Denis Diderot (Tratado de la barbarie de los pueblos civilizados)

El arte de mantener la autoridad es un arte delicado que requiere más circunspección de la que pueda parecer. Quienes gobiernan están demasiado acostumbrados, tal vez, a desdeñar a los hombres. Los consideran esclavos doblegados por la naturaleza, cuando en realidad solo es cosa de la costumbre. Si los obligáis a cargar con un nuevo peso, cuidad que no se yergan con furor. No olvidéis que la palanca del poder no tiene otro apoyo que la opinión, que la fuerza de los que gobiernan radica en la fuerza de los que se dejan gobernar. No aconsejéis que los pueblos distraídos por el trabajo, o adormecidos por sus cadenas, alcen los ojos hacia verdades demasiado temibles para vosotros; y, cuando obedezcan, no les recordéis que tienen derecho a exigir. Una vez que se despierten, una vez que adviertan que no están hechos para sus dirigentes, sino que sus dirigentes están hechos para ellos, una vez que se acerquen, se escuchen y pronuncien fe forma unánime: <<No queremos esta ley; este uso nos disgusta>>, entonces ya no habrá nada que hacer, será inevitable ceder o castigarlos, ser débiles o tiranos, y vuestra autoridad, que a partir de entonces será detestada o despreciada, tome la opción que tome, ya solo podrá esperar de los pueblos la insolencia manifiesta o el odio soterrado.

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Hombres, sois todos hermanos. ¿Cuánto tardaréis en reconoceros como tales? ¿Cuánto  tardaréis en reconocer que la naturaleza, vuestra madre común, alimenta por igual a todos sus hijos? ¿Qué necesidad tenéis de despedazaros los unos a los otros, y de que los senos de vuestra nodriza se tiñan de vuestra sangre? Lo que os indignaría en los animales, vosotros lo hacéis casi desde que existís. ¿Acaso teméis volveros demasiado numerosos? Dejad que las enfermedades pestilentes, los vicios, los prejuicios, la debilidad de los órganos y la brevedad de la vida os exterminen. La sabiduría del ser a quien debéis la existencia ha prescrito a vuestra población y a la de todas las especies vivientes unos límites que jamás podrán ser superados. ¿Es que entre vuestras necesidades, que renacen sin cesar, no figuran bastantes enemigos, sin necesidad de conjuraros con ellos? El hombre alardea de su primacía respecto a los demás seres de la naturaleza, pero, con una ferocidad que ni siquiera se encuentra entre los tigres, el hombre constituye la mayor calamidad para el hombre. Si se satisficiera su anhelo más secreto, al cabo de poco no quedaría ninguno en toda la superficie del globo. 

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El nacimiento del gobierno responde a la necesidad de prevenir y de reprimir las ofensas que los hombres asociados temían los unos de los otros. En como un centinela que vela para evitar que nada perturbe los trabajos comunes.

La sociedad nació de las necesidades de los hombres; el gobierno nació de sus vicios. La sociedad siempre tiende al bien; el gobierno, por su parte, siempre debe tender a reprimir el mal. La sociedad es la primera, en su origen es independiente y libre; el gobierno fue instituido por ella y no es sino su instrumento. A la primera le corresponde mandar y a la segunda, servirla. La sociedad creó la fuerza pública; el gobierno la recibió de ella y debe consagrarla por completo a su cuidado. En fin, la sociedad, es esencia, buena; el gobierno, como se sabe, puede ser, suele ser, malo.

Se ha dicho que, al nacer, todos somos iguales, pero no es verdad. Se ha dicho que todos tenemos los mismos derechos, pero ignoro en qué consisten los derechos siendo tal la desigualdad de talento o de fuerza y no habiendo ninguna garantía de sanción. Se ha dicho que la naturaleza nos ofrece a todos la misma morada y los mismos recursos, pero no es verdad. Se ha dicho que todos estamos provistos, indistintamente, de los mismos medios de defensa, pero no es verdad, y no sé qué sentido puede ser verdad que todos gozamos de las mismas cualidades de espíritu y de cuerpo.

Entre los hombres existe una desigualdad original que nada puede remediar. Debe durar eternamente, y lo máximo que se puede obtener de una buena legislación no es que suprima la desigualdad, sino que que impida los abusos.

Pero al maltratar a sus hijos como si fuera una madrastra, al crear niños débiles y niños fuertes, ¿acaso la naturaleza no ha plantado el germen de la tiranía? No creo que se pueda negar, especialmente si nos remontamos a un tiempo anterior a cualquier legislación, en que el hombre era tan apasionado y alocado como una bestia.

¿Qué se propusieron los fundadores de las naciones y los legisladores? Evitar los desastres del germen ya desarrollado de la tiranía a través de una especie de igualdad artificial, que sometía a todos los miembros de una sociedad, sin excepción, a una sola autoridad imparcial, como una espada que se cierne indistintamente sobre todas las cabezas. No obstante, la espada era ideal; era preciso que una mano, un ser físico, la sostuviera.

¿Que resultó de todo ello? La historia del hombre civilizado no es sino la historia de su miseria. Todas las páginas están manchadas de sangre, algunas de sangre de los opresores y otras de los oprimidos.

Desde este punto de vista, el hombre se revela más malvado y más desdichado que el animal. Las diferentes especies de animales sobreviven a expensas de las otras, pero las sociedades humanas no han dejado de atacarse entre sí. En una misma sociedad no hay ni una sola condición que no devore y que no sea devorada, sean cuales sean las formas de gobierno o de igualdad artificial que se han opuesto a la desigualdad primitiva o natural.

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