Jordi Pigem (Inteligencia vital) Una visión postmaterialista de la vida y la conciencia

DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL A LA INTELIGENCIA VITAL

Quisimos construir un mundo a imagen y semejanza de lo mecánico, lo abstracto y lo inerte. Creíamos que el modelo del verdadero conocimiento eran las bases de datos. Pero la realidad no se puede digitalizar, porque no está hecha de objetos aislados, sino de relaciones, y es mucho más compleja, dinámica e impredecible de lo que nuestros mitos contemporáneos nos harían creer. Las máquinas no pueden sustituir a la vida, ni a las relaciones humanas. El aprendizaje, por ejemplo, es un proceso profundamente social que requiere empatía: según el filósofo Hubert Dreyfus, cada avance tecnológico que se interpone entre el profesor y el alumno acaba empobreciendo la educación.

Jaron Lanier, que en su día acunó la expresión realidad virtual, advierte contra el <<totalitarismo cibernético>> que intenta reducir el mundo real a los parámetros de la informática y nos lleva hacia una nueva religión según la cual: <<Tu mente es software, prográmala. Tu cuerpo es un envase; modifícalo. La muerte es una enfermedad; cúrala>>. Es una forma contemporánea de huir del mundo, una nueva versión del antiguo antagonismo de la mente contra la vida. 

Las máquinas no piensan, solo calculan. Pueden calcular prodigiosamente a base de aplicar reglas fijas, pero ahí no hay verdadera inteligencia.
<<Inteligencia artificial>> es un oxímoron. La verdadera inteligencia es natural -y cordial.

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¿DE DÓNDE SURGE LA INTELIGENCIA?

¿De dónde surge la inteligencia que coordina los billones de cédulas de nuestro organismo? Además de la inteligencia consciente (que nos permite, por ejemplo, leer deliberadamente estas líneas), hay una inteligencia no calculadora y no discursiva que sostiene lo que somos y hacemos. Es la inteligencia que guía nuestra creatividad y toda actividad que realizamos de manera espontánea: hablar un idioma que dominamos, pasear, actuar en aquello que nos apasiona. Guía el ritmo de la respiración y el latido del corazón, incluso mientras dormimos. La inteligencia consciente tiene su sustrato en una inteligencia inconsciente, más amplia, que nos vincula al conjunto de la vida.

Hay una continuidad entre nuestras inteligencias y las de otras formas de vida. La inteligencia cinestésica y naturalista son evidentes en todo organismo sano. Hay inteligencia visual-espacial en la construcción de los nidos de las aves y de las presas de los castores. Hay inteligencia musical en los pájaros (no cantan simplemente por una cuestión territorial o de supervivencia), así como en otros animales que producen combinaciones sofisticadas de sonidos (de las abejas a las ballenas). Sabemos que la empatía (que forma parte de la inteligencia emocional) está presente en los delfines y en muchos otros mamíferos. Y en diversas especies animales se han observado formas de inteligencia lingüística y rudimentos de inteligencia lógico-matemática.

Buena parte de lo que llamamos instinto (en los animales) e intuición (en nosotros) son formas de inteligencia no calculadora y no discursiva. La ciencia contemporánea muestra de manera indiscutible que hay inteligencia en todo tipo de seres vivos, incluidas las plantas y los organismos unicelulares. ¿Cómo es posible la inteligencia en organismos que no tienen cerebro ni sistema nervioso? ¿Qué significa esto respecto a nosotros y a nuestro lugar en el mundo?

Por otra parte, además de la vida que nos rodea está la vida que sentimos en nuestro interior. Cuanto más vivo te sientes, ¿no parece el mundo más ligero y vibrante, más real y más lleno de sentido? Lo que respira a través de ti y lo que late tras de una mirada, tras una piel y en toda la vida que te rodea, ¿de dónde surge?

Este tipo de preguntas nos conducen inevitablemente a una visión postmaterialista de la vida y de la conciencia.

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Para Maslow, la autorrealización equivale a <<hacerse plenamente humano>>. También Erich Fromm ve el propósito de la vida en <<nacer plenamente>>. Ello implica <<desarrollar la propia conciencia, la propia razón, la propia capacidad de amar, hasta el punto de que uno trasciende la propia situación egocéntrica y alcanza una nueva armonía, una nueva unidad con el mundo>>. Para Fromm, el bienestar consiste en <<estar en sintonía con la naturaleza humana>>, en <<superar la separación y la alienación>>, en <<ser creativo>>, en <<abandonar el ego y la codicia>> y <<llegar a la experiencia de unidad con el mundo>>. Fromm ve este impulso hacia la realización del propio potencial como característico no solo de la vida psicológica, sino también de la vida biológica:

la finalidad de la vida es nacer plenamente [...]. Vivir es nacer cada minuto. La muerte sucede cuando el nacimiento se detiene. Fisiológicamente, nuestro sistema celular está en un proceso de continuo nacimiento

La tendencia al despliegue de la propia naturaleza es tan característica del crecimiento psicológico como del crecimiento orgánico. Todo árbol despliega sus ramas buscando manifestar plenamente su forma. Sabemos, intuitivamente que estar en plena forma es un signo de autorrealización.

Podemos entender la salud desde la autorrealización. Es sano todo lo que contribuye a la autorrealización del organismo o de la persona, es malsano lo que va contra su autorrealización. Ya el pensamiento clásico chino entendía la salud como un <<nutrir la propia vida>> que equivale a <<nutrir la propia naturaleza>>, el propio potencial vital.

* Jordi Pigem (La nueva realidad) Del economicismo a la conciencia...

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