Ernst Fischer (La necesidad del arte)

LA DESHUMANIZACIÓN

La deshumanización en todas sus formas es otro elemento del arte burgués contemporáneo. Calificar este arte de antihumano no es, en modo alguno, un prejuicio marxista; los teorizadores del arte opuestos al marxismo dicen exactamente lo mismo y, a menudo, aplauden esta deshumanización como una cualidad y un signo de progreso. André Malraux escribe:

             [...] se diría que si, para resucitar, un arte no debe imponernos la idea de civilización es, ante todo, porque es necesario que el humanismo esté excluido de él [...]. Las artes humanas eran un adorno de su civilización; la aparición de las artes no humanas ha contribuido a hacer del arte un dominio específico y une tanto más a los artistas cuanto más les aísla de la cultura (y de la sociedad) de su época.

Esta declaración equivale a redondear la alineación del artista y su alejamiento de la sociedad y del humanismo, pero no con alarma sino casi con satisfacción. Las ideas del Renacimiento y de la revolución democrático-burguesa -razón y humanismo, el hombre como <<medida de todas las cosas>>, como creador de sí mismo y de una sociedad en desarrollo- son rechazadas con repugnancia. Malraux habla del <<retorno de los demonios>> y añade:

                       El demonio demoníaco es el de todo lo que en el hombre aspira a destruir. El demonio de la Iglesia, el de Freud y el de Bikini tienen el mismo rostro. Cuantos más demonios nuevos aparecen en Europa, más el arte de ésta vuelve a encontrar sus antepasados en las culturas que habían conocido los antiguos [...] Agachados como Parcas en sus museos en llamas, los fetiches proféticos contemplan las ciudades de un Occidente fraterno, mezclado sus últimos y tenues humos con los de los hornos crematorios [...].

En el mundo alineado en el que sólo tienen valor las cosas, el hombre se ha convertido en un objeto más entre los objetos: de hecho es, aparentemente, el más impotente, el más despreciable de los objetos. Con el impresionismo, el ser humano se disolvía ya en la luz y color y era tratado como un fenómeno natural más, parecido en todo a los restantes. << El hombre no debe estar presente>>, dijo Cézanne. El hombre se esfuma cada vez más, se convierte en una mancha de color entre otras y desaparece de los paisajes solitarios y de las calles desiertas. O bien se le deforma, no extáticamente, como el arte gótico (del que deriva en parte el impresionismo), sino como un mecanismo que puede desmantelarse, un muñeco parecido a las obras de la técnica, una cosa absurda y demoníaca. El hombre, alienado de sí mismo, toma conciencia de su propio ser como un fetiche, una máscara, un espectro. El <<carácter fetichista de la mercancía>> de que habló Marx se ha transferido al hombre y ha tomado plena posesión de él.
         
La deshuminación es también visible en la despersonalización que muchos críticos destacan como rasgo fundamental de la moderna poesía lírica. El sujeto -la personalidad del poeta- se retira de la escena (recordemos que esta retirada fue elevada por Flaubert a la categoría de principio) y el poeta adquiere un carácter impersonal, aparentemente <<objetivo>>. Pero esa objetividad no es la de la obra en que el colectivo social, el grupo o la clase encuentran expresión; y el poeta no se siente instrumento de una comunidad viva. Al contrario, inventa un <<yo>> fuera del alcance de la conciencia, un <<id>> como Freud lo denominó; y este <<id>>, enraizado en un pasado arcaico o mítico, se convierte en el agente de lo que el poema revela. Se atribuye a Rimbaud la siguiente frase: <<Mi superioridad consiste en que no tengo corazón>>. Y el mismo Rimbaud dijo sobre la poesía:

                       Yo es un otro. Si el cobre se convierte en clarín, no es por culpa suya. Esto me parece evidente: he asistido a la eclosión de mi pensamiento: la contemplo, la escucho, doy un golpe con el arco: la sinfonía bulle en las profundidades o salta súbitamente a la escena [...] Es falso decir: yo pienso. Se debería decir: me piensan.

