Oscar Scopa (El fin del mundo ya tuvo lugar) Esto no es una crisis

Nos encontramos, entonces, con la <<muerte de la ideología>>, el abandono de la psiquiatría clásica y el psicoanálisis, la caída de la antropología estructural, el desmantelamiento y la desactivación de la noción de cultura al transformarla en multiculturalidad, el deterioro publicitario ejercido contra la verdad y a favor de una opinión pública omnímoda y lacaya de las indicaciones de los Aparatos Ideológicos de Empresa, el desmantelamiento de la idea de libertad vigilada.
La estética -junto a la crítica- se vio arrinconada y los caminos de autonomía y desarrollo que habían adquirido las vanguardias artísticas del siglo XX en sus producciones, llevados al rincón de los desechos con el fin de dejar pasar al entertanment oportunista, inclusive disfrazado de vanguardia. Allí se recibía con bienvenidas y abrazos a los aceptadores canónicos del modelo económico eterno y sus oportunidades <<para todos>>. Para esos artistas.
Asimismo, y mientras tanto, se iba generando el divismo (como Reagan actor/político: todo lo puedo; como el papa Juan Pablo II, actor/pontífice: todo los lograré) como forma socializada aceptable a la que todos debíamos venerar como concepción directiva. En las actividades culturales ese divismo fue generado por la <<actividad privada>> financiera en todos sus ámbitos de acción comercial. Inclusive el estado se contagió del divismo, aprisionando por los patrocinios privados que se consideraban indiscutiblemente necesarios.
¿Por qué los escritores también nos volvimos hacia la aspiración del divismo? El fin era sólo uno: dejar de hablar de Dios, de política, de ciencia como ideología, del cuestionamiento de la sexualidad no institucionalizada, de la literatura con escritura de la lengua. Hasta los años setenta del siglo XX, en la moda del modo de vivir dialéctico, el continente social pedía la palabra del escritor en su relación con Dios, con la economía. Lo hacía de forma equívoca y lo hacía.
Como complemento necesario, el divismo imperante provocó el biografismo crítico, periodístico; se eliminó cualquier vestigio de cultura popular que no condujese a algún tipo de divismo o que no proviniese de ese enjambre.
El problema no era el divismo; siempre ha habido divos y divas; al menos desde el Renacimiento europeo. El problema era su sostén biografista, pasado por el tamiz aparente de una crítica que, a su vez, la eliminaba como hecho cultural imprescindible.
Si bien creo que los escritores debemos estar por fuera de los cambios de mano de poder en las democracias, no podemos estar por fuera de la denuncia de un sistema total(itar)ista en cuanto a las tecnologías Dios, previsión, política. 
¿Cual era el norte discreto, de cena íntima, de esos <<neo>> que planificaban y gestionaban victoriosos y con las patas sobre la mesa? Ellos sostenían que el estado era lo que molestaba al desarrollo global del capitalismo: el Estado emisor, el Estado regulador, ¡el Estado distribuidor! Por lo tanto, se trataba de reducir el estado a su estado mínimo con el fin de que éste desapareciera y fuese inoperante.
Por supuesto, los Estados que no fueran los Estados Unidos, su industria agrícola y militar subsidiada. Este proyecto contó no sólo con las políticas anglosajonas de Reagan y Thacher, sino con sus obedientes tecnócratas y economistas del Banco Mundial y del FMI, con el apoyo de algunos sindicatos y partidos de la llamada izquierda. El Estado debía desaparecer. 
En este contexto, y viendo lo que ya ha pasado sin saber lo que nos espera, ¿ no tendríamos el derecho suspicaz de suponer que la destrucción del sistema financiero sostenida por el gobierno neocom estadounidense fue en realidad un ataque terrorista contra los Estados, sobre todos los de la naciente Unión Europea? Por ahora, y mientras estén activos sus actores, no lo sabremos documentalmente.
Muchos presidentes y ex presientes, ministros de finanzas, directores generales de organismos internacionales, honestos banqueros y usureros de investigadores de I+D se verían involucrados en la respuesta. Los libros de historia, si es que la Historia continúa existiendo como tal y por fuera del registro biografista, se ocuparán de ello cuando el peligro para los actores esté desactivado por el ejercicio de una nueva sofisticación. Si es que se sigue optando por considerar este momento de la historia sólo como una crisis.

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