Luis Racionero (Ética para Alicia) Filosofía oriental para jóvenes de hoy

Eres lo que piensas. Luego piensa en lo que quieras ser. No te dejes seducir por el canto de sirenas que supone nuestra sociedad de la información.

Lo dijo Buda, en la primera estrofa de Dhammapada: <<Eres lo que piensas, y te has convertido en lo que pensaste. Luego, cuidado con lo que piensas, que es como lo que comes: no te envenenes, ni te indigestes, ni te atragantes, ni toleres mal sabor en tu boca ni podredumbre en el olfato. Así como solo comes lo que se puede incorporar a tu cuerpo y lo hace crecer, piensa solo lo que se pueda incorporar a la personalidad que tú deseas tener. No comas de todo, no pienses cualquier cosa. No hay pensamiento neutro, todos lavan o manchan>>. <<It is all in the mind>>: todo está en la mente.

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La sabiduría consiste en suprimir los deseos que van más allá del punto de saturación de la sensación, cultivar la amistad, disfrutar de placeres que no acarrean pesares, y asistir incluso a los festivales religiosos para recordar y tomar como modelo la perfecta tranquilidad de los dioses. Cuando se vive en ataraxia, la mente colabora en el placer del cuerpo. La mente, por sus capacidades inmateriales, es suprasensorial, y merced a la memoria acumula reservas de placer -recuerdos de buenos momentos y esperanzas de otros- para hacer llevadera la adversidad. 

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De mí sé decir que no comencé a degustar los vinos hasta los dieciocho años, a disfrutar de Mozart hasta los veinte o a gozar del amor un poco más tarde. Los perfumes, en cambio, los capté desde niño. A ser sensual se aprende -como a apreciar la pintura o la música- cuando no se está negado por una implacable carencia cromosómica fundamental, en cuyo caso mejor dedicarse a la literatura.

Me gusta considerar los sentidos como medios de poner el mundo exterior dentro de nosotros; la vista tiene el mayor alcance porque distingue lo lejano; el oído le sigue más despacio, como el trueno al rayo; luego el olfato, que capta a unas docenas de metros; el tacto, que necesita la proximidad del contacto, y finalmente el más íntimo de todos los sentidos, el gusto, que ingiere aquello que desea conocer y lo hace carne de su carne en un canibalismo amoroso. 

Nada más lejos de mi gusto que la vulgaridad con que se persigue la sensualidad en estos tiempos. Acostumbrados a pulsar unos botones, se ha creído que el disfrute llega de fuera a base de cantidad y variación. No es así. Todo es siempre mucho más difícil y complicado. La felicidad es una irradiación de dentro afuera, emanación de energía interior que recubre lo externo y lo hace significativo, útil y deseable. El refinamiento es imprescindible para disfrutar, pero si es enfermizo o exacerbado es tan nocivo como lo glotón o lo vulgar; solo vale el refinamiento sano lleno de vitalidad, con los sentidos limpios, abiertos y claros. Para ser sensual se necesita virtud, en el sentido de energía vital que los hombres del Renacimiento practicaban.

La sensualidad provoca placer. Ante esta palabra se encienden las luces rojas de la <<moral>>, pues en muchas cabezas todavía funciona la errónea oposición entre virtud y placer. Lo contrario de la virtud es el vicio, no el placer. El placer es una experiencia de asentimiento a nosotros mismos, una afirmación a nuestra presencia en el mundo. El vicio es lo contrario de lo que nos corresponde. Virtud y vicio provienen de la misma fuente, que es la afirmación de la vida, pero llegan a resultados distintos.

El placer viene precedido por el dolor, así se da la satisfacción de beber cuando se tiene sed. El dolor nos pone en marcha para buscar lo que <<vale la pena>>, el dolor acicatea y el placer es la recompensa. Al final del placer hay contento de sí e inactividad, y por eso la única manera de prolongar el placer es pensar sobre él, es decir, representarlo; de ahí la enorme importancia de la inteligencia y la memoria en el ejercicio de la sensualidad, y de ahí la literatura. Quien crea que la sensualidad es solo cosa de los sentidos, jamás prolongará los placeres.

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Los arquetipos son el destilado de muchas situaciones humanas repetidas. El hijo enamorado de la madre no es actual. Actual es la exageración, las madres están enamoradas del hijo, dejan al marido y se van a vivir juntos; la cosa viene de lejos. Por ejemplo, en la montaña de Montserrat hay una estatua de una madre con el niño. A veces pienso que el niño podría estar con su padre, con su abuelo o con su tío, pero no, está con su madre, y todos a adorar a la madre y al niño. Este es un arquetipo muy potente, y últimamente está desatado.

