Victoria Camps (Elogio de la duda)

Dudar no es rechazar totalmente el sistema, no es pretender la tarea absurda de borrar el pasado y empezar de nuevo; es afirmar valores como el de la libertad, pero con el convencimiento de que no hay que darlos por supuestos ni por asumidos. Porque la libertad debe tener límites y hay que plantearse cuáles son. La igualdad es un objetivo irrenunciable, un objetivo al que pensamos que hay que llegar redistribuyendo la riqueza, pero la redistribución tiene muchas formas y no todas han dado buenos resultados. ¿No habrá que preguntarse en qué consiste la riqueza y si es cierto que un sistema de tributación económica progresiva la destruye irremediablemente, como afirma el neoliberalismo?, ¿no habrá que pensar, por el contrario, que las políticas tributarias justas son imprescindibles porque solo ellas mejoran la salud general de un país? Y la forma de medir el crecimiento económico, a partir del PIB, ¿a qué conduce?, ¿a ocultar la brecha cada vez mayor entre aquellos pocos cuya riqueza no deja de crecer y la gran mayoría cada vez más empobrecida? Si la libertad ha de tener limitaciones para el bien común, ¿qué impide frenar el enriquecimiento indebido y poner coto a las tremendas desigualdades salariales? 

Al plantear preguntas de este calibre, no desdeñamos la socialdemocracia. Al contrario, reconocemos que es la mejor de las opciones que tenemos hoy. Una opción que está amenazada, en parte, porque es contraria a los intereses más poderosos y, en parte, por desconocimiento y desidia de los que no tienen poder pero sí parte de responsabilidad frente al mundo que está resurgiendo de la crisis. Nada está ganado para siempre, ni siquiera los ideales que parecen más sólidos. Por eso, una cierta dosis de miedo ante un futuro que amenaza con destruir todo lo conseguido no está de más: <<Si queremos construir un futuro mejor, debemos empezar por apreciar en toda su dimensión la facilidad con las que incluso las democracias liberales más sólidas pueden zozobrar. Por decirlo sin ambages, si la socialdemocracia tiene futuro será como una socialdemocracia del temor>>

Montaigne entendió que un pensamiento dubitativo y modesto afianza la libertad interior de la persona. Cuando uno duda del pensamiento hegemónico lo hace desde la libertad. Pero la actitud dubitativa no tiene que ser solitaria. Precisamente, la democracia se acepta desde la antigüedad griega, no por creer que es la mejor forma de gobernar si la comparamos con la monarquía o la oligarquía, sino porque es la más adecuada para el gobierno de los seres ignorantes y de conocimiento limitado que somos. No hay hombres ni mujeres suficientemente sabias para confiarles el gobierno en la convicción de que lo harán bien. Por eso, para formar una conciencia libre, no basta sospechar de lo que viene impuesto, sino propagar la duda y propiciar la discursión para encontrar mejores propuestas y mejores razones que las apoyen. 

Hanna Arendt, cuando asiste al juicio de Eichmann, llega a la conclusión de que el pensamiento es lo que nos hace humanos y lo que les faltó a todos los que secundaron el holocausto judío, que pensar es lo que dejaron de hacer los que secundaron el holocausto judío. <<Pararse a pensar>> es lo que se debe hacer, porque <<cuando se piensa, la experiencia común des-aparece. El gesto de pensar significa siempre un cierto distanciamiento del mundo de las apariencias, de lo común>>. Eso es lo que da valor a la política, explica bien Fina Birulés en su último estudio sobre Arendt. A diferencia de la corriente que se impone desde Platón, que da valor a la theoria y a la contemplación porque solo unos pocos la cultivan, Arendt está convencida de que <<afortunadamente, pensar no es prerrogativa de unos pocos, sino una facultad siempre presente en seres que nunca existen en singular, y que se caracterizan por su esencial pluralidad>>. Ese pensamiento compartido es el núcleo de la política. O debiera serlo.

Recuerda Birulés que la concepción de Arendt de la esfera pública se ha interpretado como la combinación de dos modelos: el agonal y el asociativo, o dos modos de acción: el expresivo y el comunicativo. Según el primero, la política estaría hecha de gestos heroicos por parte de individuos excepcionales. Poner el énfasis en el segundo significa entender que el espacio público es un espacio deliberativo basado en la igualdad y en la solidaridad, en el intercambio de ideas y de puntos de vista. Traslademos la contraposición al conflicto entre Antígona e Ismene, mencionado en el capítulo anterior: la primera reproduce el modelo agonal, mientras que su hermana representa el modelo asociativo. Es este último el que quiere la democracia, el que está al alcance de todos, el que evita posiciones extremas que son la mejor forma de eludir el compromiso ante los cambios necesarios.

* Victoria Camps (La imaginación ética)

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