LA HUIDA DE LA SOCIEDAD

El tema de la huida reaparece constantemente en este proceso de desocialización del arte y la literatura. Es el tema del abandono de una sociedad que se considera catastrófica, para alcanzar un supuesto estado de ser <<puro>> o <<desnudo>>. Cuando Gertrude Stein repite <<una rosa es una rosa es una rosa es una rosa>>, con una monótona letanía mágica, la intención es precisamente ésta: persuadirnos de que debemos permanecer al margen de todas las formas de realidad social, disolver todas las conexiones, concentrarnos en un solo objeto mágicamente transformado en una <<cosa-en-sí>>. Ernest Hemingway, discípulo de Gestrude Stein, revela la técnica de esta huida de la realidad con especial claridad en las quince narraciones de juventud incluidas en el volumen In Our Time. Entre las diversas narraciones intercala breves párrafos de nuestra época -guerra, asesinatos, torturas, sangre, terror, crueldad, todo lo que los oscurantistas modernos intentan apartare diciendo que <<la historia no tiene sentido>>; las narraciones consisten en una serie de incidentes aparentemente sin importancia sin contenido, que ocurren al margen de los que realmente mueve el mundo; al mismo tiempo, este <<al margen>>, este <<más allá>> se considera la única existencia real. Una de las narraciones, de gran contenido poético, presenta al personaje, Nick, plantando su tienda de campaña, solo en la noche:
                 
                       Arregló su campamento. Ya estaba instalado. Quedaba lejos de todo. Era un buen sitio para acampar. Había encontrado el lugar preciso. Allí estaba su hogar [...] Afuera estaba muy oscuro, había más luz en la tienda.

En cierto sentido, es lo mismo que, <<una rosa es una rosa es una rosa>>. Refleja la filosofía del hombre que huye de la sociedad. Enciérrate en tu tienda de campaña, lejos del mundo. Ninguna otra salida vale la pena. El mundo es oscuro. Entra en la tienda. Hay más luz dentro. 

La actitud de Hemingway es una expresión típica de un estado de ánimo muy extendido en el mundo burgués moderno. Millones de personas, jóvenes especialmente, intentan escapar a sus empleos insatisfactorios, a sus vidas vacías, a un aburrimiento proféticamente analizado por Baudelaire, a todas las obligaciones e ideologías sociales lejos, muy lejos, tripulando motos ruidosas, intoxicadas por una velocidad que consume todos los sentimientos, todas las ideas, lejos de su propio yo, al llegar el domingo o las vacaciones, los días en que se concentra todo el sentido de la vida. Como empujadas por un desastre próximo, como si sintiesen la llegada de una inminente tempestad, generaciones enteras del mundo capitalista huyen de sí mismas para plantar, en medio de lo desconocido, una leve tienda de campaña donde habrá más luz que en la oscuridad exterior.

Lo que más virulencia da a los problemas de la desocialización y de la deshumanización de las artes es la aparición de una colosal industria de las diversiones, con vastas masas de consumidores de arte, gracias al perfeccionamiento de la técnicas de la reproducción mecánica, iniciadas con la fotografía y los discos. El carácter bárbaro, el contenido antihumanista y el brutal sensacionalismo de muchos objetos artísticos fabricados para el consumo en masa en régimen capitalista son lo suficientemente conocidos; analizar estos productos y sus efectos exigiría todo un libro. Quiero, únicamente, poner de relieve dos puntos: primero, que los escritores y los artistas de categoría crean a menudo los modelos que la industria del arte imitará más tarde, con una ejecución más tosca y barata -es, por así decirlo, como una baute couture del antihumanismo que influye en la producción en masa. En segundo lugar, un arte que ignore arrogantemente las necesidades de las masas y se alabe de ser comprendido únicamente por una selecta minoría abre de par en par las compuertas a todas las inmundicias producidas por la industria de la diversión. Cuanto más se alejan de la sociedad los artistas y los escritores, más escombros se vierten sobre el público. El <<nuevo brutalismo>> tan ensalzado por ciertos estetas como una admirable cualidad del arte moderno es, de hecho, un producto comercial del mundo burgués contemporáneo, un producto de libre circulación. 

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