Loretta Napoleoni (La mordaza) Las verdaderas razones de la crisis mundial

La génesis de la crisis del crédito que hoy amenaza la existencia del sistema capitalista y nuestra vida cotidiana debe buscarse en las decisiones tomadas tras el 11 de septiembre y en la indiferencia de los ciudadanos occidentales respecto de una clase política que ya no está a su servicio. 

Si de verdad queremos salir de esta crisis —que aunque se manifiesta a través de la economía, es sintomática del malestar existencial que aflige a la aldea global —, debemos tener el valor de admitir nuestros errores. Sólo así encontraremos la fuerza para volver a participar activamente en la vida política y, si es necesario, también el valor de renovar totalmente la clase política que nos representa, no una, sino varias veces, hasta que hayamos alcanzado nuestro objetivo. Estados Unidos ya ha hecho un primer intento y la historia nos dirá si ha funcionado. De hecho, existe el riesgo de que la estética campaña electoral que ha llevado a la Casa Blanca al nuevo presidente no se traduzca, a corto plazo, en cambios reales, sea en política exterior, sea en el sector de la economía y de las finanzas. En resumen, existe el peligro de que los eventuales errores estratégicos en las relaciones con países musulmanes como Irán y Siria, y los rescates sin condiciones de las ineficientes entidades bancarias de Wall Street aprieten más la mordaza que nos aprisiona.

Pero, para tener éxito, esta revolución debe producirse sobre todo en nuestra mente. La lección que nos da el gran fiasco de la economía globalizada, bajo el paraguas de la política del miedo, es que la sociedad civil no puede dejarse engañar por quien la representa; cuando esto sucede, nuestro deber es rebelarnos. Mientras, los políticos nos aterrorizaban, la hacienda pública nos robaba los ahorros: ésta es la cruda realidad. Y si queremos que esto no vuelva a suceder, debemos tener el valor de decir basta y dar la espalda a los grandes prestidigitadores de nuestro tiempo, la clase política, que hasta hoy nos ha representado mal. 

ARROGANCIA E INGENUIDAD

La crisis del crédito es el último capítulo de la triste historia del capitalismo contemporáneo, una historia caracterizada por la arrogancia y la ingenuidad de los principales protagonistas. Quien la ha escrito lo ha hecho mientras el mundo entero estaba concentrado en la amenaza de Al Qaeda. Parece absurdo que un sistema económico tan poderoso como para generar revoluciones y guerras fratricidas, que ha inspirado a muchas generaciones y ha dado vida a una de las más poderosas ideologías de los tiempos modernos, se esté desintegrado ante nuestros ojos por las mentiras de sus gobernantes y la ligereza de sus jefes. Los señores del universo son, en realidad, unos ingenuos, gente que en nombre del beneficio fácil ha minado la economía mundial y, por tanto, ha destruido el sistema que les da vida, sin siquiera darse cuenta de ello. También los políticos son unos ingenuos; nos han hecho creer que Al Qaeda estaba en condiciones de destrozar nuestro mundo para perseguir sus políticas ocultas, cuando, en realidad, quien lo amenazaba prosperaba en su interior.

De todos modos, las finanzas que nos han llevado a la crisis del crédito tampoco pueden ser definidas como capitalismo. Marx nos lo haría notar; más bien es una mezcla de prestidigitadores políticos, jugadores de Monopoly y estafadores. El verdadero capitalismo, el auténtico, el capitalismo de la revolución industrial y de principios del siglo XX, era un adversario digno de respeto, que explotaba pero no robaba ni estafaba. Era también un rival inteligente y astuto. Y ésta es la diferencia fundamental con el pasado: hoy los nuevos ricos de la globalización son ladrones o tontos.

Pero también nosotros, los ciudadanos de la aldea global sobre los que recaen las consecuencias trágicas de esta crisis, nos hemos comportado con arrogancia y ligereza. Hemos dejado que los políticos nos convencieran de endeudarnos más allá de toda medida para coronar todos nuestros sueños de consumo: la casa, el coche, las vacaciones, etc. Y este frenesí despilfarrador nos ha hecho creer que éramos ricos y poderosos cuando, en realidad, las altas finanzas consumían nuestras cuentas corrientes haciéndolas cada vez más pobres. Hemos alabado a quien nos vendía estas y otras fantasías, de las cuales, la primera es el miedo al terrorismo del fundamentalismo islámico. ¿Cómo olvidar los índices de popularidad de Bush, Blair, Aznar y Berlusconi cuando incitaban al mundo a bombardear Bagdad? Aterrorizados ante la idea de perder nuestro «lugar bajo el sol», hemos dejado que la política del miedo sustituyera a la verdadera y que gobernar se convierte en una actividad mediática. No nos asombremos, pues, si hoy somos llamados a pagar las consecuencias.

EL PARAÍSO FISCAL DE LOS NUEVOS RICOS

Pero todo eso no es un problema. Los multimillonarios no viven en Londres por sus bellezas arquitectónicas o las ventajas del Tube, el metro, sino porque la capital británica se ha convertido en un paraíso fiscal. «El derrumbe de las barreras monetarias y financieras ha hecho que los nuevos ricos de todo el mundo aprovechen una antigua ley victoriana para evadir impuestos —explica Grant Woods, ex director del banco Coutts, que cuenta entre sus ilustres clientes a la reina Isabel—. La ley nace para proteger los beneficios de los propietarios de las plantaciones del imperio, del Caribe a África y a la India. Éstos podían mantener su residencia en Inglaterra, pero desplazar su domicilio, es decir, su residencia fiscal, al extranjero, donde se encontraban las plantaciones. Así, sólo se gravaba la renta que gastaban en su país, mientras que el resto estaba exento». El mismo principio ha sido aplicado a los nuevos multimillonarios londinenses, por eso en Londres los hay en abundancia. 

Los primeros en llegar al nuevo paraíso fueron los rusos. «Cuando estaba en el Coutts me ocupaba con frecuencia de reestructurar las carteras de los oligarcas rusos aprovechando esta ley —continúa Woods—. Obtener el permiso de residencia es fácil, basta depositar en un banco británico una gran suma de dinero y dejarla en la cuenta por tiempo indeterminado. Es un precio irrisorio para quien, transfiriéndola a la capital británica, evade impuestos sobre patrimonios de miles de millones de dólares. Sólo los estadounidenses no pueden aprovecharse de esta ley. «Estados Unidos grava a sus ciudadanos sobre la renta global», añade Woods. Esto explica por qué se cuentan con los dedos de una mano los estadounidenses ricos que residen en Londres. 

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