William Morris (La era del sucedáneo) y otros ensayos contra la civilización moderna


LA ERA DEL SUCEDÁNEO
(Conferencia pronunciada el 18 de noviembre de 1894 en el New Islington Hall, en el popular barrio de Ancoats, Mánchester)

ASÍ COMO OTRAS ÉPOCAS se conocen con el nombre de Era del Conocimiento, de la Caballería, de la Fe, etc., la nuestra puede llamarse Era del Sucedáneo. En otros momentos de la historia del mundo, si no podía poseer un objeto en particular, la gente se las arreglaba sin él y eso era todo. Es más, casi nunca era consciente de la ausencia de ese objeto. Pero hoy estamos tan bien informados que sabemos que existen muchísimas cosas que deberíamos poseer y no poseemos, y como no nos apetece aceptar su simple carencia, creamos un sucedáneo para suplirlas; y, así, esta proliferación de sucedáneos, así como -me temo- el hecho de que nos contentemos con ellos, constituyen la esencia misma de lo que se ha dado en llamar civilización.

Quiero repasar aquí algunos de estos sucedáneos, y mostrar qué tienen de maligno y qué de bueno y de esperanzador para el futuro; porque debo decir que he venido aquí a criticar algo, pero me parecería inútil hacerlo sin buscar un remedio al mismo tiempo.

Ustedes pensarán que muchos de estos sucedáneos tienen una importancia menor, pero en realidad están tan integrados en el tejido de la sociedad actual y son tan abundantes que deberé limitarme a unos pocos ejemplos en los que sé algo de primera mano; aunque pienso que al final podré mostrarles que la suma de todos estos casos supone ya un problema bastante grave, dado que la vida civilizada no es más que un sucedáneo de lo que podría ser la vida del hombre en la tierra.

Empezaré por lo más bajo de la escala: por ese asunto tan ordinario y terrenal que es comer y beber. ¿Es que hay sucedáneos en este terreno? Demasiados, por desgracia. Habrán oído hablar ustedes de eso que se llama pan, pero sospecho que solo unos pocos de los presentes han comido alguna vez pan de verdad, aunque estarán familiarizados con su sucedáneo, que por lo demás existe hace mucho tiempo. En mi juventud, en el campo solía comerse pan verdadero, pero en las ciudades apenas se conocía; ahora, el que hacen los panaderos de los pueblos es peor que el de las ciudades, pues la gente del campo -o por lo menos la que yo conozco- han dejado de hacerse en pan en casa y lo compran en la tahona local. Hace sólo veinte años solía cocerse el pan ella misma, y en casi todas las cabañas de los alrededores (Oxfordshire, Gloucestershire) podía verse desde lejos un horno pequeño y redondo detrás de la chimenea. Pero, como he dicho esta costumbre se ha perdido. Se dirán ustedes que quien quiera sigue pudiendo hacerse el pan en casa. Pues no, no puede, porque para cocer una buena hogaza de pan hace falta harina de calidad, que es algo prohibitivo. El ideal del molinero moderno (si no me equivoco importado de América, ese paraíso del sucedáneo) parece reducirse convertir los ricos granos de trigo en un polvo blanco característico semejante a la tiza. Lo que se busca ante todo es blancura y fineza, en detrimento de esas cualidades que solo el paladar puede reconocer.

[...] No creo que las distracciones públicas sean cosa de broma. Al contrario, me parece muy grave que la calidad de los teatros sea tan baja y que se nos impongan algunos penosos sucedáneos aun a costa del esfuerzo de muchas personas honradas y a menudo brillantes. Digo que es grave porque conozco la triste explicación de este declive; la mayor parte de los ciudadanos lleva unas vidas tan tristes, desempeñan labores tan mecánicas y aburridas y sus momentos de reposo son tan vacuos y casi siempre tan agotadores por culpa del exceso de trabajo que cualquier cosa que se presente como entretenimiento servirá para atraer su atención. Si conozco bien este lúgubre sucedáneo es porque soy uno de los pocos afortunados cuyo trabajo constituye un placer permanente; razón por la cual no me atrae demasiado eso que suele llamarse diversión, aunque aprecio sinceramente las bondades del descanso. Pero, en honor a la verdad, lo que más me divierte es disponer de un momento de silencio y sin apremios urgentes para poder dedicarme a mi trabajo sin incordios. Y estoy convencido de que podría ser así para casi todo el mundo. Solo cuando eso ocurra las diversiones dejarán de ser lamentables sucedáneos. 

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