Tony Judt (El peso de la responsabilidad)

Hasta ahora, he presentado la relación de Camus con su tiempo y lugar en términos bastante disyuntivos. Que no era un filósofo lo han dejado claro otros. Que no era un <<intelectual público>>, en el sentido establecido, era algo a cuya conclusión había llegado él mismo. De su falta de idoneidad para cualquier bando político, y de la sumamente politizada atmósfera de la Francia de la posguerra, sus escritos ofrecen copioso testimonio. De su añoranza del territorio familiar de Argel y de su duradera sensación de desplazamiento en Paría tenemos amplias pruebas. Estas son todas las cosas -filósofo, intelectual comprometido, parisino- que Camus no era. Pero, con toda seguridad, y a pesar de sus recelos sobre la idea, sí era un moralista.

Esto requiere cierta explicación. Hay una larga historia de moralistes en Francia, que hace de ellos una categoría distinta en la vida pública y en las letras de Francia. En términos, que se han venido aplicando durante los tres siglos pasados a teólogos, filósofos, ensayistas, políticos, novelistas y ocasionalmente a profesores, carece de las subyacentes connotaciones peyorativas y pedantes normalmente presentes en su utilización en inglés, como sucede en to moraliza. Un <<moralista>> en Francia ha sido característicamente un hombre cuyo distanciamiento del mundo de la influencia o del poder le permite reflexionar desinteresadamente sobre la condición humana, sus ironías y verdades, de un modo que le otorga (por lo general con carácter póstumo) una especial autoridad, del tipo comúnmente reservado en las comunidades religiosas a extraordinarios <<hombres de hábito>>. En otros tiempos y lugares el término secular empleado era el de soothsayer, cuya etimología captura parte del caso: en Francia, un moralista era alguien que decía la verdad. 

Pero había en ello más que el simple hecho de decir la verdad. Raymond Aron, después de todo, decía la verdad y era debidamente impopular, pero eso no hacía de él un moralista. Parece haber sido un rasgo importante de los verdaderos moralistas no solo que fueran capaces de hacer que otros se sintieran incómodos, sino que también causaran en ellos mismos al menos igual intranquilidad. El tipo de egocéntrica incomodidad que es audible en los escritos de Rousseau, por ejemplo, es el de un moralista. Ser un moralista era llevar una vida intranquila, que es precisamente lo que distinguía a un moralista de un intelectual, cuya angustia pública sobre asuntos de ética o de política normalmente acompañaba a una conciencia privada tranquila y confiada.

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¿ No creéis que somos todos responsables de la ausencia de valores? ¿Y si nosotros, que venimos todos del "nietzscheanismo", el nihilismo y el realismo histórico, anunciáramos públicamente que estamos equivocados; que los valores morales existen y que por lo tanto haremos lo que tenga que hacerse para establecerlos e ilustrarlos? ¿No creéis que eso podría ser el comienzo de la esperanza?

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Raymond Aron fue uno de los primeros de su generación en comprender la realidad de la política posterior a la Segunda Guerra Mundial: que los conflictos domésticos y los exteriores estaban ahora entrelazados y que, por tanto, la tradicional distinción entre política exterior y política doméstica había desaparecido: <<Lo cierto es que en nuestro tiempo, tanto para los individuos como para las naciones, la opción que determina las demás tiene un carácter global, es prácticamente una opción geográfica. Uno está o bien en el universo de los países libres o bien en el de los países situados bajo el duro régimen soviético. De ahora en adelante todos en Francia tendrán que hacer su elección>>. En los últimos años cuarenta, Aron ofreció una explicación <<de dos pistas>> sobre la estrategia internacional soviética que se convertiría en un saber convencional en los años setenta pero que entonces resultaba original y provocativa. De acuerdo con sus análisis había una continuidad fundamental en los objetivos soviéticos, pero estos podían o bien buscarse mediante la táctica de alianza -como en la época del Frente Popular, o durante un breve periodo después de la derrota de Hitler- o bien mediante actitudes de confrontación en momentos oportunos y en lugares vulnerables.

La conclusión de que el estado de Stalin estaba gobernado por hombres que pensaban en términos de un cínico arte de gobernar y de objetivos ideológicos no era de hecho ofensiva para los comunistas -aunque difícilmente pudieran admitirlo-. Pero era profundamente hiriente para las ilusiones de los compañeros de viaje intelectuales de izquierda neutralistas, como Claude Bourdet o Jean -Marie Domenach; la facilidad con la que Aron pinchó las burbujas de sus fantasías internacionalistas y su habilidad para relacionar las prácticas domésticas de los comunistas franceses con una más amplia estrategia soviética ofendió profundamente las sensibilidades de esos hombres y contribuyó poderosamente a su enemistad hacía él de por vida.

Hoy es difícil recordar el ambiente maniqueo de esos primeros años de la Guerra Fría. Para la bien pensante intelectualidad de izquierdas, cualquiera que no simpatizase con los comunistas franceses y la Unión Soviética, que no estuviera dispuesto a darles el beneficio de toda duda, de atribuirles toda buena intención, tenía que ser un deliberado agente de Estados Unidos, un activo abogado de la confrontación e incluso de la guerra. En realidad Aron era sorprendentemente moderado, no muy diferente a George en años posteriores. Mantenía la opinión de que la Unión Soviética nunca llevaría deliberadamente al mundo al borde de la guerra, prefiriendo alcanzar sus objetivos mediante sutiles presiones, de ahí los estilos alternos de acuerdos y confrontación.

Por esa razón, Aron, como el secretario de Exteriores británico de la posguerra Ernest Bevin, vio la construcción de la Alianza Occidental como un movimiento político, e incluso psicológico, más que militar -diseñado para tranquilizar a Europa occidental y haciéndola en consecuencia menos vulnerable a la presión comunista interna y externa-. En estas circunstancias, como Aron puso acertadamente de manifiesto en un artículo de septiembre de 1947, la paz tal vez fuera imposible, pero la guerra era imposible.

Tony Judt (Algo va mal)

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