Javier Sádaba (Ética erótica) Una manera diferente de sentir

[...] Lo que sigue ahora es probable que no sea tan compartido como lo anterior y en este sentido comprometemos nuestra opinión a riesgo de encontrar oposición o censura. Empecemos por los deseos imposibles. Y Aristóteles anunció, y desaprobó, que deseemos lo imposible, por ejemplo, la inmortalidad. Habrá quien no esté de acuerdo y crea que se trata de un deseo al alcance de los humanos. Personalmente pienso que no hay deseo alguno de inmortalidad, a lo sumo de no mortalidad que no es lo mismo. Pero si dejamos los problemas que podrían causarnos la inmortalidad es fácil llegar al acuerdo de que podemos desear ser mortales e inmortales al mismo tiempo. O que sería improbabilísimo que se cumpliera nuestro deseo de ir a la luna poniéndonos uno encima del otro. Por mi parte y admitiendo que no deberíamos confundir el sueño con la realidad, se ha achicado tanto el campo de lo posible y se ha asustado tanto con las desmesuras de querer lo imposible que todo un arco de posibilidades a nuestra disposición ha quedado anulado. No tendríamos que desear, sin más, lo imposible, pero tendríamos que saber que los límites de lo posible nos los están marcando con rasgos que anulan lo mucho que podríamos hacer. Por otro lado, tenemos ejemplos de sobra en la historia que han mostrado el rotundo fracaso en el que se convierte una utopía en donde los deseos se toman dogmáticamente, es decir, cuando se trata de lograr algo contra toda evidencia, solo con el impulso del deseo. Al final lo único que se obtiene es o bien la decepción o la locura de acomodar la realidad al indomable deseo. Eso es verdad, pero es solo un parte de la verdad. Porque como escribió el marxista cálido Ernst Bloch, <<el asunto principal de la utopía es el presente>>. Sin duda. Primero porque, por mucho que sea mi respeto con las generaciones futuras y sus hipotéticos derechos, cuando estén en ellas no estoy yo. Y, como observaba Schopenhauer, cuando muero yo, en cierta manera, muere el mundo entero. Soy soy quien desea, con todas sus fuerzas, vivir aquello que anhela. No se trata de egoísmo feo. Se trata de constara algo que parece irrefutable, se mire por donde se mire. Pero es que, además, no hay que fiar las cosas a muy largo plazo. Esa idea de un futuro que nos aguarda como promesa cumplida es herencia de un parte de la religión que, en vez de ayudar, aliena. Tenemos ya los mimbres para hacer la cesta que deseamos. Es cuestión de ponerse a la tarea de intentar que ahora se cumpla todo aquello que satisfaga muchas, si no todas, de nuestras posibilidades. Y, finalmente, no siempre la voluntad ha de doblegar los deseos. Cierto es que los humanos, que no los animales no humanos, debemos construir un carácter lo suficientemente acerado para no ser zarandeados por cualquiera de los muchos deseos que nacen de los insaciables impulsos. Pero esa voluntad no tiene por qué triturar los deseos. También una infausta tradición nos ha inculcado la falsa idea de que el dominio por el dominio es una virtud. Y no es verdad. El ideal consistiría en hacer que deseos y voluntad se combinen, cabalguen juntos. El filósofo Kant, quién lo diría, dio una definición de felicidad según la cual tal felicidad consistiría en que todo discurriera según nuestros deseos y según nuestra voluntad. Esto es dar en la diana. A cada uno, lo suyo. Dicha combinación, es un arte, exige habilidad y mucho conocimiento de las posibilidades que están en nuestro poder. 

Para acabar con los deseos, digamos que es necesario tener en cuenta que estos apuntan a objetivos en los que nos va la vida. Son como una flecha que apunta a un blanco que no debemos pasar por alto. No debemos fallar. Los budistas pensaban que lo mejor era matarlos porque, según ellos, nos engañan, nos desvían de la verdadera paz. Los taoístas, más realistas, pensaron que lo mejor era domarlos, moderarlos. Nosotros, sin renunciar a ese trozo de idealismo que nos eleva por encima de lo más rastrero, vamos a hacer que los deseos nos guíen en una ética erótica; es decir, vamos a entrar, de la mano de los de los deseos tal y como los hemos contemplado, en campos que nos servirán para mostrar el erotismo en cuestión pensando siempre que no tenemos que aceptar limitaciones o barreras injustificable. Sobre todo, si se hace en nombre de la ética. La sensibilidad, la imaginación, la sexualidad y el humor estarían volcados en la ética de la que estamos hablando. Ahí queremos que florezcan las posibilidades que son constitutivas de los seres humanos, una vez que nos encontramos en el tantas veces mentado reino de la cultura.

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[...] Las ciudades no existen para ser pintadas o poéticamente cantadas. Existen para nosotros, los ciudadanos. Recorrer la configuración de lo que es un ciudadano sería también de interés, pero nos limitaremos a decir dos palabras al respecto. En el terreno que nos está más cercano, el filosófico, en el siglo XVIII y de la mano del también médico John Locke, se afirma que ciudadano es quien posee libertades y derechos. Se trata de una libertad abstracta que pronto será puesta en tela de juicio tachada de burguesa por los movimientos revolucionarios que pronto habrían de nacer. Por su parte, la Revolución francesa, con la destrucción del Antiguo Régimen y su proclamación de la igualdad, libertad y fraternidad, eliminan, al menos teóricamente, la sumisión del súbdito para elevar, como soberano, al ciudadano. En la actualidad y desde un punto de vista de una filosofía política que no esté anclada en un pasado muerto o en unos descarados intereses de clase, el ciudadano ha de moverse entre normas justas, con igualdad básica y capacidad para vivir su especificidad cultural; y, aspecto decisivo, sin dimitir nunca de su soberanía. A algunos la palabra no les gusta, bien porque suena a algo añejo o porque otorga excesivo poder a los individuos. Pero nada habría que objetar al término si lo que entendemos es el hecho, sencillo, de enunciar, aunque raramente aplicable, que todo el poder político reside en nosotros y que las instituciones en las que se sustenta el Estado no son, como lo remachamos en la introducción, más que <<recadistas>> nuestros. O, si se quiere usar una expresión no tan gráfica y algo más refinada, delegados; delegados de nuestra libertad. Lo malo del caso es que en nuestros días la delegación suele transformarse en un cheque en blanco, algo que debería preocupar a aquellos que se lanzan a votar como si de esta manera determinaran inexorablemente el curso de su voto. Eso supone que, si se desea ser ciudadano de verdad, no solo se debe ser consciente del poder que se posee sino vivir con los otros y, cuando sea necesario, contra los otros; es decir, en comunidad para alcanzar bienes que nos son necesarios para vivir con la calidad que esté a la altura de nuestras posibilidades y oponiéndonos a los que impiden que eso ocurra. Todo ello, conviene recordarlo una y otra vez, supondría una pedagogía que rompa los lazos, con fuerza o sutiles, de los que siempre quieren mandar y posibilite el real ejercicio de la libertad. Con los defectos que nos son inherentes, pero siempre es mejor confundirse solos que ser engañados y, encima, pidiendo recompensa. Como más adelante diremos, una sociedad a la que se le arrebata el cuerpo y el alma pierde erotismo. Y en consecuencia necesita una recuperación de sus deseos reprimidos, una auténtica erotización.

* Javier Sábada (La religión al descubierto)

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