Luis Racionero (Concordia o Discordia)

NECESIDADES PSICOLÓGICAS

El nacionalismo nace de la necesidad psicológica de pertenencia. El equilibrio mental de cada individuo se nutre de diversos componentes: seguridad, autoestima, realización, reconocimiento, pertenencia; tener una familia ayuda más que no tenerla y, cuando no se siente nada más, se busca el sentido de pertenencia incluso en un club de fútbol. Pertenecer a un país confiere señas de identidad y ahonda raíces; es la cara buena del nacionalismo: «yo soy de mi familia, de Seo de Urgel, catalán, español, europeo». ¿Por qué ha de ser incompatible? Al contrario, es complementario, ya que la vida existe porque está estructurada en una jerarquía de sistemas: átomo, molécula, cédula, órgano, cuerpo, familia, tribu (ahora se llama municipio), comarca, nación, Estado, confederación o federación de Estados, mundo. Cada nivel es necesario, ninguno es hegemónico; solo se destaca uno u otro nivel cuando, en el curso de la historia, sus ventajas comparativas lo hacen más adaptable a las circunstancias exteriores. Así, en el siglo v a. C. el municipio o polis era la unidad idónea; en el siglo XV lo fue el Estado nacional tipo Francia o España —que venció a las polis italianas—, y en el siglo XX el escalón más útil es el de bloque continental del tipo Estados Unidos, Unión Europea o China. Los escalones en la jerarquía de grupos humanos varían de relevancia en el curso de la historia. En el siglo x d. C. el holón ciudad-estado, aquí llamados reinos de taifas, era el más útil. Con el proceso de Reconquista y de las guerras intereuropeas, este holón quedó pequeño y fue más útil estratégicamente el holón Estado-nación, de corte hispano-franco. Con la perdida de los imperios coloniales y la creciente importancia de la economía sobre la invasión armada, el holón Estado-nación deviene poco eficaz y comienzan a ser relevantes los holones tipo OTAN y la Unión Europea; es decir, grupos de naciones que suman cientos de millones de personas, que pueden equipararse a Estados Unidos y la antigua URSS. 

Pero el sistema vive porque se respetan todos los escalones, ya que cada nivel se compone de integrar a los inferiores sin llegar a ahogarlos. Todo esto se entiende científicamente por la Teoría General de Sistemas desarrollada por el biólogo Von Bertalanffy, y con el concepto de holón propuesto por Arthur Koestler: recordemos que un holón es un todo y una parte simultáneamente. Un todo para los niveles por abajo y una parte para los niveles por encima. Es un escalón en la jerarquía de conjuntos. Una molécula, pongamos de ejemplo, es a la vez todo y parte; en cuanto que un «todo», integra átomos; como «parte« se integra ella en una célula, que es el nivel inmediatamente superior (en tamaño, que no en importancia, pues todos los niveles son decisivos e imprescindibles: sin átomos no habría moléculas). Vayamos más arriba, a los niveles de lo social: las comarcas, al integrarse, componen una región —o autonomía o nación en España—; éstas, al unirse forman un Estado: España. A su vez, los Estados, al aglutinarse, crean el bloque continental, la Unión Europea. Cada nivel —comarca, autonomía o nación, Estado y bloque continental— es a la vez todo y parte. Como «todo» integra el nivel anterior, en tanto que «parte» pasa a componer el nivel siguiente. 

Por lo tanto, cada nivel —ya sea individuo, familia, comarca, autonomía, Estado—, experimenta simultáneamente dos tendencias: una a autoafirmarse, a sentirse individual, un todo libre, con identidad propia, pues se reconoce como un todo al observar hacia abajo en la escala de sistemas; y una segunda a integrarse, a asociarse, a cooperar cuando se siente parte al mirar hacia arriba en la escala de sistemas.

Cuando el holón se siente todo, afirma su identidad, resalta sus señas de identidad: etnia, lengua, historia, religión, literatura..., y ello le confiere seguridad psicológica. Esto constituye la base del nacionalismo —o de las tendencias autoafirmativas si se trata del escalón individuo, o de la patria chica si es el escalón municipio—, que es útil, necesario y, por lo tanto, legítimo. Pero si para autoafirmarse hay que negar al vecino o antagonizar a los demás se cae en el nacionalismo enfermizo, aquejado de xenofobia, victimismo, triunfalismo o chauvinismo. Identificarse en las raíces profundas de la cultura, la lengua, la costumbre es legítimo y saludable, naturalmente; pero identificarse contra los otros, no lo es en absoluto. Todos los tiranos esgrimen su espantajo, ya sea el peligro amarillo, el judeo-masónico, el comunista o el que sea. No son con; sino contra

De modo que el nacionalismo cultural, que mantiene las raíces, y refuerza la necesidad psicológica de identidad, es legítimo y necesario; en cambio, el nacionalismo que aprovechando esta libido de pertenencia e identidad la desvía hacia el rencor es nocivo para el equilibrio del sistema. Es como si las células del hígado tirasen cada una por su lado. El resultado es que acabarían destrozando el órgano en el cual viven y no podrían integrarse en los pulmones. Todos los niveles son imprescindibles, todos deben ser respetados y preservados.

Ahí está la solución a la falsa paradoja de ser nacionalista en un mundo que tiende a la globalización. Se es nacionalista porque todos los niveles son necesarios e imprescindibles; se es cosmopolita porque la evolución de la vida tiende a niveles de integración cada vez más amplios, lo que el paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin llamó el aumento de complejidad en la flecha del tiempo.

Se puede y se debe ser localista y globalista, de la Seo de Urgel, catalán, español y europeo; vivir en Nueva York sin dejar de ser ampurdanés como Dalí, o en Hollywood y malagueño como Antonio Banderas. Así se resuelve la falsa oposición creada entre nacionalismo y cosmopolitismo, que viene de la reacción alemana a la Revolución francesa.

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