Hans Magnus Enzensberger (Ensayos sobre las discordias)

LABERINTOS INTERPRETATIVOS.
CALLEJONES SIN SALIDA

En esta situación es tentador encontrar explicaciones lo más simples posible a lo que parece tan difícilmente explicable. A nadie sorprenderá que tanto políticos como editorialistas prefieran las interpretaciones más simplistas entre todas las disponibles. Con ello no hacen sino seguir los esquemas tradicionales de los partidos. Quien pretenda describir los esfuerzo de éstos, no tendrá que extenderse demasiado.

Los oradores conservadores evocan sin cesar un imaginario ancien régime en el que supuestamente habrían imperado las buenas costumbres y la decencia, la ley y el orden. Las causas de la perdición del mundo creen verlas en los movimientos emancipadores de los últimos siglos y en la decadencia de la autoridad ancestral. Suponen, igualmente, que la salvación debe buscarse en la reimplantación de aquellas virtudes que tienen sus raíces en las sociedades estamentales de cuño patriarcal. Pero, comprensiblemente, no dan detalles de cómo y con qué medios políticos pretenden implantar este ideario en la fase actual de la civilización tardo-industrial.

Mas he aquí que, en el caso de la socialdemocracia, ha vuelto a vencer Rousseau. Lo que ha acabado nacionalizándose no son los medios de producción, sino la terapia. La curiosa creencia de que el hombre es bueno por naturaleza tiene su último reducto en el trabajo social, donde las motivaciones pastorales se entremezclan sorprendentemente con vetustas teorías del entorno y de socialización, pero también con una versión lihgt del psicoanálisis. Quienes se erigen en tutores de las ovejas descarriadas las exculpan con desmesurada benevolencia de toda responsabilidad por sus actos violentos. La culpa jamás la tiene el criminal, siempre el entorno: el hogar paterno, la sociedad, el consumismo, los medios audiovisuales, los malos ejemplos. Parece como si a todo homicida se le entregara, por así decirlo, un cuestionario de elección múltiple que debe rellenar siempre a su favor:

Mamá no me quería; Mis profesores eran excesivamente autoritarios/antiautoritarios; Papá llegaba a casa borracho/nunca estaba en casa; El banco me concedió demasiado crédito/me bloqueó la cuenta corriente; Cuando era niño/estudiante/aprendiz/empleado siempre me mimaron/relegaron; Mis padres se divorciaron demasiado/pronto/tarde; En mi barrio había demasiadas/insuficientes posibilidades de ocio. Por todo ello no tuve más alternativa que robar/incendiar/atentar/matar. (Márquese lo que corresponda.)

Con tales procedimientos se consigue que el delito desaparezca, dado que ya no existen criminales, sino sólo pacientes/clientes. Según este esquema, incluso a Höss y a Mengele habría que considerarlos víctimas desamparadas merecedoras de una ayuda adecuada en forma de tratamiento psicoterapéutico a cargo de la seguridad social. Siguiendo esta lógica, sólo los terapeutas podrían plantearse dudas morales al respecto, al ser los únicos capaces de comprender la situación. Y puesto que todos los demás no son responsables de nada, y muchos menos de sus propios actos, ya no existen como personas, sino únicamente como destinatarios de la asistencia social.

Si comparamos la mamarrachada política de tales afirmaciones con las teorías materialistas sobre la crisis, por muy crudas que éstas sean todavía resultan plausibles, porque por lo menos se basan en datos económicos y en consecuencia comprobables. Sólo a un mentecato se le ocurriría servirse del argumento de que el análisis marxista ya no está de moda. Desde que el mercado mundial ha dejado de ser una visión de futuro para convertirse en una realidad global, cada año produce menos ganadores y más perdedores; pero no sólo en el Segundo y Tercer Mundo, sino incluso en el centro del capitalismo. Mientras allí son países e incluso continentes enteros los que quedan marginados de las relaciones internacionales de intercambio, aquí son sectores cada vez más amplios de la población los que ya no pueden mantener el ritmo de una competencia cada vez más salvaje. 