Sigfrido es el arquetipo del guerrero que se hace forjar la espada y mata al dragón, como san Jorge. Esto son los arquetipos. La importancia de los arquetipos la advirtió Jung, antes de la Segunda Guerra Mundial, en un artículo que se titulaba <<Wotan>>: <<Cuidado, los alemanes están despertando el arquetipo del dios de la tempestad, que es Wotan>>. Y como el subconsciente colectivo alemán no es el mismo que, por ejemplo, el subconsciente colectivo mallorquín, donde hay ensaimadas y olivas, de él salen cosas terroríficas, como se vio.

Gustave Le Bon escribió en La psicología e las masas: <<A las masas no hay que explicarles nada y, sobre todo, no hay que darles argumentos. Cuando usted quiere que le voten para ganar unas elecciones, no les explique programas no les dé argumentos, lance eslóganes>>. <<El Barça és el millor club del món>>. <<España va bien>>. O <<Váyase usted>>. O <<Si tu no vas, ellos vuelven>>. Esto es lo máximo que se llega a argumentar con las masas. Para comunicar con ellas y llevarlas por donde el político quiere, lo más práctico es arrojarle arquetipos, mostrarles símbolos. Recuerda la parafernalia que montaron los nazis en las ceremonias de Núremberg, que eran como misas negras para despertar los arquetipos del subconsciente colectivo al proyectar sobre la gente imágenes, el procesamiento de las cuales no es racional, es irracional, despierta automáticamente una emoción interior. Los arquetipos provocan en nosotros una reacción interior. Dice Jung que los arquetipos son los instintos de la imaginación. O sea, de la misma manera que al quemarnos quitamos la mano instintivamente, nuestra psique también reacciona por instinto ante los arquetipos. Estos no nos queman como el fuego pero producen en nuestra mente una descarga psíquica de la que no somos conscientes, una energía psíquica instintiva que es emoción o pasión, o terror, entusiasmo, miedo, repugnancia, pero es una emoción, y la emoción es irracional. Y con esos arquetipos se puede guiar a todo un pueblo para inducirles a perpetrar toda clase de disparates o a crear toda clase de maravillas, porque los arquetipos buenos llevan a la gente a los lados buenos. La importancia de la mitología radica en que los símbolos y rituales de los que no somos conscientes pero que se encuentran anclados con fuerza en nuestro inconsciente colectivo, en nuestras costumbres más atávicas, nos induce, a comportamientos colectivos irracionales. 

El mito es una historia fundacional. El mito del pecado original, Adán y Eva están en el Paraíso, pecan y Dios los echa. De ahí sale una religión. Diferentes grupos humanos tienen diferentes mitos que explican su origen y adónde van. El ritual es una serie de acciones que se celebran en ciertos sitios que se han declarado sagrados, para conseguir ciertos efectos.

Los campesinos son gente muy práctica, y no hacen nada que no sea práctico. Todos esos rituales que han quedado de tiempos primitivos y que los orgullosos académicos de hoy consideran supersticiones carentes de sentido son actos que en su día fueron absolutamente prácticos. Todos los gestos que hacen los campesinos son para algo; si no, no los harían. Que no sepamos cómo hacerlo o para qué se hacían es nuestro problema, no el de ellos. Normalmente, todo lo que ha hecho la humanidad ha sido con una utilidad, y si no funcionaba lo dejaban. Creer que nosotros somos más listos que los campesinos neolíticos es una de las estupideces en las que estamos inmersos por no viajar, por no leer, por no saber nada y por no molestarnos en hablar con un pastor.

Pero estos rituales se hacían con fines muy precisos. Que luego se hayan quedado vacíos de contenido, como la misa, no quiere decir que antes no lo tuvieran. Si en vez de las hostias consagradas dieran raciones de LSD otro gallo les cantaría y tendrían las iglesias llenas, pero como se han olvidado de lo que tenían que hacer y para lo que estaban, así les va. Ya aparecerá, supongo yo, en el futuro algún tipo de ritual como los misterios de Eleusis, en Grecia, que servían para transformar la vida de la persona a base de proporcionarle otra visión del mundo, de enseñarle otras realidades, cosa que habían hecho los chamanes en todas las épocas, porque ese es un sacerdote: un chamán. Ahí empezaron y ahí es donde se tendrían que quedar en cualesquiera formas que adoptaran, pero transformando a las personas con algo tangible, no con mera palabrería.

Según Campbell, la mitología tiene tres usos fundamentales: ayudar a la persona a conocerse, ayudar a la persona a entrar en la sociedad, y ayudar a la persona a conectar con el cosmos. Esto se lograba por medio de rituales, trances y sustancias psicodélicas, que se administraban durante las celebraciones.

Según él, la estructura mítica de la sociedad actual ya no sirve para ayudar al desarrollo psicológico de los individuos, porque estamos funcionando con la mitología de hace tres mil años, una mitología basada en la Biblia judía elaborada por los sumerios y copiada por un pueblo de pastores nómadas que erraban por Palestina. Nada que ver con Nueva York ni con Ibiza.

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