Norbert Bilbeny (La justicia como cuidado de la existencia)

«Ninguna persona, es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti»
John Donne
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NECESIDADES EXISTENCIALES

El ser humano concibe la vida como existencia. La suya y la de los demás. Pues no es sólo estar vivo, un mero «tener vida». Los humanos no sentimos ni pensamos que lo nuestro y lo de los demás seres consista sólo en «tener vida». No nos conformamos con que la vida sea un simple estar vivo.

No sabemos si otros seres vivos lo perciben así también. Por lo pronto, los humanos añadimos otros factores al simple hecho material de estar vivos. Factores que nos hacen percibir aún con mayor motivo la vida como existencia. El principal de ellos: que sentimos y pensamos que la vida no se limita a «estar vivos». Lo esencial de la vida es existir. Nuestro ser es existir. No nos define la muerte, sino la existencia. Queremos llenar de vida los días, pero también llenar la vida de días, para que haya un máximo posible de días en que cada día se pueda vivir como una vida. Queremos y tenemos el derecho a existir todo lo que pueda nuestra vida. Es lo primero en el orden del ser. ¿Qué otro ser tendríamos antes que el de nuestro existir? Puede pensarse que haya uno mayor, pero no anterior, ni más determinante.

Para los humanos la vida es un límite, pero también es un conjunto de posibilidades. No podemos escapar del círculo de la vida, pero sí saturarlo y, sin embargo, no sentirnos nunca saturados. No nos damos nunca por satisfechos. Las necesidades del ser humano no tienen límite. Encima de todas aquellas que son naturales construimos una torre inacabable de necesidades introducidas por la cultura y, en definitiva, por nuestra comprensión de la vida como existencia antes que cualquier otra cosa. Como hecho de existir, y como algo más que estar vivos. Así, los «bienes primarios» nunca son los mismos. Se multiplican con la cultura, igual que sucede con los intereses y los derechos. La vida, pues, está abierta a todas sus posibilidades.

Pero al mismo tiempo vamos adquiriendo una conciencia del límite de todas estas posibilidades. La vida se acaba y lo sabemos. Puede dejarnos atrás, o solos, y estábamos también avisados. La vida, en fin, choca con sus propios límites, los cuales parecen alzar un muro contra nuestra proyección a lo ilimitado y nos fuerzan a admitir que todas las posibilidades tienen un término. Esos límites de la vida son nuestra muerte y la separación respecto de los seres con los que estábamos unidos. «Pasáis la vida como si siempre fuerais a vivir; nunca se os ocurre pensar en vuestra fragilidad», escribe Séneca en De la brevedad de la vida. La vida como existencia es, pues, para los humanos percepción de lo uno y de lo otro, de sus posibilidades y de sus límites. Con lo cual, si la vida es esencialmente existir, sus necesidades se resumen en estas dos: durar, que nos aleja de la muerte, y permanecer juntos, que nos salva de la soledad. 

Pervivir y convivir unidos, son las más básicas de nuestras necesidades básicas. Pero la injusticia hace lo contrario. La injusticia equivale a un secuestro de la vida, en la que malvivimos por ello rehenes. Pues no hay injuria que no implique, en un grado u otro, una sustracción de nuestro tiempo de vida o una separación de nuestros semejantes y seres más queridos. O ambas cosas. Alterando nuestras necesidades de vida y compañía, las injusticias nos empujan hacia la muerte y nos alejan de los otros seres. La injusticia rompe nuestros vínculos con el ser y con los otros seres; nos hace sentir aislados y desasidos. Por eso cuando se pide justicia no nos limitamos a pedir una reparación o una compensación. Reclamamos una comprensión: que alguien nos atienda y nos escuche, esperando que nos dé la razón. 

Así, no sólo hay que fijarse en el dolor que causa la injusticia, sino en el sufrimiento que comporta. La injusticia produce un daño existencial que la justicia, en su configuración actual, minusvalora o desconoce. Ésta parece desoír la anterior frase de Séneca y hace como si no fuéramos mortales y las injurias no causaran apenas sufrimiento.

De hecho, desde que la administración de justicia pasó al Estado, el sujeto central de interés de la justicia ya no es tanto la víctima como el delincuente. Pero habría que pensar más en la primera y en su condición de mortal y sufriente. El sufrimiento está en el origen de la justicia. Sin sufrimiento, ¿cómo nos indignaríamos?.


