Vladimir Nabokov (Lolita)

La puerta del iluminado cuarto de baño estaba entreabierta; además, un esqueleto de luz llegaba de las lámparas exteriores, más allá de las persianas. Esos rayos entrecruzados mitigaban la oscuridad del dormitorio y revelaban esta situación.
Vestida con uno de sus viejos camisones, mi Lolita estaba acostada de lado, de espaldas a mí, en medio de la cama. Su cuerpo apenas velado y sus miembros desnudos formaban una zeta. Se había puesto las dos almohadas bajo la oscura cabeza despeinada; una franja de pálida luz atravesaba sus primeras vértebras.
Me pareció que me desvestía y me ponía el pijama con la misma fantástica celeridad con que realizan esas operaciones, gracias a los fundidos, en las películas. Ya había puesto mi rodilla en el borde de la cama, cuando Lolita volvió la cabeza y me miró a través de las sombras listadas.
Eso era algo que el intruso no esperaba, la treta de las píldoras (cosa bastante sórdida, entre nous soit dit) tenía por objeto producir un sueño profundo, imperturbable, para todo un regimiento... y allí estaba ella, mirándome y llamándome confusamente <<Barbara>>. Y Barbara, vestida con mi pijama -que, por cierto, le iba bastante estrecho-, permaneció inmóvil, en suspenso, sobre la pequeña sonámbula. Suavemente, con un suspiro de resignación, Dolly se volvió y recobró su posición anterior. Durante dos minutos por lo menos, igual que aquel sastre con su paracaídas casero, hace cuarenta años, a punto de arrojarse desde la torre Eiffel. Su débil respiración tenía el ritmo del sueño. Al fin me tendí en mi estrecho margen de cama, tiré con suavidad de las sábanas, hechas un lío al sur de mis pies, fríos como una piedra... y Lolita levantó la cabeza y me miró desconcertada.

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