Pedro González Calero (Filosofía para bufones) Un paseo por la historia del pensamiento a través de las anécdotas de los grandes filósofos

El río de Heráclito
Heráclito de Éfeso, fue, junto con Parménides, el más importante de los filósofos presocráticos. Ha pasado a la historia de la filosofía como el filósofo del devenir y de manera simplificadora suele recordársele por aquella famosa sentencia que dice: <<Nadie se baña dos veces en el mismo río>>. Este aforismo, que ha sido glosado innumerables veces, también ha sido objeto de alguna que otra broma, como aquella que hacía el poeta Ángel Gonzáles en una de sus Glosas a Heráclito:
                             Nadie se baña dos veces en el mismo río.
                             Excepto los muy pobres.

Analgesia y eutanásia
Se cuenta que Antístenes, al final de sus días, enfermo y dolorido, se lamentaba en voz alta de su condición, ante su discípulo Diógenes:
     -Ay, ¿quién me librará de estos males? -bramaba el viejo Antístenes.
     A los que Dióneges, esgrimiendo un puñal, contestó:
     -Este te librará, maestro.
     -De los males, estúpido, no de la vida -le espetó Antístenes.

La ganancia del mentiroso
Un día le preguntaron a Aristóteles qué ganan los hombres mintiendo. Y Aristóteles respondió:
      -No ser creídos cuando digan la verdad.

Un estómago luterano
Erasmo de Rotterdam, humanista y filósofo católico del siglo XVI, destacó por su espíritu tolerante.  Cpmptarió con los luteranos el interés por impulsar una profunda reforma del cristianismo. Tanto es así que no faltaron los teólogos católicos que afirmaban que <<Erasmo puso los huevos que empolló Lutero>>. Pero sus divergencias con los protestantes también fueron grandes, pues Erasmo siempre repudió al fanatismo luterano, y Lutero, por su parte, llegó a decir: <<Quien aplaste a Erasmo, ahogará a una chinche que todavía apestará menos muerta que viva>>.
Erasmo intentó recuperar el primitivo espíritu cristiano que había sido prácticamente sepultado en la práctica por la Iglesia oficial. Esta actitud suya distante ante muchos de los ritos y dogmas católicos queda manifiesta en ciertos episodios de su vida, como cuando, habiendo sido reprendido por alguien que lo sorprendió comiendo carne un viernes de Cuaresma, Erasmo replicó con humor:
     -Es que mi alma es católica, pero mi estómago es luterano.

Un suicida escrupuloso
Rousseau tenía un temperamento delicado. Neurótico, narcisista, hipocondriaco, masoquista, padecía además intensos ataques de manía persecutoria. Autor de una de las obras más ambiciosas sobre la educación de los niños (su ya citado Emilio), se sintió sin embargo incapaz de ocuparse de la educación de sus propios hijos, entregando los cinco que nacieron de su relación con Thérese Lavasseur a los orfanatos públicos.
Por si fuera poco, sufría depresiones que lo llevaban a pensar a menudo el el suicidio. A este respecto, cuenta Diderot que un día fue a visitarlo a su casa de Montmorency y Rousseau le confesó, frente al estanque, que había estado tentado de arrojarse a él para acabar con su vida.
-¿Y por qué no lo hiciste- le preguntó Diderot a bocajarro.
Rousseau, sorprendido por la falta de tacto de su amigo le respondió:
-Porque metí la mano en el agua y me pareció demasiado fría.

Los banqueros suizos
Los banqueros suizos ya eran famosos en el siglo XVIII. A propósito de ellos, se le atribuye a Voltaire haber hecho la siguiente recomendación. <<Si alguna vez ve usted saltar a un banquero suizo por la ventana, salte detrás. Seguro que hay dinero que ganar>>.

¿Y si al final Dios existe?
Russell siempre se mostró escéptico sobre la posibilidad de que Dios existiera, pues estaba convencido de que no hay argumentos de ningún tipo que puedan avalar la tesis de su existencia.
A propósito de esto, alguien le preguntó a Russell durante un coloquio qué diría si después de morir se encontrara cara a acra con Dios. Y Russell respondió.
-Simplemente le diría: <<¡Señor! ¿porqué has dado tan pocas señales de tu existencia?>>.

Cioran no existe
Cuenta Savater en su Ensayo sobre Cioran que durante algún tiempo consideró la posibilidad de escribir su tesis doctoral sobre un filósofo inexistente, al que imaginaba discípulo de Heráclito y viviendo en la Atenas del periodo helenístico. Finalmente, abandonó la idea y acabó escribiendo su tesis sobre Ciceron. Pero, puesto que el filósofo rumano apenas era conocido en España por aquel entonces, empezó a extenderse en los círculos universitarios el rumor de que este filósofo no existia en realidad, sino que era una invención de Savater.
Savater entonces le escribió una carta a Cioran, dándole noticias de ello: <<Por aquí dicen que usted no existe>>. Cioran, que siempre proclamó la inanidad de la existencia y la idea de que lo mejor de todo sería no haber nacido, le respondió con una nota de lacónico humor: <<¡Por favor, no les desmienta!>>.

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