Raymond Aron (El opio de los intelectuales)


El mito de la izquierda
¿Tiene todavía sentido la alternativa entre la derecha y la izquierda? Quienquiera plantee esta cuestión, se hace de inmediato sospechoso. ¿No ha escrito Alain: <<Cuando me preguntan si aún tiene sentido la separación entre partidos de derecha y de izquierda, entre hombres de derecha y hombres de izquierda, lo primero que pienso es que quien me pregunta tal cosa no es, por ciento, un hombre de izquierda>>? Esta censura no nos detendrá, pues revelaría más bien la adhesión a un perjuicio que una convicción fundada en la razón.

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¿Fin de la edad ideológica?
No nos corresponde a quienes no pertenecemos a ninguna Iglesia sugerir una elección a los creyentes, pero sí nos incumbe a nosotros, incorregibles liberales que continuaríamos mañana la lucha contra el clericalismo, luchar hoy contra el totalitarismo de que son víctimas tanto las Iglesias como las comunidades de la ciencia o del arte. No solo denunciamos la violencia que se hace a una fe que no compartimos, sino que denunciamos una violencia que a todos los alcanza. El Estado que impone una interpretación ortodoxa de los acontecimientos cotidianos nos impone también una interpretación del devenir global y, finalmente, del sentido de la aventura humana. Quiere subordinar a su pseudoverdad las obras del espíritu, las actividades de los grupos. Defendiendo la libertad de prédica, el incrédulo defiende su propia libertad.
Lo que, en esencia, diferencia a Occidente del universo soviético es que el uno se reconoce dividido y el otro <<politiza>> la existencia entera. La pluralidad menos importante, aunque con mayor frecuencia citada, es la de los partidos. Esta pluralidad no deja de tener inconvenientes, mantiene en la ciudad una atmósfera de querellas, confunde el sentido de las necesidades comunes, compromete la amistad de los ciudadanos. Se la tolera, pese a todo, como un medio, como un símbolo de valores irremplazables, medio de limitar al arbitrio del Poder y de asegurar una expresión legal al descontento, símbolo del laicismo del Estado y de la autonomía de espíritu que crea, interroga u ora.
Los occidentales, sobre todos los intelectuales, sufren por la dispersión de su universo. El estallido y la oscuridad de la lengua poética, la abstracción de la pintura, aíslan a los poetas del gran público al que afectan desdeñar, del pueblo para el cual, en el fondo de sí, creen obrar.
Físicos o matemáticos, en los últimos límites de la exploración, pertenecen a una estrecha comunidad, que arranca la energía del átomo, pero no arranca de los hombres políticos recelosos, de la prensa ávida de sensación, de los demagogos antiintelectualistas ni de los policías, la libertad de sus opiniones y de sus amistades. Amos de partículas nucleares y esclavos de la obsesión del espionaje, los sabios tienen la sensación de perder todo control sobre sus descubrimientos en cuanto transmiten su secreto a los generales y a los ministros. El especialista solo conoce una estrecha provincia del saber; la ciencia actual dejaría al espíritu que la poseyera por entero tan ignorante de las respuestas a las preguntas últimas como el niño que recién despierta a la conciencia. El astrónomo prevé el eclipse de sol con una precisión sin falla; pero ni el economista ni el sociólogo saben si la humanidad va hacía el Apocalipsis atómico o hacía la gran paz. La ideología aporta quizás el sentimiento ilusorio de la comunión con el pueblo, de una empresa regida por una idea y por una voluntad.

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