Giovanni Sartori (La carrera hacia ningún lugar)

EL ALMA NO ESTÁ EN EL ESPERMATOZOIDE

Para los católicos y para la Iglesia, nuestra Ley 40 sanciona el principio inderogable según el cual en el embrión, desde el momento de la concepción, hay vida humana. De ahí se deducirá que el embrión es sujeto de «derechos». Ahora bien, nadie discute que el embrión es vida. Una piedra no tiene vida, pero todo lo que nace, se desarrolla y muere es vida. Las plantas son vida, los animales son vida.

Pero ¿cuál es la diferencia entre la vida en general, también la de una rosa o la de un mosquito, y la vida humana? Sabemos que, desde un punto de vista biológico, el genoma del chimpancé es en un 99,5 por ciento igual al del ser humano. Sin embargo, la diferencia entre un chimpancé y el Homo sapiens es inmensa.

¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué el embrión humano está protegido y el del chimpancé no? Si lo que debemos proteger es la vida, entonces de esa «vida y nada más» existen miles de millones de especies y variedades. Pero si lo que nos interesa específicamente es la protección de la vida humana, debemos establecer cuál es la vida humana y qué es lo que la hace serlo.

Hasta hace aproximadamente medio siglo lo sabíamos. Grosso modo (aunque hay excepciones) para la Iglesia y para la fe, el hombre se caracteriza por el alma, y el «alma racional», por decirlo como santo Tomás, llega tarde, en todo caso no en el momento de la concepción. Umberto Eco resume el pensamiento del Doctor Angelicus: Dios no introduce el alma racional hasta que el feto es un cuerpo ya formado, y por eso después del Juicio Universal, cuando los cuerpos de los muertos resuciten, «los embriones no participarán en esa resurrección: en ellos aún no se había infundido el alma racional y por lo tanto no son seres humanos» (A paso de cangrejo, 2007).

Para la filosofía, o para el pensamiento racional, el hombre se caracteriza por la razón, por la autoconciencia o al menos por los estados mentales psicológicos y autoconscientes. Para Locke, por ejemplo, la persona es un «ser consciente de sí» y «sin conciencia no hay persona». Pero he aquí que de repente la Iglesia católica se olvida del alma (y, con ella, de toda su teología) y se entrega a la biología, a la cual le hace decir que entre mi embrión y yo no hay ninguna diferencia: vida humana la suya, vida humana la mía. Sin embargo, la definición religiosa —repito— es y debe ser distinta; considera que el hombre es hombre porque está caracterizado por la presencia del alma. Esta es una definición que no comparto, pero respeto. Y me asombra que sea yo quien tenga que recordarla y defenderla mientras la Iglesia demuestra que la ha olvidado. Se me podría objetar que es obvio que el alma llega con el embrión. ¿Obvio? Obvio exactamente, no. Esta no había sido nunca la doctrina de la Iglesia y he citado a santo Tomás para demostrarlo. 

Un filósofo católico que al parecer sabe de esas cosas me responde que el de Aquino «es viejo» y que «no es necesario volver siete siglos atrás». Si es así, pobre Iglesia. Santo Tomás es viejo, más lo son san Agustín y la patrística. Y viejos también son los extraordinarios debates que han establecido cuál es la verdadera fe y cuál la herejía. La Iglesia católica lleva casi dos mil años basándose en este importante equipaje teológico. Si se declara que es viejo y que está superado, entonces ¿qué le queda?

Añadiría que la tesis de «embrión igual a persona» no la suscribe, que yo sepa, ninguna otra religión. No es compartida por la Iglesia anglicana ni por la mayoría de Iglesias protestantes. Y, lo que aún es más significativo, tampoco la comparten las demás religiones monoteístas. Según el Talmud, el libro sagrado del judaísmo, la doctrina es que el embrión se convierte gradualmente en persona en el segundo mes del embarazo, es decir, cuando el feto inicia la formación de los órganos. Asimismo, en la religión islámica el alma entra en el cuerpo cuarenta días después de la procreación, y de ahí que actualmente, en tierra islámica, la experimentación con embriones se admita sin problemas. 

Ahora la sociedad cristiana de Occidente siente apego por la vida, no acepta morir sufriendo y confía en la medicina para que alivie las enfermedades que provocan dolor y causan la muerte. En Italia, cada año nacen treinta mil niños con graves malformaciones. ¿Es justo, es humano, permitir que nazcan así? La gente teme morir afectada por enfermedades terribles como el Parkinson o el Alzheimer, y la experimentación con embriones promete (tal vez erróneamente, pero eso no lo sabe ni siquiera la Iglesia) curar enfermedades que nos aterran. No se trata de poner en duda —también yo tengo muy firmes convicciones bioéticas— que la eugenesia solo debe ser curativa y no debe intentar subir la cuesta peligrosísima de una humanidad genéticamente manipulada.

* Giovanni Sartori (Homo videns) La sociedad teledirigida

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