Patrick Cockburn (ISIS el retorno de la Yihad)

La «guerra contra el terrorismo» ha fracasado porque no se dirigió al movimiento yihadista como un todo y, por encima de todo, no tuvo como objetivo a Arabia Saudita y Paquistán, los dos países que patrocinaron el yihadismo como credo y como movimiento. Los Estados Unidos no lo hicieron porque estos países eran importantes aliados a quienes no deseaban ofender. Arabia Saudita constituye un mercado enorme para las armas estadounidenses, y los saudíes han cultivado y, en ocasiones, comprado, a miembros influyentes del establishment político estadounidense. Paquistán es una potencia nuclear con una población de 180 millones de habitantes y una milicia con lazos cercanos al Pentágono.

El espectacular resurgimiento de Al Qaeda y sus ramificaciones se ha dado a pesar de la enorme expansión de los servicios de inteligencia tanto estadounidenses como británicos y de sus presupuestos después del 11/9. Desde entonces, los Estados Unidos, seguidos de cerca por Inglaterra, han peleado guerras en Afganistán e Iraq y han adoptado procedimientos normalmente asociados con estados policiales, tales como el encarcelamiento sin juicio previo, la rendición, la tortura y el espionaje local. Los gobiernos llevan a cabo «la guerra contra el terrorismo» afirmando que deben sacrificarse los derechos de los ciudadanos en lo individual para proteger la seguridad de todos.

Frente a estas controvertidas medidas de seguridad, los movimientos en contra de los cuales se han dirigido no han sido derrotados sino más bien fortalecidos. Cuando ocurrió el ataque del 11/9, Al Qaeda era una organización pequeña y, en general, ineficaz; para 2014 los grupos tipo Al Qaeda son numerosos y poderosos. En otras palabras «la guerra contra el terrorismo», que ha dado forma al panorama político para gran parte del mundo desde 2001, ha fracasado de manera fehaciente. Hasta la caída de Mosul, nadie le prestaba mucha atención.

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No solo los gobiernos lo hicieron mal. También se equivocaron los reformadores y revolucionarios, quienes consideraron que los levantamientos de la Primavera Árabe de 2001 fueron un golpe mortal a los antiguos regímenes autoritarios de la región. Durante el breve lapso, el sectarismo y las dictaduras parecieron desmoronarse; el mundo árabe se encontraba a las puertas de un nuevo futuro maravilloso libre del odio religioso, donde los enemigos políticos resolverían sus diferencias en elecciones democráticas. Tres años después, cuando los movimientos democráticos se retiraron en toda la región al ver el éxito de la contrarrevolución y el aumento de la violencia sectaria, este entusiasmo parece ingenuo. Vale la pena analizar por qué una alternativa revolucionaria progresista a los estados policiales y a los movimientos yihadistas como ISIS ha fracasado de manera tan rotunda.

Las revoluciones y los levantamientos populares de 2011 fueron tan auténticos como cualquier otro en la historia, pero la forma en que fueron percibidos, en particular en Occidente, a menudo fue gravemente incorrecta. Lo inesperado es inherente a los cambios revolucionarios: siempre he creído que si yo puedo ver venir una revolución, lo mismo puede hacer el jefe del servicio de inteligencia, el Mukhabarat. Él hará todo lo posible por impedir que ocurra. Las verdaderas revoluciones surgen debido a una coincidencia impredecible y sorprendente de personas y acontecimientos con distintos motivos que se reúnen para luchar contra un enemigo común, como Hosni Mubarak o Bashar al-Assad. Las raíces políticas, sociales y económicas de los levantamientos de 2011 son muy complejas. El hecho de que no haya resultado obvio para todos en aquel momento es resultado, en parte, de la forma en la que los comentaristas extranjeros exageraron el papel de las nuevas tecnologías de la información. Los manifestantes, poseedores de grandes habilidades para hacer propaganda, vieron la ventaja de presentar los levantamientos como inofensivos, como revoluciones de «terciopelo» con blogueros y tuiteros angloparlantes, bien educados, a la vanguardia. El propósito era transmitir al público occidental que los nuevos revolucionarios eran felizmente similares a ellos, y que lo que ocurría en Oriente Medio en 2011 era parecido a los levantamientos anticomunistas y prooccidentales de la Europa del Este después de 1989.

Las demandas de la oposición tienen que ver por completo con la libertad personal: las desigualdades sociales y económicas raramente se consideraban un problema, aun cuando estuvieran provocando el enojo popular en contra del statu quo. En los años previos a la revuelta siria, las tiendas elegantes y los restaurantes se habían adueñado del centro de Damasco, mientras el grueso de los sirios veía cómo su salario se estancaba frente a los precios crecientes. Los campesinos arruinados por cuatro años de sequía, estaban yéndose a vivir a los tugurios en las afueras de las ciudades. Naciones Unidas reportó que entre 2 millones y 3 millones de sirios vivían en «pobreza extrema». Las pequeñas compañías manufactureras estaban cerrando debido a las importaciones baratas procedentes de Turquía y China. La liberación económica, elogiada en las capitales extranjeras, concentraban rápidamente la riqueza en manos de unas cuantas personas con buenas conexiones políticas. 

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