Gilles Lipovetsky (Metamorfosis de la cultura liberal)

La ética de los negocios se me antoja una exigencia de fondo, un tipo de interrogación acerca del futuro en un momento en que triunfa el capitalismo liberal y en que se intensifican las peticiones de seguridad y de identidad. Sin embargo, eso no impide señalar los límites del fenómeno, los callejones sin salida y quizá incluso las contradicciones de la gestión de empresas a través de los valores. Conocemos las desafortunadas aventuras de esos proyectos más o menos impuestos por la dirección y que no se traducen en nada concreto en la realidad cotidiana de la empresa. El proyecto de empresa pone en primer plano los valores compartidos, la comunicación, la transparencia, la responsabilidad del todos. Pero, al mismo tiempo, el marco sigue siendo autoritario y las políticas de negociación desconocidas. De cara a la galería se enarbolan la comunicación y la cohesión de la comunidad, mas en realidad lo que prevalece son las prácticas de fusión y de adquisición salvajes de las empresas, las oleadas masivas de despidos, la ausencia de participación y de diálogo social. La empresa celebra los valores de la calidad y la responsabilidad, pero, por lo que se refiere a los hechos, hay que hacer números y contar con un margen de ganancias, obtener resultados a corto plazo, incluso en detrimento de la calidad de los servicios. Se despide al personal por razones de rentabilidad económica insuficiente, lo cual resulta a todas luces desastroso, tanto para la implicación de los trabajadores como para la imagen a largo plazo de la empresa. En todos esos casos, no podemos por menos que ver en esta preponderancia de los valores éticos una forma nueva de mistificación.

De hecho, la movilización de los hombres y de las mujeres requiere ante todo una nueva filosofía de la gestión de empresas, que permita ampliar la responsabilidad real de las personas a todos los niveles de la vida de la organización. Sin cambio efectivo que cumpla las condiciones de reconocimiento, de distribución, de formación, de responsabilidad, la gestión de empresas a través de los valores se reduce, en el mejor de los casos, a piadosas fórmulas, y en el peor, a manipulación. La exigencia ética clama por algo distinto de la liturgia de los valores. Pide cambios concretos y organizacionales, una nueva forma política de gestión basada en el compañerismo y la participación. Para decirlo de otro modo, sin ética la empresa moderna carece de legitimidad y de adhesión; ahora bien, la ética reducida a sí misma, sin una política social ambiciosa por parte de la empresa y sin reparto de responsabilidades, resulta impotente. Incluso corre el riesgo de aparecer como un nuevo medio de manipulación de las personas, un artilugio comunicacional que engendre escepticismo y desmovilización. 
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¿Fragilidad de las nuevas democracias liberales? En efecto, si ponemos el acento en el desinvestimiento individualista en la cosa pública, en el sentimiento creciente de ingobernabilidad del conjunto colectivo, en el descrédito de las élites estatales, en la penetración, limitada pero real, de la extrema derecha... Pero ¿cómo no subrayar, al mismo tiempo, la solidez de las democracias liberales, reconciliadas desde hace poco con sus principios fundacionales y que se ordenan en torno a los derechos del hombre, erigidos en centro de gravedad ideológica y en referente consensual? Por primera vez desde finales del siglo XVIII, las sociedades liberales ya no tienen otro proyecto político que la democracia. Ningún gran partido incluye ya en su programa la destrucción de las instituciones de la libertad, ningún gran partido reivindica ya el uso de la violencia política. Este dato histórico es radicalmente nuevo, y constituye una oportunidad fundamental para las sociedades liberales.

[...] En tiempos de liberalismo mediático, se observa, es cierto, una gran volubilidad de los electores, una adhesión más fluctuante, una identificación menos intensa con las familias políticas. ¿Fracaso de la ciudadanía democrática o mayor autonomía de los electores en relación con los partidos? En la actualidad, los ciudadanos que se manifiestan de acuerdo tan sólo con una parte de las ideas del partido al que tienen intención de votar son más numerosas que aquellos que se adhieren a la mayoría de esas mismas ideas. Al tiempo que la inestabilidad electoral se incrementa, un número creciente de ciudadanos se muestra vacilante, cada vez menos seguros de su elección definitiva en el momento de votar. Si bien tales comportamientos pueden expresar cierto consumismo electoral, atestiguan asimismo una mayor libertad de la opinión pública, un menor confinamiento ideológico y social de los electores.

En las democracias de partidos, en efecto, el voto expresaba ante todo una identidad de clase; los electores solían votar como sus padres, partido contra partido, y más en función de su posición social y económica que en razón de opciones personales. Así, tendían a votar durante largos períodos al mismo partido, reconocido como el instrumento de su interés de clase. La novedad estriba en el hecho de que los ciudadanos posmodernos ya no marchan como «tropas» disciplinadas; al haber dejado de estar «a la orden«, se orientan de manera más individual en función de los programas presentados por los líderes, y cambian de voto según la naturaleza y los envites de las elecciones. Volubilidad electoral que registra la dinámica de lo político. La deliberación pública no se ha volatilizado, se ha difractado en el cuerpo social a través del electorado flotante e informado, así como de los medios.

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