André Gide (Montaigne) Páginas inmortales

De la falsedad

[...] Porque, en cuanto a esta nueva facultad de fingimiento y disimulo que está actualmente tan en alza, la odio a muerte, y, de todos los vicios, no encuentro ninguno que sea muestra de tanta cobardía y bajeza de corazón. Es una disposición cobarde y servil disfrazarse y enconderse bajo una máscara, y no osar hacerse ver tal como uno es. De este modo nuestros contemporáneos se educan en la perfidia: siendo adiestrados a proferir palabras falsas, no tienen escrúpulos en faltar a ellas. Un corazón noble no debe contradecir sus pensamientos; desea hacerse ver hasta en el interior. O todo es bueno en él, o al menos todo es humano.
Aristóteles estima rasgo de magnanimidad odiar y amar al descubierto, juzgar, hablar con toda franqueza y, a cambio de la verdad, no hacer caso de la aprobación o reprobación ajenas.
Apolonio decía que correspondía a los siervos mentir y a los libres decir la verdad.
Es la cualidad primera y fundamental de la virtud. Hay que amarla por sí misma. Quien dice la verdad porque está por otro lado obligado y porque le es útil, y quien no teme mentir, cuando no importa a nadie, no son suficientemente francos. Mi alma, por su complexión, rehúye la mentira y repudia aun pensarla.
Siento una vergüenza interna y un remordimiento punzante si alguna vez se me escapa, como a veces se me escapa, cuando las ocasiones me sorprenden y sacuden de improviso.
No hay que decirlo siempre todo, porque sería necedad; pero lo que se dice, tiene que ser tal como se piensa, de otro modo es maldad. No sé qué provecho esperan de fingir y disimular sin cesar, si no es el de no ser creídos aun cuando digan la verdad [...]

De los libros

No me cabe duda de que hablaré a menudo de cosas que están mejor tratadas en los maestros del oficio, y con mayor verdad. Es éste puramente el ensayo de mis facultades naturales, en modo alguno adquiridas; y quien me sorprenda en ignorancia, no hará nada contra mí, porque dificialmente responderé ante los demás de mis razonamientos, si ni siquiera respondo ante mí mismo; ni estoy satisfecho de ellos. Quien vaya en busca de ciencia, que la pesque donde se aloja: no hay nada de lo que haga menos profesional. Estas son mis ideas, mediante las cuales no intento dar a conocer las cosas, sino a mí: me serán quizá conocidas un día, o lo han sido en otro tiempo, según si el azar me ha podido llevar a lugares en que estaban esclarecidas. Pero ya no me acuerdo.
Y, si soy hombre de alguna lectura, soy hombre de nula retención [...]
Ante las dificultades, si encuentro alguna leyenda, no me quemo las cejas; las dejo ahí, después de haberlas lanzado uno dos asaltos.
Si me detuviera excesivamente, me perdería, yo y mi tiempo: porque tengo un espíritu espontáneo; lo que no veo al primer intento, lo veo menos obstinándome. No hago nada sin alegría; y la insistencia y la concentración demasiado firme ciega mi juicio, lo contraría o lo cansa. Mi vista confunde y se pierde. Hace falta que lo retire y lo vuelva a poner varias veces [...]
Si un libro me irrita, cojo otro; y sólo me dedico a él en las horas en que el aburrimiento de no hacer nada empieza a apoderarse de mi.
[...] La ciencia y la verdad pueden alojarse en nosotros sin juicio, y el juicio puede estar también sin ellas; y, es más, el reconocimiento de la ignorancia es uno de los más hermosos y seguros testimonios de juicio que conozco. No tengo otro sargento de tropa para formar mis partes que el azar. A medida que mis pensamientos se presentan, los apilo; ora se presentan en tropel, pra se arrastran en fila. Quero que se vea mi paso natural y común, tan desordenado como es. Me dejo ir según me encuentre [...]

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