David Le Breton (Desaparecer de sí) Una tentación contemporánea

Umbral: Difíciles identidades contemporáneas

A veces, nuestra existencia nos pesa. Nos gustaría liberarnos, aunque solo fuera por un instante, de las necesidades que esta conlleva. Darnos en cierto modo unas vacaciones de nosotros mismos para recobrar el aliento, para descansar. Aunque sin duda nuestras condiciones de vida son mejores que las de nuestros antepasados, no nos libran de su actividad esencial, consistente en darle un valor y un sentido a nuestra existencia, en sentirnos ligados a los demás, en experimentar el sentimiento de ocupar un lugar en el seno del vínculo social. La individualización del sentido, al liberarnos de las tradiciones o de los valores comunes, nos exime de toda autoridad. Cada uno se convierte en su propio amo y deja de tener que rendir cuentas a nadie más que a sí mismo. La ruptura de ese vínculo social aísla a cada individuo y lo enfrenta a su libertad, al disfrute de su autonomía o, al contrario, a su sentimiento de insuficiencia, a su fracaso personal. El individuo que carece de recursos internos sólidos para adaptarse a los acontecimientos y dotarlos de valor y de sentido, que no tiene suficiente confianza en sí mismo, se siente tanto más vulnerable y debe sostenerse por sí solo, ya que su comunidad no lo va ha hacer. A menudo se halla sumido en un clima de tensión, de inquietud, de duda, que le hace la vida muy difícil. El placer de vivir no es fácil de encontrar. Muchos de nuestros contemporáneos que aspiran a aliviar un poco la presión sobre sus espaldas, a suspender el esfuerzo necesario para continuar siendo ellos mismos al hilo del tiempo y de las circunstancias, siempre a la altura de las propias exigencias, y de las de los demás. Incluso cuando no pesan las dificultades, puede surgir la tentación de desembarazarse de sí mismo por un rato, para así escapar de las rutinas y de las preocupaciones. Toda descarga es oportuna porque nos da tregua por un instante. 

En una sociedad en la que se imponen la flexibilidad, la urgencia, la velocidad, la competitividad, la eficacia, etcétera, el ser uno mismo no se produce de forma natural, en la medida en que hace falta en todo momento estar en el mundo, adaptarse a las circunstancias, asumir su autonomía, estar a la altura. Ya no es suficiente con nacer y crecer, ahora es necesario estar constantemente en construcción, permanecer movilizado, dar sentido a la vida, fundamentar las acciones sobre unos valores. La tarea de ser un individuo es ardua, sobre todo cuando se trata de convertirse en uno mismo. Encontrar los soportes de la autonomía y bastarse a sí mismo no es igual de fácil para todos: cada individuo posee capacidades distintas. «Mientras que las obligaciones morales se han etenuado, las psíquicas han invadido la escena social: la emancipación y la acción extienden desmesuradamente la responsabilidad individual, agudizando la conciencia de ser solo uno mismo [...]. Esa es la razón por la cual la insuficiencia es a la persona contemporánea lo que el conflicto representaba para la de la primera mitad del siglo XX». El individuo no dispone hoy en día de una orientación para construirse, o mejor dicho, se enfrenta a una multitud de posibilidades para la que solo puede contar con sus propios medios. Esta falta de fundamentación social y la ausencia de una reglamentación exterior no facilita el acceso a la autonomía. Todo individuo es, sin embargo, responsable de sí mismo, incluso aunque le falten los medios económicos y sobre todo simbólicos para asumir una libertad que no ha elegido, pero que le ha sido concedida por el contexto democrático de nuestras sociedades. No dispone ya de un marco político para afirmarse en una lucha común, como pudo haber existido en el pasado, ni de una cultura de clase y un destino compartido con otros. Situarse bajo la autoridad de sí mismo implica la renovación incesante de toda una serie de habilidades y de recursos internos, constituyendo una fuente de inquietud y de angustia, y requiriendo de un esfuerzo constante. La identidad se ha convertido en una noción fundamental para poner en cuestión tanto la persona individual como el conjunto de nuestras sociedades, pues hoy en día se halla en crisis y alimenta una «incertidumbre radical sobre la continuidad y la consistencia del yo». La transparencia ha desaparecido entre las diferentes formas de socialización y de la subjetividad. Mantener su lugar en el seno del vínculo social implica una tensión, un esfuerzo.

La velocidad, la fluidez de los acontecimientos, la precariedad del empleo, los múltiples cambios impiden la creación de relaciones privilegiadas con los otros y aíslan al individuo. Solamente la resistencia y la solidez del vínculo social, su enraizamiento, ofrecen la posibilidad de forjar amistades duraderas, y por lo tanto de proporcionar formas de reconocimiento en el día a día. La vida social de vecindario, por ejemplo, se hace más líquida, efímera y superficial debido a la permanente rotación de los habitantes del barrio. El individuo hipermoderno está desconectado. Exige la presencia de los otros, pero también su alejamiento. Marcel Gauchet nos recuerda que la ciudadanía era, hasta hace bien pocos años, una conjunción entre lo general y lo particular. Se trataba de que cada individuo se apropiara del punto de vista del conjunto, de que se situara como uno entre muchos, en un movimiento en el que ni uno ni otro se perdieran. Hoy en día «lo que prima es la disyunción: cada individuo pretende que su particularidad le sea reconocida por parte de un instancia general de la que no se le pide que comparta su punto de vista, y a cuyos titulares se les deja el trabajo de arreglárselas por sí mismos». 

El vínculo social es más una variable ambiental que una exigencia moral. Para algunos, incluso, no es más que el escenario de su desarrollo personal. El vínculo al otro ha dejado de ser una obligación para convertirse en algo opcional. Cotidianamente, la mayoría de las relaciones no exigen compromiso; la televisión, internet, los chats y los foros, o el teléfono móvil son formas de estar y de liberarse de una relación con solo apagar la pantalla.

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Depresiones

[...] Sin embargo, no se puede considerar que la depresión tenga solamente raíces en la infancia; es también, y sin duda sobre todo, una consecuencia de la dificultad de ser uno mismo en nuestras sociedades, del agotamiento que provoca el tener que mantenerse incesablemente en el nivel de las exigencias requeridas por su individualidad. La autonomía obligada —la propia de este individuo— está infestada de tensiones internas; el hombre o la mujer devienen autorresponsables y con cuentas que rendir a los demás o a sí mismos en caso de fracaso, viéndose obligados a dar permanentemente pruebas de su capacidad de actuar por sí solos. Su posición social tampoco es evidente, y tendrán que asentarla a partir de un sinfín de referencias posibles. Si bien el collage de los signos de identidad pueden ser a veces fluido y gozoso para aquellos que poseen asideros narcisistas bien establecidos, para otras personas es un tejido desgarrado y desarmonizado que provoca el miedo y la falta de ser. El individuo debe construir su experiencia en todo momento. 

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