferible. Uno de los estudios reveló que piensa tal cosa un 42 por ciento de los jóvenes entre dieciocho y treinta y cinco años. A este respecto, además, el politólogo Victor Lapuente señala que muchos jóvenes están más atraídos por figuras populistas y de extrema derecha que por líderes tradicionales de izquierdas. Básicamente, las respuestas iban dirigidas a la afirmación de que un gobierno militar es una forma adecuada de gobernar un país; y la idea de que un lider fuerte no necesita pasar por el parlamento y convocar elecciones.
* Montesinos, Toni (Melancolía y suicidios literarios) De Aristóteles a Alejandra Pizarnik
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