Herbert Marcuse (Eros y civilización)

Desde la rebelión de los esclavos en el mundo antiguo hasta la revolución socialista, la lucha de los oprimidos ha terminado siempre con el establecimiento de un nuevo, y <<mejor>> sistema de dominación; el progreso ha tenido lugar a través de una cadena de control cada vez más eficaz. Cada revolución ha sido el esfuerzo consciente por reemplazar un grupo en el poder por otro; pero cada revolución, también, ha liberado fuerzas que han <<sobrepasado la meta>>, que han luchado por la abolición de la explotación y la dominación. La facilidad con que han sido derrotadas exige una explicación. Ni la constelación en el poder prevaleciente, ni la falta de madurez de las fuerzas productivas, ni la ausencia de conciencia de clase dan respuesta adecuada. En cada revolución parece haber un momento histórico durante el cual la lucha contra la dominación puedo haber triunfado, pero el momento pasa. Un elemento de autoderrota parece estar envuelto en esta dinámica (aparte de la validez de razones como la anticipación y la falta de igualdad de fuerzas). En este sentido, cada revolución ha sido también una revolución traicionada.
[...] Pero mientras más cercana está la posibilidad de liberar al individuo de las restricciones justificadas en otra época por la escasez y la falta de madurez, mayor es la necesidad de mantener y extremar estas restricciones para que no se disuelva el orden de dominación establecido. La civilización tiene que defenderse a sí misma del fantasma de un mundo que pueda ser libre. La sociedad no puede usar su creciente productividad para reducir la represión (porque tal cosa destruiría la jerarquía del statu quo), la productividad debe ser devuelta contra los individuos: llega a ser en sí misma un instrumento de control universal. El totalitarismo se extiende sobre la reciente civilización industrial dondequiera que los intereses de dominación prevalecen sobre la productividad, conteniendo y desviando sus potencialidades. La gente tiene que ser mantenida en un permanente estado de movilización, interna y externa. La racionalización de la dominación ha progresado hasta el punto en que amenaza con invadir sus fundamentos: por tanto, debe ser reafirmada más efectivamente que nunca. Esta vez no debe haber asesinato del padre, ni siquiera un asesinato <<simbólico>>, porque puede ser que él no encuentre sucesor.

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La investigación busca la solución de un problema <<político>>: la liberación del hombre de una condición inhumana. Schiller afirma que para resolver el problema político, <<uno debe pasar por la estética, pues aquello que conduce a la libertad es la belleza>>. El impulso del juego es el vehículo de esta liberación. El impulso no aspira a jugar <<con>> algo; más bien es el juego de la vida misma, más allá de la necesidad y la compulsión externa; es la manifestación de un existencia sin miedo y ansiedad, y, así, es la manifestación de la libertad misma. El hombre es libre sólo cuando está libre del constreñimiento, externo e interno, físico y moral, cuando no está constreñido ni por la ley ni por la necesidad. Pero tal constreñimiento es la realidad. La libertad es, así, en un sentido estricto, liberación de la realidad establecida: el hombre es libre cuando la <<realidad pierde su seriedad>> y cuando su necesidad <<llega a ser ligera>> (leicht). <<La mayor estupidez y la más grande inteligencia tienen una cierta afinidad entre sí: las dos sólo buscan lo real>>; sin embargo, tal necesidad de un apego a lo real es <<solamente el resultado de la necesidad>>. En contraste, la <<la indiferencia a la realidad>> y el interés por el mero <<espectáculo>> (el despliegue, Schein) son los pases para la liberación de la necesidad y para llegar a una <<verdadera expansión de la humanidad>>. En una civilización humana genuina, la existencia humana sería juego antes que esfuerzo y el hombre viviría en el despliegue, el fausto, antes que en la necesidad. 
Estas  ideas representan una de la posiciones más adelantadas del pensamiento. Debe entenderse que la liberación de la realidad que es descrita en ellas no es trascendental, <<interior>>, o meramente intelectual (como Schiller lo subraya explícitamente), sino que es la libertad en la realidad. La realidad que <<pierde su seriedad>> es la inhumana realidad de la necesidad y el deseo insatisfecho, y pierde su seriedad cuando la necesidad y el deseo pueden ser satisfechos son trabajo enajenado. Entonces, el hombre es libre para <<jugar>> con sus facultades y potencialidades y con las de la naturaleza, y sólo <<jugando>> con ellas es libre. Su mundo entonces es el despliegue (Schein) y su orden la belleza. Porque es la realización de la libertad, el juego es más que la constreñida realidad física y moral: <<el hombre sólo es serio con lo agradable, lo bueno, lo perfecto; pero con la belleza juega>>. Tal formulación sería un <<esteticismo>> irresponsable si el campo de juego fuera uno de ornamento, lujo y fiesta en un mundo de otro modo represivo. Pero aquí la formulación estética es concebida como un principio que gobierna toda la existencia humana y sólo puede hacerlo si llega a ser <<universal>>. La cultura estética presupone <<una revolución total en las formas de percepción y sentimiento>>, y tal revolución sólo llegará a ser posible si la civilización ha alcanzado su más alta madurez física y intelectual. Sólo cuando el <<constreñimiento de la necesidad>> sea reemplazado por el <<constreñimiento de lo superfluo>> (la abundancia) la existencia humana será impulsada a <<un libre movimiento que es en sí mismo tanto el fin como los medios>>.

* Herbert Marcuse (El hombre unidimensional)
* Herbert Marcuse (La sociedad carnívora)

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