Vicente Verdú (Apocalipsis Now)

Un capitalismo sin antagonista es igual a la madrastra de Blancanieves ante el propio espejo. Nada hay que lo combata en esa especulación sin réplica. Y así ha ido sucediendo en el agravamiento de esta debacle. Los capitales exigen más capital, las instituciones financieras más financiación y, al cabo, el objetivo del déficit se mantiene como el objetivo, cada vez más objetivo, cada vez más real, tan pavoroso como para destruir países enteros o, incluso, la totalidad de Europa.
El único tabú que permanece en pie dentro de la sexualidad es la práctica del incesto. Pero, de otra parte, en ningún otro ámbito social ha logrado desarrollarse mejor la libertad que en ámbito sexual. De la misma manera que el neoliberalismo ha sido el cenit de la liberación de todas las cosas, la nueva sexualidad ha aceptado la participación de un sinfín de sexos con todos los derechos imaginables. 
Solo tanto en un campo como en el otro hay un tabú: el tabú del incesto. El tabú es a la vez sagrado y prohibido, no se puede tocar. No puede tocarse porque su reacción sería aniquiladora. Acaso se alumbrarían hijos enfermos o acaso, como sucede en el neoliberalismo, más capital al capital, más deuda a la deuda, más préstamos a los prestamistas, desembocará en una gravedad mortal. 
Esta muerte que avanza cada día no será, al llevar en su seno el pecado del tabú, un mero desfallecimiento. <<Los países irán cayendo como piezas del dominó>>, se dice. No se desmaya el paciente: el paciente cae fulminado, rueda por el abismo, recuerda los relámpagos del Apocalipsis, se comunica directamente con la Unión Europea, el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.
La Gran Crisis ha ido transmutando su naturaleza y solo conoce como interlocutor a Dios. Una Entidad semejante a ella que si en su majestad divina proclama <<Yo soy el que soy>>, esta Gran Crisis la remeda con su naturaleza hermética, incluso para los especialistas, puesto que su máxima característica es, ante todo, <<ser la que es>>.
Las cosas son así y solo parece que irán a pero como remedio a su empeoramiento. Fin, pues, del combate; fin, pues, del sistema inherente pecador, estructuralmente homicida, peligrosamente incestuoso, peligrosamente tabú.
El capitalismo es el que es y nada sino él es capaz de su avance o su destrucción. El incremento de suicidios en Occidente a lo largo de los últimos cinco años viene a ser una sucesiva muestra de la inmolación del padre ante la familia que no puede sostener, una inmolación del hijo ante el padre que termina de morir, una muerte que se superpone a la vida como una sepultura silenciosa, acorde con la impotencia de todos, sindicatos o movimientos sociales incluidos, manifiestos y 15-M a granel.
A imagen de Dios, el capitalismo maduro ya no habla y su afonía arrasa los empleos y las familias con un silencio que corta el cuello a sus detractores, incapaces de una interlocución. El que habla sucumbe a la voz. ¿No hay nadie ahí?
De una parte las descomunales desigualdades que ha generado el neoliberalismo han postrado en el silencio a los humillados. Les ha privado de cualquier órgano de comunicación potente y ha arrasado su protesta en los tiempos de un capitalismo que tenía ante sí al contrincante marxista. Pero sin discurso marxista no hay discurso capitalista. Ni halla objeto ni tiene función. 
El silencio más vulgar se extiende desde la cima a la base y en dos sentidos distintos. Mientras en la cima del poder el silencio se fortalece y su dureza aumenta, en la base popular el silencio iguala a las maceraciones de la voz amordazada.
No hay estruendo de la guerra, apenas cunde el clamor de las agitaciones populares, no hay el sonar de las sirenas, nada vuelve al silencio ensordecedor. Aquella llama de la revolución de hace apenas una décadas ha devenido en rescoldos de acción.
Creemos todavía en un posible tiempo mejor, nos vemos forzados a esta fe pero nada enciende la fogata que nos oriente. De este modo, el silencio de la menesterosidad se corresponde con el silencio del fuego inverso. Mientras la media hora del silencio divino sería el minutaje necesario para quemar el intervalo entre el Mal y el Bien, el relativo silencio de la población actúa como un luto pesado que vuelve a hundirnos en la lúgubre espera.
¿Cómo no volver los ojos a las últimas palabras del Apocalipsis total? Allí, al fin, Dios hace de Dios y se declara combativamente <<Yo [soy] el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el din>>. <<No habrá allí más noche>>, dice el Señor, hastiado del reino del Diablo. <<No habrá ya noche, ni tendrán necesidad de luz de lámpara ni luz de sol, porque el Señor Dios lucirá sobre ellos y reinará por los siglos de los siglos>>. ¿Una revolución? Dios mismo, por la propensión de las cosas nos promete, sin decir cuándo, el día de la emancipación.

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