EL DESEO DE FELICIDAD

«La felicidad es una idea nueva en Europa». Lo escribe Saint Just, durante la Revolución Francesa. La felicidad no es un bien dado, sino a conquistar. Por eso dice el primer artículo de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. «El objeto de la sociedad es la felicidad común». 

Todos desean la felicidad. La felicidad es un deseo, pero ser feliz es, sobre todo, el desear mismo. Y en concreto: sentirse desear. Pues no todos pueden desear; ni, pudiendo, lo quieren siempre. Y aun quienes —los que «desean desear», el más básico y potente de los deseos—no siempre se ven y sienten a sí mismos queriéndolo. Lo cual, si así vieran y sintieran, sería su máximo de felicidad. ¿Qué es querer una cosa si no nos gusta ni apetece el hecho mismo de quererla? ¿Y qué es gozar una cosa si ya la tenemos? Lo bueno se hace desear. Sólo hay contadas excepciones a ello. Existir lo resume todo.

La felicidad es la autopercepción del deseo. Es la deseosidad. Lo cual no quita valor al objeto deseado ni al porqué de desearlo. Pero indudablemente, y por experiencia, les da más valor. «Debemos buena parte de los placeres a la ilusión, ¡ay de quien pierde la ilusión!, le escribió Voltaire a Madame de Châtelet. Pero, en nuestro tiempo, un modo muy extendido de vivir hace que no se valore tanto la felicidad como el éxito. La cultura del individualismo posesivo y consumista confunde el éxito con la felicidad, mientras que la preocupación por triunfar y sus logros hacen que la gente sea, al revés, más infeliz.

La ideología del liberalismo empezó poniendo como meta la felicidad, no el éxito, que atenta contra los mejores y más profundos estímulos de la ética liberal y de su idea de la justicia: obtener la felicidad de uno sin estorbo de la felicidad de los otros. Para John Locke, puntal del liberalismo ilustrado, el individuo posee dos potencias (powers) que lo constituyen como tal: la libertad y el deseo. Pero ambas tienen su causa y su objeto a la vez en la felicidad, que es el placer: no en el éxito, como quiere, en cambio, el neoliberalismo moderno. Lo bueno, para Locke, es el placer, y lo malo el dolor. Es «ley de la naturaleza», precisa, que el sujeto tienda a la felicidad, que incluye sin embages el placer. Dios lo ha dispuesto así y espera que el hombre lo descubra por sí mismo. Queda claro, pues, que para este inspirador de la ética liberal europea y de la política liberal norteamericana el sentido de la libertad es la aspiración a la felicidad (Ensayo sobre el entendimiento humano).

Si embargo, aunque la vida puede estar dispuesta para el disfrute, también está expuesta a la ruina. En el otro extremo de Locke, Sigmund Freud, en una de sus últimas obras, llegó a afirmar que «la intención de que el hombre sea feliz no está inscrita en el plan de la creación» (El malestar en la cultura). Para el introductor del psicoanálisis, la felicidad es un episodio. Y en el plano político, un ilustrado como Locke, el revolucionario francés Robespierre, dijo en la Convención del 10 de mayo de 1793: «el hombre ha nacido para la felicidad y la libertad, y por todas partes es esclavo e infeliz». Esta vez es la injusticia lo que se impone en la búsqueda de la felicidad. En Albert Camus, por otra parte, el obstáculo proviene tanto de la injusticia como del absurdo de la vida. Lo que le hace lamentar: «Los hombres mueren y no son felices (Calígula).

Pero, en cuanto a la felicidad, la vida es todo el argumento. Ella, la vida misma, y la injusticia le ponen trabas. No obstante, es la vida misma quien persigue la felicidad con la mayor de las fuerzas y hace que la justicia le siga en esta carrera. Nadie desea para sí ni la miseria, y la mayor parte tampoco lo desea para los demás. El argumento es uno y el mismo: que nosotros existimos. Nosotros queremos una existencia feliz. Aunque, por lo pronto, el hablar de «nosotros» parece siempre más un problema que una solución; más un desafío que un fondo de seguridad. Decir «nosotros» es aún revolucionario.

A pesar de que los imprevistos y las injusticias se cruzan en nuestro camino, no consiguen borrar la fuerza de una evidencia. Deseamos ser felices. Buscamos la verdad y la justicia para rescatar la felicidad, por más que sepamos de antemano que ni la justicia ni la verdad complementarán nuestra aspiración a la felicidad. Pero son la vía y el camino por los que hay que pasar para obtenerla.

* Norbert Bilbeny (La vida avanza en espiral) Conversaciones sobre...

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