Christopher Morley (La librería encantada)

La tienda tenía una cálida y confortable oscuridad, una especie de suave penumbra interrumpida aquí y allá por conos de luz amarillenta proveniente de bombillas eléctricas cubiertas con pantallas verdes. Había una omnipresente nube de humo que se retorcía y dilataba al pie de las lámparas de cristal. Al pasar por un estrecho corredor entre los dos salones, el visitante notó que algunos de los compartimentos se hallaban totalmente a oscuras; en otros rincones donde sí había lámparas vio mesas y algunas sillas. En una esquina, bajo un letrero que decía ENSAYO, un caballero ya mayor, iluminado por el suave brillo de una bombilla eléctrica y con una expresión de éxtasis y fanatismo dibujada en el rostro, leía. Pero no había ni una sola bocanada de humo a su alrededor, así que el recién llegado concluyó que no se trataba del propietario.

A medida que el joven se acercaba a la trastienda, el efecto general que le producía aquel lugar se hacía más y más fantástico. En algún tejado remoto se escuchaba el tamborileo de la lluvia. Por lo demás, el silencio era total, habitado solamente (o eso parecía al menos) por las obsesivas espirales de humo y el animado perfil del lector de ensayos. Aquello parecía un templo secreto, un lugar destinado a extraños rituales. La garganta del joven parecía constreñida por la mezcla de agitación y tabaco. Sobre su cabeza se alzaban las torres de estanterías. Vio una mesa con un rollo de papel amarillento y una cinta, con lo que evidentemente se envolvían los libros. Pero no había señales del dependiente.

<<En efecto, este lugar podría estar encantado quizás por el encantador espíritu de Sir Walter Raleigh, patrono de los fumadores, pero no por la presencia de sus propietarios, según parece>>, pensó.

Mientras buscaba entre los rincones vaporosos y azules de la tienda, sus ojos repararon en un círculo lustroso que emitía un extraño brillo, similar al de un huevo. Era algo redondo y blanco que brillaba bajo el resplandor de una lámpara colgante, una isla resplandeciente en medio de aquel turbio océano de humo. El joven se acercó y descubrió que se trataba de una cabeza calva.

Aquella cabeza, comprendió entonces, era el remate de un hombre bajito y de ojos penetrantes, bien recostado sobre el respaldo de una silla giratoria, en una esquina que parecía ser el centro neurálgico de aquel establecimiento. El enorme escritorio estaba cubierto por montículos de libros de todas clases, junto a latas de tabaco, recortes de periódicos y cartas. Una vieja máquina de escribir, que tenía un cierto aire de clavicordio, se hallaba medio enterrada bajo las hojas de un manuscrito. El hombrecito calvo fumaba su pipa y leía un libro de cocina.

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<<Si duda alguna, tener una libreria de segunda mano es una labor muy, humilde, pero, al menos en mi imaginación, he conseguido mezclarla con una pizca de gloria. Verá usted, los libros contienen los pensamientos y los sueños de los hombres, sus esperanzas y empresas, y sus personajes inmortales. Es en los libros donde casi todos aprendemos lo increíblemente valiosa que es la vida. Yo nunca me había dado cuenta de la grandeza del espíritu humano, de la magnificencia indomable del espíritu hasta que leí la Areopagística de Milton. Leer ese formidable estallido de cólera ennoblece hasta al más vil de los seres humanos, simplemente porque pertenecemos todos a la misma especie animal que Milton. Los libros son la inmortalidad de la raza, el padre y la madre de casi todo lo que vale la pena ensalzar en nuestros corazones. ¿Acaso divulgar los buenos libros, sembrarlos en las mentes más fértiles, propagar el entendimiento y el cuidado de la vida y la belleza no es una tarea lo suficientemente elevada para un hombre? El librero es el auténtico hombre valeroso que lucha por la verdad.>> Luego prosiguió. <<Ésta es mi sección de libros de guerra. Aquí conservo casi todos los libros realmente buenos que la guerra ha dado a luz. Si la humanidad es lo suficientemente sensata como para memorizar las enseñanzas de estos libros, nunca más volverá a caer en el desastre. La tinta de la imprenta libra una batalla contra la pólvora desde hace muchos, muchos años. La tinta corre con cierta desventaja, porque es posible hacer volar en pedazos a un hombre con pólvora en medio segundo; en cambio para hacer volar con un libro hacen falta veinte años. Y pese a ello, la pólvora se destruye a sí misma con su víctima, mientras que el libro puede seguir explotándose durante siglos. Ahí está Dinastías de Hardy, por ejemplo. Leer ese libro te vuelve la cabeza. Te deja boquiabierto, enfermo, mareado. Oh, ¿no es placentero sentir cómo se infiltra un intelecto realmente puro en nuestra mente? ¡Duele! Hay suficiente TNT en ese libro para erradicar la guerra de la faz de la tierra. Lo malo es que la mecha es demasiado larga. Todavía no ha explotado de veras. Quizás no explote hasta dentro de cincuenta años más.

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