Si nos imaginamos un atlas que muestre la distribución territorial de todas estas masas «superfluas»—es decir, por un lado las regiones del subdesarrollo en sus diversas gradaciones, y por el otro las zonas de infraocupación en las metrópolis— y si a continuación tomamos los lugares en los que habitan dichas masas y los comparamos con los focos de las pequeñas y las grandes guerras civiles, obtendremos una clara correlación. Y entonces llegaremos a la conclusión de que la violencia colectiva no es más que la reacción desesperada de los perdedores ante su situación económica sin futuro.

Sin embargo, no se han producido las consecuencias políticas anunciadas por los teóricos marxistas. En este sentido, sus tesis han sido falsificadas. La lucha internacional de clases no tiene lugar. Ninguno de los dos bandos implicados en la famosa contradicción básica tienen intención de llegar a una confrontación global. Los perdedores, lejos de unirse bajo una misma bandera, van acelerando su autodestrucción, al tiempo que el capital se retira siempre que puede de los escenarios bélicos. 

En este contexto es preciso, aunque no prometedor, rebatir la pertinaz creencia de que las condiciones de explotación pueden reducirse a un mero problema de distribución, como si se tratara del reparto justo o injusto de un pastel. Aparte de que este cliché no puede invocar en absoluto la teoría marxista, es sencillamente falso. Nos lo suelen presentar afirmando que «nosotros» vivimos a costa del Tercer Mundo; que nosotros, es decir, los países industrializados, somos tan ricos porque lo estamos explotando. Pero quienes se autoinculpan de este modo suelen desconocer los hechos. Para ello basta un solo indicador: la participación de África en las exportaciones mundiales se reduce al 1,3%; el de Latinoamérica se sitúa en el 4,35%. Los economistas que han estudiado el asunto no creen que la población de los países más ricos llegaran a enterarse si los continentes más pobres desapareciera del mapa. Y esta situación tan catastrófica no la pueden modificar las crisis causadas por el endeudamiento ni los vaivenes en los precios de las materias primas, la fuga de capitales o el proteccionismo.*

Las teorías que se limitan a achacar la pobreza de los pobres exclusivamente a factores externos no sólo alimentan la indignación moral, sino que tienen otra ventaja: exculpan a los gobernantes del mundo pobre y achacan todas las miserias a Occidente, recientemente rebautizado como El Norte. Los africanos, que ya se han percatado de esta artimaña, afirman ahora que sólo hay una cosa todavía peor que ser explotados por las multinacionales: no ser explotados por ellas. Según ellos, el enemigo principal ya no son los centros del capitalismo sino aquellos gángster políticos que desde hace años arruinan sistemáticamente sus respectivos países. Ninguna persona lúcida se traga que la gran banca haya orquestado durante veinte años la guerra civil del Chad, que Idi Amin sea un agente de la CIA o que los Tigres tamiles sean marionetas del Pentágono. A pesar de ello, hay incluso europeos que siguen aferrándose a la idea de que no existen criminales, sólo instigadores. Siguiendo esta lógica, la guerra civil de Yugoslavia no sería responsabilidad de serbios ni de croatas, sino de ciertos secretarios de Estado de Bonn que por esta vía pretenderían restaurar el Gran Reich alemán. 

Tan descabelladas imputaciones también desempeñan un papel en la guerra civil molecular, sólo que en este caso los perdedores, llevados por su paranoia, se empeñan en señalar como causantes de su miseria a extranjeros, judíos, coreanos, latinoamericanos o gitanos. Todas estas fantasiosas visiones de conjura no hacen más que ocultar la terrible verdad: en Nueva York al igual que en el Zaire, en las metrópolis al igual que en los países pobres, son cada vez más personas que son eliminadas del circuito económico porque ya no resulta rentable explotarlas. 

* Nota al pie 2015: La participación de América Latina y África en el comercio mundial parece haber aumentado desde 1990; en la actualidad se estima que está comprendida entre el 3% y el 6%. 

Hans Magnus Enzensberger (Panóptico)

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