Norbert Bilbeny (La vida avanza en espiral) Conversaciones sobre ética con mi nieto

Llego el día de tener que abandonar mi consultorio. Casi medio siglo dedicado a la neurología. Y más de treinta años en aquel hospital que ya era mi casa. Era el día de mi jubilación. Triste día. Nunca más volvería a ver un solo paciente. Mi cuerpo, envejecido, marcaba mi destino. No lo decía mi voluntad.

Porque yo habría continuado trabajando veinte años más. Como aquel colega que conocí en Chicago, quien a sus noventa y dos años, jorobado y arrastrando los pies, iba todavía a diario a su consulta.

-¿Cuándo te vas a jubilar? -le pregunté, desviando mis ojos hacia su bata recién planchada.

-Y tú? -respondió molesto.

-Veras, cuando mi cabeza ya no funcione...-dije. Soltó una risa sarcástica, retorciendo su huesudo dedo índice en la sien como si yo estuviera loco.

-Yo me retiraré -dijo, serio- cuando mi aparato sexual no funcione.-Y estalló en una carcajada.

Dicen que jubilarse viene de júbilo, pero yo sentía lo contrario. Una enorme tristeza. Dicen también que estar jubilado no es en realidad estar retirado. Pero eso, ¿quién se lo cree? Por mi parte: adiós epilepsias, esclerosis, parkinsons, cefaleas, meningitis, vértigo, insomnios, demencias, alzeheimers, distrofias, tumores, amnesias, agnosias, apraxias, afasias, impotencias, comas, tartamudeos, mutismos, niños hiperactivos. Adultos que aún sienten dolor en aquel brazo o en aquella pierna que se les amputó hace tiempo. O jóvenes que perdieron la vista, o ensordecieron, por un trauma, el estrés, la depresión. Muchas veces calmé; a veces curé. Pero, siempre, escuché.

Adiós a todo esto. Mi agenda, mi archivo, mi despacho. Y, lo más triste: adiós a la gente. Porqué, aún sin proponérmelo, no he tenido que tratar enfermedades, sino enfermos. Un compañero pesimista dice que sólo somos un trozo de carne con una pequeña carga de electricidad que se agota. Pero yo sólo veo ojos. O mejor: miradas. Y una fragilidad infinita tras ellas. El tiempo huye, todos acabaremos igual. Ser felices es lo mínimo que podemos esperar. En cambio, la mayoría de mis colegas lo primero que tratan de descartar cuando examinan a sus visitas es precisamente eso: la parte humana de la enfermedad.

Ser neurólogo es un trabajo delicado. Hay que seleccionar entre cuerpo y alma, fibras y sentimiento. Y yo, durante mucho tiempo, hice también más caso al cuerpo que a aquello que lo hace vivir y vibrar. Seguir el rígido protocolo clínico le ganó la partida a escuchar al paciente y a seguir lo que me parecía más evidente. Quizás me equivoqué. Pude ser un médico impersonal.

Pero, con los años, me he acostumbrado, al revés, a descartar antes que nada las cosas físicas de cualquier caso que se me presente. El alma, las personas, están casi siempre detrás de una enfermedad. Aunque he tardado en reconocerlo. No hay enfermedades, pero tampoco enfermos: en cada caso hay una persona. El alma es un tema médico. Cuando alguien de pronto, ya no sabe caminar, o de la noche a la mañana pierde el reflejo de tragar, hay detrás de ello una historia, una biografía, una mente. Para curarle, debemos atrapar esta historia o la enfermedad se nos escapa.

Sin embargo, ahora que ya lo sé, debo abandonar mi oficio. Por eso no me dolía que ya no tuviera que tratar ninguna enfermedad más. Ni siquiera no poder volver a curar. Otros lo harían. Me dolía, en especial, el hecho de ya no poder estar en contacto con los pacientes. Aunque ese día de mi jubilación no sentía que los abandonaba, sino que ellos me abandonaban a mí. Incluso con sus historias personales, a veces aburridas, a veces increíbles, truculentas. La verdad es que estas ya no me afectaban, excepto en casos de niños y adolescentes. Pero ese día empecé a sentirme huérfano de todos ellos..

Docenas de cajas de cartón aguardaban en el suelo de mi consultorio para ser llenadas con todas mis pertenencias. El consultorio olía a puro cartón, como desmintiendo que alguna ves se hubiera ejercido allí mi profesión, siempre con olor a hospital. Hasta esas cajas desparramadas, como símbolo de dispersión, quizás de algo que se disuelve, parecían querer acabar de una vez con mi largo pasado en aquella amplia sala. Mientras, un tímido sol de marzo entraba por el ventanal y se veían los chopos inclinarse por el fuerte viento. ¿Por qué marcharse en primavera, cuando todo es tiempo de comienzo.

* Norbert Bilbeny (La justicia como cuidado de la existencia)

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