Juan Manuel de Prada (Lágrimas en la lluvia) Cine y literatura


Habría que empezar a desacreditar el concepto quimérico de <<originalidad>>, impuesto por los románticos (que, con frecuencia, lo confundían con sus delirios y extravagancias) y consagrado histéricamente en esta modernidad nuestra, tan desquiciada y mesiánica, en la que aún creemos que se puede ser novedoso, como si los grandes asuntos y formas del arte no estuvieran ya todos inventados. La única originalidad posible no consiste en la invención de nuevos elementos literarios, sino en la infrecuente combinación de los ya existentes, de tal modo que el escritor halle un vehículo de expresión propio. No bede extrañarnos, pues, que los escritores más intrínsecamente originales, aquéllos que han sabido transmitir a su obra la fisonomía de un genio, hayan recurrido sin rebozo a los maestros que los precedieron, incurriendo en la adaptación, en la ofrenda imitativa, incluso en el plagio. Virgilio, cuyos hexámetros de riguroso mármol luego serían copiados hasta la saciedad, no tuvo reparos en asimilar las enseñanzas de Teócrito en sus Bucólicas, como tampoco en traducir cientos de pasajes de las epopeyas homéricas en su inmarcesible Eneida. Cualquier lector curioso que coteje la Ilíada y la máxima creación virgiliana se tropezará con epítetos y descripciones y aun parlamentos casi exactos: el discuso en el que Turno implora piedad a Eneas, por ejemplo, constituye un plagio sin ambages del que Homero pone en labios de Héctor, en un intento infructuoso de aplacar la cólera de Aquiles. Cuando los maldicientes le recordaban estas apropiaciones, Virgilio los despachaba con un desdeñoso: <<De stercore Enni>>. ¿Y qué podemos decir de Horacio? Sus débitos con Píndalo no empalidecen la vehemencia y concisión y vivacidad de un estilo, como tampoco envilecen a Catulo sus plagios obcecados de Anacreonte.



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