Byung-Chul Han (En el enjambre)

La sociedad digital de la vigilancia muestra una especial estructura panóptica. El panóptico de Bentham consta de celdas aisladas entre sí. Los residentes no pueden comunicarse entre ellos. Los muros hacen que los residentes no puedan verse. Con el fin de mejorar, son expuestos a la soledad. En cambio, los habitantes del panóptico digital crean una red y se comunican intensamente entre ellos. Lo que hace posible el control no es el aislamiento espacial y comunicativo, sino el enlace en red y la hipercomunicación.

Los habitantes del panóptico digital no son prisioneros. Ellos viven en la ilusión de la libertad. Alimentan el panóptico con informaciones, en cuanto se exponen e iluminan voluntariamente. La propia iluminación es más eficiente que la ilusión ajena. Tenemos ahí un caso paralelo con la propia explotación. La propia explotación es más eficiente que la explotación ajena, porque va unida al sentimiento de libertad. En la propia iluminación coinciden la exhibición pornográfica y el control panóptico. La sociedad del control se consuma allí donde sus habitantes se comunican no por coacción externa, sino por necesidad interna, o sea, donde el miedo a tener que renunciar a su esfera privada e íntima cede el paso a la necesidad de exhibirse sin vergüenza, es decir, donde no pueden distinguirse la libertad y el control.

Vigilancia y control son una parte inherente a la comunicación digital. Lo peculiar del panóptico digital consiste en que comienza a desaparecer la diferencia entre Big Brother y los habitantes.  Aquí cada uno observa y vigila al otro. No solo nos vigila el servicio secreto del Estado. Empresas como Facebook y Google trabajan ellas mismas como servicios secretos. Iluminan nuestras vidas para sacar capital de las observaciones obtenidas mediante el fisgoneo. Las empresas espían a sus empleados. Los bancos examinan con lupa a potenciales clientes de crédito. El eslogan propagandístico de SCHUFA, a saber, «Nosotros creamos confianza», es puro cinismo. En realidad, deshace por completo la confianza y la sustituye por el control.

«Le ofrecemos una mirada de 360 grados a sus clientes». Con este eslogan hace propaganda Acxiom, la empresa americana de big data, con el fin de conseguir encargos. Acxiom es una de las empresas de datos que hoy crece de forma extraordinaria; mantiene un colosal almacén de datos con muchísimos miles de servidores. Su sede empresarial en Arkansas, Estados Unidos, está protegida y es vigilada rigurosamente, como si fuera un edificio del servicio secreto. La empresa posee datos personales sobre unos 300 millones de ciudadanos de Estados Unidos, o sea, sobre casi todos. Sin duda Acxiom sabe más sobre los ciudadanos de Estados Unidos que el FBI o el IRS (organismo de los impuestos federales).

Entre tanto el aspecto económico del espionaje es difícilmente separable de su utilización como servicio secreto. Lo que hace Acxion no se distingue, en principio, de la actividad de un servicio secreto. Sin duda trabaja con mayor eficacia que los servicios de Estados Unidos. En relación con el esclarecimiento de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2011, Acxiom proporcionó a las autoridades datos personales de 11 sospechosos. El mercado de vigilancia en el Estado democrático se acerca peligrosamente al estado de vigilancia digital. En la actual sociedad de la información, en la que el Estado y el mercado se fusionan cada vez más, la actividad de Acxiom, Google o Facebook se acerca a la de un servicio secreto. Se sirven con frecuencia del mismo personal. Y los algoritmos de Facebook, de la bolsa y del servicio secreto llevan a cabo operaciones semejantes. Se aspira en todas partes a un rendimiento de la información. 

Por una adaptación nada espectacular al «Protocolo de internet versión 6», el número disponible de direcciones de web es hoy casi ilimitado. Así, es posible proveer cada cosa en la vida cotidiana con una dirección de internet. Los chips de RFID (identificadores de radiofrecuencia) convierten las cosas mismas en emisoras activas y actoras de la comunicación, que envían informaciones de forma autónoma y se comunican entre sí. Este internet de las cosas consuma la sociedad del control. Nos observan cosas que nos rodean. Ahora nos vigilan también las cosas que usamos en la vida cotidiana. Ellas envían informaciones sin pausa sobre nuestro hacer y omitir. Contribuyen activamente a la protocolización total de nuestra vida. Las Google Glass nos prometen una libertad sin límites. Sergey Brin, jefe de Google, se entusiasma con las imágenes admirables que hacen las Google Glass gracias a su función de disparar automáticamente una imagen cada 10 segundos. Según él, estas imágenes fantásticas no serían posible sin las Google Glass.

Precisamente, estas gafas de datos hacen posible que extraños nos fotografíen y filmen sin cesar. Mediante las gafas de datos cada uno lleva consigo, en la práctica, una cámara de vigilancia. Es más, las gafas de datos transforman el ojo humano mismo en una cámara de vigilancia. El ver coincide por entero con la vigilancia. Cada uno vigila al otro. Cada uno es Gran Hermano y prisionero a la vez. Ahí tenemos la consumación digital del panóptico del Bentham.

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