Irvin D. Yalom (El problema de Spinoza)

-¿Ventajas? ¿Qué me dices de la supervivencia? ¿No ha vivido el hombre siempre en alguna especie de comunidad, aunque sólo sea una familia? ¿Cómo, si no, podríamos sobrevivir? ¿Es que no experimentas ninguna alegría en comunidad? ¿No tienes ninguna sensación de formar parte de un grupo?

Bento empezó a mover la cabeza para decir que no pero rápidamente se contuvo.

-Yo experimenté eso, bastante extrañamente, el día antes de nuestra entrevista anterior. Cuando iba camino de Ámsterdam vi a un grupo de judíos asquenazíes haciendo la ceremonia del Tashlij. Yo estaba en el trekschuit pero me bajé rápidamente, los seguí, y me dieron la bienvenida y una anciana que se llamaba Rifke me ofreció un trozo de pan. Su nombre se me quedó grabado, no sé por qué. Observé la ceremonia, y experimenté una grata calidez, sintiéndome una extraña atracción hacia aquella comunidad. En vez de tirar el pan de Rifke al agua, me lo comí. Despacio. Y sabía extraordinariamente bien. Pero luego, al continuar mi camino, no tardó en esfumarse aquel sentimiento cálido y nostálgico. Toda aquella experiencia fue otro recordatorio de que mi hérem me afectó más de lo que yo había pensado. Pero ahora el dolor de la expulsión ha desaparecido al fin, y no siento ninguna necesidad, absolutamente ninguna, de sumergirme en una comunidad.

-Pero, Bento, explícame: ¿cómo puedes tú, cómo haces, para vivir en una soledad como ésta? No eres por naturaleza una persona fría y distante. Estoy seguro de eso porque siempre que estamos juntos, siento una conexión muy fuerte, por tu parte tanto como por la mía. Sé que hay amor entre nosotros.

-Sí, yo también siento y atesoro nuestro amor muy intensamente.- Bento miró a Franco a los ojos justo un instante y luego apartó la vista-. Soledad... Me preguntas sobre si soledad. Hay veces que sufro con ella. Y lamento tanto no haber podido compartir mis ideas contigo... Cuando intento aclarar mis ideas, suelo tener sueños en los que las discuto contigo.

-Quien sabe, Bento...ésta puede ser nuestra última oportunidad. Por favor, habla de ellas ahora. Al menos, cuéntame algo de las orientaciones principales que has seguido. 

-Sí, quiero hacerlo, pero ¿por dónde empezar? Empezaré con mi propio punto de partida: ¿qué soy yo?, ¿cuál es mi centro, mi esencia?, ¿qué es lo que me hace lo que soy?, ¿qué es lo que hace que yo sea esta persona en vez de otra? Cuando pienso en el ser, hay una verdad básica que parece evidente por sí misma: yo, como todos los seres vivos, me esfuerzo por perseverar en mi propio ser. Yo diría que este conatus, el deseo de continuar siendo para florecer, alimenta todos los esfuerzos de una persona.

-¿Así que empiezas con el individuo solitario en vez de con el polo opuesto de la comunidad, que yo considero superior?

-Pero no concibo al hombre como una criatura solitaria. Es sólo que enfoco de un modo diferente la idea de conexión. Busco la experiencia gozosa que nace no de tanto de la conexión como de la pérdida del distanciamiento.

Franco movió la cabeza, desconcertado.

-No has hecho más que empezar y ya me siento confuso. ¿No son conexión y pérdida del distanciamiento?

-Hay una diferencia sutil pero crucial. Déjame explicar. Como sabes, en la base misma de mi pensamiento está la idea de que sólo a través de la lógica podemos comprender algo de la esencia de la Naturaleza o Dios. Digo <<algo>> porque el ser concreto de Dios es un misterio que queda por encima y más allá del pensamiento. Dios es infinito, y puesto que nosotros somos sólo criaturas finitas, nuestra visión es limitada. ¿Estoy siendo claro?

-Hasta ahora...

-Por tanto -continuó Bento-, para aumentar nuestra comprensión, debemos intentar enfocar este mundo sub specie aeternitatis... en su eternidad. En otras palabras, tenemos que superar los obstáculos a nuestro conocimiento que procede de nuestra vinculación a nuestro propio yo. -Bento hizo una pausa-. Franco, me miras de un mudo muy raro.

-No entiendo nada. Ibas a explicar lo de la pérdida del distanciamiento. ¿Qué pasa con eso?

-Paciencia, Franco. Eso viene después. Primero tengo que proporcionarte la base. Como estaba diciendo, para ver el mundo sub specie aeternitatis debo desprenderme de mi propia identidad (es decir, mi vinculación a mí mismo) y verlo todo desde la perspectiva absoluta, adecuada y veraz. Cuando puedo hacer eso, dejo de experimentar fronteras entre yo mismo y los demás. Una vez sucede esto, irrumpe una gran calma, y ningún acontecimiento que me afecte a mí, ni siquiera mi muerte. Y cuando otros alcancen esa perspectiva, nos haremos amigos, querremos para todos lo que queremos para nosotros mismos, y actuaremos con altura de miras. Esa experiencia, bendita y gozosa, es por tanto consecuencia de una pérdida del distanciamiento más que una conexión. Por tanto, hay una diferencia... la diferencia entre los que se agrupan todos juntos buscando calor y seguridad, y otros que se agrupan en una visión gozosa e ilustrada de la Naturaleza o Dios.

Franco, que aún parecía desconcertado, digo:

-Estoy intentando entender, pero no es fácil porque nunca he tenido esa experiencia. Bento. Perder tu identidad... eso es difícil de imaginar. Me da dolor de cabeza pensarlo. Y parece tan solitario... y tan frío.

-Es solitario y sin embargo, paradójicamente, esa idea puede unir a todos los hombres... es estar simultáneamente aparte de y ser al mismo tiempo una parte de. Yo no sugiero ni prefiero la soledad. De hecho estoy convencido de que si tú y yo pudiésemos encontrarnos para discusiones diarias, nuestros esfuerzos para comprender aumentarían notoriamente. Parece paradójico decir que los hombres son más útiles unos a otros cuando cada uno persigue su propio beneficio. Pero cuando son hombres de razón, es así. El egoísmo ilustrado conduce a la utilidad. Todos tenemos en común nuestra capacidad de razonar, y se instaurará un verdadero paraíso terrenal cuando nuestra entrega al entendimiento de la Naturaleza o Dios sustituya todas las demás afiliaciones, sean religiosas, culturales o nacionales.

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