Gilles Dauvé y Karl Nesic (Más allá de la democracia)

Incluso en países inmersos en debates cada vez más mitigados, nada excluye la posibilidad de una deriva hacia regímenes dictatoriales en mayor o menor grado, pero esos regímenes serían tan diferentes del totalitarismo nazi como este mismo difería de la masacre de los communards. Tras asegurarse un control sin precedentes sobre el hombre común, el Estado moderno domina lo esencial y deja un espacio inofensivo para la libertad de expresión y, dentro de ciertos límites, de asociación. Ya no se trata, como hacia Mussolini o Hitler, de instaurar un estado de excepción permanente, de prohibir toda crítica, sino solo sus desbordamientos. Los Estados Unidos de después de septiembre de 2001 definen mejor que la Alemania nazi los trazos de las futuras dictaduras contemporáneas. El despotismo legal es terrible, lo sabemos desde hace dos siglos. Mientras se asegure el dominio del ámbito social, la democracia no tiene necesidad de ocupar la totalidad del terreno político, y no tiene problema en acomodar a una oposición neutralizada. Golpea, da miedo, y ahí se detiene. No vive en estado de sitio, sino de disponibilidad, de una capacidad de reacción brutal si llega a ser necesario, pero siempre gradual. En los países más industrializados, la dictadura, donde se acabe imponiendo, tendrá cuidado de no eliminar el juego democrático. No solo pondrá la asistencia social al servicio del control social, reduciendo la diferencia entre un maestro, un educador, un mediador, un policia de proximidad, un juez e incluso un militante asociativo, todos convertidos en <<agentes de seguridad>>, sino que conservará formas de consulta popular de las que el fascismo no mantuvo casi nada, y que el estalinismo convirtió en una farsa.

Incluso el estado de derecho más tolerante recoge en la ley la posibilidad de suspender los derechos democráticos en el interés superior de la democracia. En caso de peligro para el orden público, la policía y los jueces harán el uso más extenso del arsenal represivo existentes. Si la ley no es suficiente, habrá decretos para completarla, y si es necesario se irá incluso más allá.

El Estado fuerte ha madurado mucho desde 1914. En caso de crisis, le bastará con desarrollar en el interior del país potencialidades que hoy solo utiliza contra sus enemigos externos, y que revelan periódicamente una desmesura policial inscrita en la lógica de la propia institución: no fue una policía fascista quien se entregó de pleno a la masacre de octubre del 61 en París, ni a las palizas de Génova 2001.

En 1968, De Gaulle no habría enviado directamente los tanques contra las multitudes de estudiantes. Si la huelga se hubiera prolongado y radicalizado, se habría encomendado al ejército la misión de garantizar los servicios públicos y, en nombre del interés general de todos, los militares habrían ocupado los centros de distribución, los depósitos y estaciones de ferrocarril, los aeropuertos, las centrales eléctricas, algunas empresas clave, y la calle, para meter presión, para separar a los contestatarios de la mayoría respetuosa del orden sindical. Entonces, solamente entonces y solo si hubiera sido necesario, el Estado habría agolpado a los izquierdistas en en estadio, como pasó en Santiago en el año 1973. En Chile y Uruguay, los militares llevaron a cabo detenciones en masa una vez derrotadas las luchas sociales, gastadas por la democracia y las fuerzas de la izquierda.

Hobbes escribió hace tres siglos: Cuanto más nos protege un poder contra las injusticias y los abusos, más vulnerables somos ante la fuerza de ese poder. El Estado me defiende de mí mismo. Al preguntarse en 1849 <<Qué especie de despotismo debemos tener>>, Tocqueville dice temer menos a los tiranos que a los "tutores", que disponen de medios de vigilancia y presión sin igual en las tiranías pasadas. Aquel que se da derechos que puede y quiere defender por medio de la acción colectiva ha hado un paso hacia la libertad. Pero aquel al que protege una autoridad superior no es libre.

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Todo sistema político necesita enemigos, pero la democracia los necesita más que ningún otro. Indisolublemente ligada a la idea de progreso, la democracia se presenta, y en cierta medida vive realmente, en un estado de mejora continua. Para eso hacen falta estimulantes, a veces incluso repelentes, ya sean perfectamente creíbles (Hitler) o lo sean muy poco (Le Pen).

Forma política ideal del capitalismo, la democracia ejerce un imperio inevitable sobre el espíritu público, incluso entre los proletarios. La crítica de la democracia, como la crítica del asalariado (una no puede ir sin la otra) supone (y supondrá) luchas que permitan ver en ella algo más que insuficiencias.

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