José Sanmartín (La violencia y sus claves)

La biología no basta para explicar la violencia

Sea como fuere, la agresividad está ligada a factores biológicos. Pero la existencia de esos factores no basta para explicar la violencia. Agresividad y violencia no son lo mismo. Por una parte, nuestra agresividad es un rasgo en el sentido biológico del término, es decir, un nota evolutivamente adquirida. Por otra, nuestra violencia es un producto de la cultura o, dicho más estrictamente, es el resultado de una interacción entre factores culturales y agresividad.

La agresividad existe porque incrementa nuestra eficacia biológica, es decir, nuestra capacidad de sobrevivir y dejar prole fértil. Si no fuera sí, la selección natural la habría sacado de escena hace tiempo, La agresividad está aquí porque nos sirve.

Por lo demás, la naturaleza, que es sabia, ha seleccionado factores que reorientan, cuando no inhiben, rasgos como la agresividad, evitando así que puedan dañar al grupo de individuos en los que se expresa. Por ello, lo normal entre los animales es que, en sus en sus enfrentamientos intraespecíficos, no llegue la sangre al río. Los animales de una misma especie o grupo, cuando luchan, suelen hacerlo de forma altamente ritualizada. Y siempre hay estímulos que interrumpen el combate si llega a mayores. La gota de orina que suelta el lobo caído entre las piernas del vencedor, a la vez que le muestra la yugular, basta para que el combate cese. Desde este punto de vista, es falso que la naturaleza esté enrojecida por la sangre.

Hay seres humanos en los que, por razones biológicas, esos inhibidores no funcionan demasiado bien. Es, por ejemplo, el caso de los psicópatas, que parecen sufrir disfunciones neurobiológicas. Eso es lo que les permite conductas como abrirle el cuello por delante a una persona, situada a corta distancia suya, meterle la mano por el boquete hecho hasta cogerle las cervicales y zarandearla para rompérselas.

Pero también un ser humano normal puede obviar las barreras que opone la naturaleza al despliegue de sus instintos. Lo hace, por ejemplo, el maltrato que, sin ningún tipo grave de alteración psiquiátrica o de la personalidad, le retuerce el brazo a su propio hijo de pocos meses de edad o le mete en agua hirviendo. ¿Cómo son explicables estos comportamientos? Quizá la respuesta haya que buscarla en el tipo especial de evolución que ha conformado al ser humano.

Como ya he dicho, es cierto que el ser humano, como animal, es un producto de la evolución biológica. Pero el ser humano es un tipo de animal muy característico: es un animal cultural. Con un juego de palabras, si el ser humano es humano, lo es, sobre todo, no por ser un animal bien adaptado a la naturaleza, sino por estar adaptado al entorno cultural que él mismo ha sido construyendo sobre la naturaleza. Lo decía el maestro Ortega y creo que tenía toda la razón: nos hemos hecho seres humanos desadaptándonos de la naturaleza y adaptándonos a un entorno que es obra nuestra. A ese entorno artificial, superpuesto a la naturaleza, de hecho lo denominamos «medio ambiente». Dicho de otro modo, entre los dientes y la carne, el ser humano introdujo el cuchillo y la cocción para el ablandamiento. Entre los pies y el suelo, interpuso el calzado. Y, en general, entre él y la naturaleza creó un supramedio técnico, constituido por obras, instrumentos, herramientas y máquinas; pero también por hábitos, lenguajes, pensamientos e ideologías. En suma, entre él y la naturaleza introdujo la cultura como un gran aparato ortopédico para hacerle la vida más sencilla.

Hoy, la neurología nos enseña que la cultura —al menos, la de corte simbólico—puede haber sido el fruto del desarrollo de la parte más joven de nuestro cerebro: el neocórtex. Según ello, el ser humano posee un cerebro en parte reptiliano, pero, sobre todo, tiene un cerebro inventor del entorno cultural que, a su vez, moldea al ser humano.


El papel de la cultura

Pues bien, personalmente, no tengo demasiado miedo de nuestro cerebro reptiliano. Si aceptamos que a él se debe nuestra agresividad natural de animales, hemos de asumir también que la naturaleza habrá seleccionado factores que la inhiban o reorienten. Bajar los ojos, lloriquear, etc., parecen ser pautas de comportamiento que apuntan a ese fin.

Lo que sí infunde temor, por el contrario, el el hecho de que el cerebro reptiliano esté bajo el aparato ortopédico de la cultura. 

Es la cultura la que puede hipetrofiar un rasgo como el miedo natural al extraño que todos los seres humanos evidenciamos de bebés, convirtiéndolo en xenofobia o racismo. Basta con socializar al niño en la idea de que todos los seres ajenos a su propio y limitado mundo le son extraños porque son diferentes y que lo diferente es inferior. En muchos pueblos primitivos, no se tilda sólo de inferior al vecino, sino de no humano. 

Es la cultura misma la que, incidiendo sobre el cerebro reptiliano, convierte la agresividad en violencia. En este sentido considero que violencia es cualquier acción (o inacción) intencional que causa un daño (físico o no) a otro ser humano, sin que haya beneficio para la eficacia biológica propia. 

La conversión de la agresividad en violencia es lo que le permite al ser humano saltar por encima de los inhibidores, de los obstáculos que la naturaleza opone a su agresividad. La cultura puede convertir al otro en un ser inferior o no humano. Si el otro no es percibido como ser humano, darle muerte no será considerado un acontecimiento intraespecífico, sino interespecífico, y podrá situarse al mismo nivel que matar aun pollo o cualquier otro animal. La cultura aparta escrúpulos.

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