Alfonso Berardinelli (Leer es un riesgo)

Internet no proporciona libertad, no vuelve mejores nuestras vidas ni nuestras mentes. Los geniales y jovencísimos ingenieros-empresarios de Silicon Valley no son Leonardo da Vincis ni benefactores de la humanidad. Hoy estamos todos bajo su control y (por emplear una palabra pasada de moda) estamos todos «manipulados» hasta niveles que ninguna tecnología de la comunicación había logrado jamás.

Es verdaderamente admirable que alguien bien informado como Rampini haya pasado del optimismo al pesimismo  y el escepticismo tecnológico. Lo dice él mismo desde las primeras páginas: antes creía, ahora no; antes estaba enamorado, ahora estoy decepcionado. Vale la pena escuchar sus palabras:

Los grandes amores son peligrosos. Nos reservan decepciones y heridas incurables. Mis últimos viajes a San Francisco me han dejado en la boca un sabor agridulce [...] La riqueza que mana sin cesar desde Silicon Valley se traduce, a su vez, en un frenesí inmobiliario que transforma San Francisco en una ciudad en remodelación perpetua. El capital rebosa por doquier, las excavadoras avanzan, los nuevos rascacielos se alzan a la velocidad con que lo hacen en los países emergentes. Las «burbujas» de la economía, o destrucción creativa, forman parte del DNI californiano desde los tiempos de la fiebre del oro [...] Cuando me fui a vivir ahí hace catorce años estaba en auge otro tipo de fiebre, el boom de internet, la new economy [...] En las puertas de San Francisco, cogiendo la autopista 101, entraba en el ciberuniverso de internet. O también, retrocediendo en el tiempo, volvía a visitar los mitos fundadores de mi juventud: el Free Speech Movement de Berkeley que inauguró las protestas estudiantiles cuatro años antes del Mayo del 68 parisino, el radicalismo pacifista, el Summer of Love musical, las primeras victorias del ecologismo moderno. Pero también la revuelta contra el Estado [...] Hoy llego a San Francisco desde Nueva York. Pero en San Francisco advierto ahora un malestar, una inquietud, debido a la velocidad con la que se consumen las ilusiones, se traicionan los ideales y se subvierten las utopías. En el año 2000 todavía existía una tribu de hackers como los de los orígenes, los que habían soñado con un internet abierto, como bien público; cercados y asediados por colosos que por aquel entonces se llamaban Microsoft, Aol o Yahoo. Después de la antorcha de la innovación pasó a manos de Steve Jobs, con Apple, y de Larry Page y Sergey Brin con Google. De forma más reciente, redes sociales como Facebook y Twitter. Al principio, todos prometen inventar un capitalismo nuevo. Desdeñan el beneficio. Hasta que descubres que están creando una sociedad tan desigual como la del viejo capitalismo neoyorquino. Persiguen los mismos proyectos hegemónicos y monopolistas. Siguen vistiendo como hippies, pero detrás de los rostros de todos esos veinteañeros soñadores se advierte una máquina dispuesta a triturar todo aquello que suponga un obstáculo a sus planes de conquista.

[...] He sabido que también el universo digital tiene ya a su Orwell. Se llama Dave Eggers, y es el autor de la novela El círculo, que Rampini califica como «formidable alegoría orwelliana del nuevo totalitarismo digital, al que se le da muy bien camuflarse detrás de la bandera del Progreso, dispuesto a alienarse con todas las causas nobles para salvar el planeta, pero despiadado a la hora de velar por nuestras almas». 

He aquí que aparece, de manera inesperada, una palabra en desuso: alma. ¿Estamos dotados de alma? ¿Debemos creer en ella? ¿Creemos en ella más allá de cualquier concepción religiosa? Mortal o inmortal, o apenas un poco más longeva que nosotros, el alma se deja ver cada vez que alguien se muestra muy (demasiado) interesado, más interesado que nosotros, en hacer uso de ella: un uso indiscreto e invasivo. ¿La tecnología digital nos hace libres? Divertíos con este juego: probad a prescindir de ella durante una semana, quizá cuando estéis de vacaciones. ¿Lo conseguís? ¿No? ¿Dónde ha terminado vuestra libertad o vuestra alma?

No por casualidad, el convertido al pesimismo —o al realismo— Federico Rampini escribe que el lema «Internet nos hace libres» es el primer artículo de fe o dogma del Nuevo Mundo proyectado en Silicon Valley. Esta religión, como tantas otras, en ciertas circunstancias nos proporciona fuerza y una sensación de dominio que, sin embargo, puede transformarse en algo parecido a un delirio o a un sueño infantil de omnipresencia y omnipotencia. 

Unos extraordinarios efectos psicológicos. Unos extraordinarios efectos sociales. Una vertiginosa multiplicación de deseos y necesidades. Con tal que estos se limiten rigurosamente a los que ofrecen las nuevas máquinas de la comunicación y de la información. Cada vez hay menos cosas y actividades que se conciban sin el uso de estas prótesis técnicas. Por otra parte, ya el cepillo de dientes eléctrico tenía algo de siniestra comicidad: anunciaba el advenimiento de una vida doméstica en la que bastará mirar el frigorífico, con la intención de abrirlo, para que se abra. 

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