Jean Ziegler (Los nuevos amos del mundo) Y la lucha de aquellos que se resisten a dejarse engullir por la globalización

El escocés Adam Smith ejerció un tiempo el cargo de profesor de Lógica en la Universidad de Glasgow. Gracias a la protección de un antiguo discípulo suyo, el duque de Buccleuch, obtuvo luego la extraordinaria sinecura (que ya había aprovechado su padre) de recaudador general de las aduanas escocesas. En 1776, publicó su principal libro Inquiry in the Causes of the Wealth of Nations [Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones].

David Ricardo, hijo de un banquero sefardí de origen portugués afincado en Londres, en cambio, rompió a la edad de 21 años con su familia y se convirtió a la religión cuáquera. Corredor de bolsa, a los 25 años se había hecho tan rico como el rey lidio Creso. En 1817, publicó su obra maestra, Principles of Political Economy and Taxation [Principios de Economía Política y distribución].

Ricardo y Smith son los dos padres fundadores del dogma ultraliberal que se halla en los fundamentos del superego colectivo de los nuevos dueños del mundo. ¿Qué dice este dogma? Pues que, abandonado a sí mismo y desembarazando de toda limitación y de todo control, el capital se dirige de forma espontánea e incesante hacia aquel lugar donde alcanza beneficios máximos. Así, el coste comparado de los gastos de producción determina el lugar de implantación de la producción comercial. Y preciso es constatar que esta ley ha obrado maravillas. Entre 1960 y 2000, la riqueza del planeta se ha sextuplicado de esta manera, los valores bursátiles cotizados en Nueva York han aumentado en un 1.000 por ciento.

Queda por zanjar, no obstante, el problema de la distribución. Ricardo y Smith eran hombres de ciencia, imbuidos de una profunda fe. Glasgow y Londres eran dos ciudades pobladas por una numerosa población que vivía en la miseria. Su suerte preocupaba profundamente a los dos científicos y la fórmula en la que pensaron fue el trickle down effect, el efecto de goteo de la riqueza a través de todas las capas sociales que acabarían favoreciendo a los pobres. Para Ricardo y Smith, existía un límite objetivo a la acumulación de las riquezas, límite ligado a la satisfacción de las necesidades. El teorema se aplica tanto a los individuos como a las empresas.

En el caso de los individuos, el teorema dice lo siguiente: cuando la multiplicación de los panes alcanza cierto nivel, su distribución a los pobres se hace casi de forma automática. Como los ricos no pueden disfrutar de forma concreta de una riqueza que supera en exceso la satisfacción de sus necesidades (por extravagantes y caras que sean), procederán por sí mismos a distribuirla. Con otras palabras, a partir de cierto nivel de riqueza, los ricos dejan de acumularla. La distribuyen. Un multimillonario sube el sueldo de su chófer porque no sabe, en el sentido preciso del término, qué hacer ya con su dinero.

Ahora bien, a mi entender esta idea es errónea. ¿Por qué? Porque Ricardo y Smith vinculan la acumulación a las necesidades y al uso. Sin embargo, para un multimillonario, el dinero no tiene nada -o muy poco- que ver con la satisfacción de las necesidades, por suntuosas que sean. Que un faraón no pueda navegar en diez barcos a la vez, morar en diez villas en un mismo día o comerse cincuenta kilos de caviar en una comida, no tiene a fin de cuentas importancia alguna. El uso nada tiene que ver con la acumulación. El dinero produce dinero. El dinero es un instrumento de dominación y de poder. La voluntad de dominio es inextinguible  no tiene límites objetivos.  

Richard Senner es catedrático de la London School of Economics. Con motivo de un reciente debate que tuvo lugar en Viena, me dijo: <<Este fantasma del trickle down effect sólo podía nacer en el cerebro de economistas de origen judeocristiano. De hecho reproduce con exactitud la absurda quimera del paraíso que cuenta la Biblia. ¡Morid de hambre buenas gentes del Tercer Mundo y de otros lugares! Pues una vida mejor os ha sido prometida en el paraíso. Lo molesto es que nadie dice cuándo ese célebre paraíso acabará por concretarse. En cuando al trickle down effect podemos puntualizar, con una claridad meridiana, que la respuesta es ¡nunca!>>.

Entre tanto, la guerra mundial contra los pobres continúa desarrollándose.

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