Jean-Claude Kaufmann (Identidades) Una bomba de relojería

OTRO (PEQUEÑO) MUNDO ES POSIBLE

El individuo de la segunda modernidad ha visto disolverse lentamente las estructuras colectivas que hasta entonces lo acogían, lo enmarcaban, le daban ya desde un principio una respuesta a las preguntas de la vida. Se ha encontrado de pronto librado a sí mismo, en un universo agotador, con evaluaciones y competiciones generalizadas, fundadas sobre el egoísmo estructural que está en la base de la economía capitalista (el individuo llamado <<racional>>, de hecho calculador). No se puede vivir así, no se puede vivir bien, sin embargo el sujeto emancipado de sus marcos aspira como nunca si no a la felicidad al menos al bienestar, que es su declinación correcta, sensorialmente perceptible. Al bienestar personal, en una relación con personas allegadas (familia, amigos, grupo asociativo) que no se mueva por un interés calculador sino por lo contrario, la amistad, el amor, el olvido o el don de sí mismos, generoso. Así es como hoy en día está naciendo discretamente otro mundo al margen, en millones de pequeños universos alternativos. Para cada uno de nosotros, desde ahora, otro (pequeño) mundo es posible. Es ahí donde podremos construir con los nuestros un universo de seguridad y de consuelo mutuo, suave y acariciante, en el mejor de los casos, lo que yo he llamado la <<casa de las pequeñas felicidades>>. Es allí también donde podemos vivir más intensamente, dejarnos llevar por nuestras pasiones.

La palabra pasión, que viene de una mística radical y lejana, se ha instalado asombrosamente hoy en día en el lenguaje corriente, para designar, al término de un largo viaje lingüístico, en <<sencillas>> prácticas de ocio. Nos apasionamos por la música clásica o por el fútbol, experimentamos una verdadera pasión por nuestros rosales o nuestro perro. Por muy risibles que puedan parecer a veces desde el exterior los motivos que desencadenan la emoción, el lenguaje utilizado no es excesivo. Desde los cátaros, desde el romanticismo del siglo XIX (de Rougemont, 2004), la pasión se define como un desgaje de lo ordinario y su mediocridad, que nos eleva a fuerza de emociones a un nuevo universo, donde nos sentimos por fin invadidos por una plenitud existencial. Incluso las pequeñas pasiones son pasiones verdaderas, que realizan un agrupamiento en uno mismo en el interior de ese mundo pasional, una sensación de vivir más intensamente que en la vida habitual. 

No hay que tomarse a la ligera las pequeñas pasiones; estas manifiestan un cambio de la mayor importancia en la sociedad de hoy en día. Vividas desde el interior, no tienen en absoluto el ridículo que a veces les puede atribuir una mirada pasajera. Llenan la vida como nunca, una vida que se hace más viva, plena y ligera a la vez. Su ascenso histórico es impresionante, y se manifiesta en una miríada de actividades muy diversas, donde cada uno encuentra el medio de inventarse una burbuja de existencia intensa y vibrante contra el resto del mundo. A menudo lúdicas e inventivas, subversivas sin saberlo.

Pero ay, las pasiones, como muchas otras cosas, son muy poco igualitarias en nuestra sociedad. Las nuevas pasiones, amables, cultivadas y pacíficas, se ven marcadas por un carácter de clase, reservadas sobre todo a aquellos que poseen un colchón cómodo de recursos materiales y culturales para poderlas desarrollar. Sin esos apoyos e instrumentos indispensables, las pasiones amables pueden tomar cuerpo con mucha mayor dificultad, y su repertorio se restringe. Los desprovistos de todo, por el contrario, no tienen una gran gama a su disposición, y sin embargo su necesidad de reconocimiento es infinitamente más grande. Los estallidos pasionales adoptan, pues, una forma totalmente distinta. Por ejemplo, entre los jóvenes de barrios abandonados, que cultivan el conflicto simplificador de <<ellos>> contra <<nosotros>>, engendrando emociones malas y violentas. El rencor, la rabia y el odio se liberan y se instalan frente a esos <<ellos>> amalgamados y mal definidos. Los desprovistos de todo construyen también su reconocimiento mutuo inventando su pequeño mundo contra el resto del mundo, cuya realidad se aleja y se nubla, pero lejos de la suavidad acariciante o de una inventiva lúdica, en la dureza de un universo cerrado instaurando sus códigos, su lenguaje, su cultura. El pequeño mundo contra el mundo se constituye entonces duramente a partir de la mala pasión y atrapa en su interior al individuo.

Cuanto más frágil psicológicamente o más socialmente desfavorecido es un individuo, más riesgo existe de que la pasión aniquile su autonomía de sujeto. Se vuelve prisionero de su pasión, que invade toda su existencia. La necesaria clausura del sentido desde el punto de vista identitario se vuelve totalizadora, atrapando al individuo en la prisión fundamentalista. Allá donde se posa nuestra mirada en el planeta, asistimos hoy en día a la multiplicación de explosiones pasionales de individuos que se desviven reinventando ilusorias comunidades <<étnicas>> o religiosas cerradas sobre sí mismas, universos secesionistas, opuestos a un enemigo que es un chivo expiatorio. Las pasiones que nos dominan pueden desembocar, por tanto, en lo mejor o lo peor, la amabilidad o la violencia, la apertura a los demás y el aislamiento autárquico. Como ha ocurrido siempre, claro. Pero ahora la cuestión se ha vuelto mucho más candente, ya que el fracaso del modelo de la economía capitalista y financiera aumenta considerablemente el papel social de las pasiones. 

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