Evgueni Zamiátin (Nosotros)

PRÓLOGO
La distopía y Nosotros

El término de distopía funciona como antónimo de utopía y fue acuñado por Stuart Milla a finales del siglo XIX. La utopía, al margen de su significado etimológico de <<idea muy halagüeña, pero irrealizable>>, hace referencia al lugar donde <<todo es como debe ser>>. En contraposición, la distopía o antiutopía designa una sociedad ficticia indeseable en sí misma. Las utopías, como las planteadas por H. G. Wells, no se basan en la sociedad actual y tienen lugar en un tiempo y lugar remotos, mientras que la sociedad distópica o antiutópica discurre en un futuro cercano y está basada en las tendencias sociales de la actualidad, pero llevadas a extremos espeluznantes.

Las narraciones distópicas se presentan como sátiras, de ahí que su planteamiento, como utopía en un caso o distopías en otro, dependa del punto de vista del autor. Aquí en donde Zamiátin brilla antes que nadie en Nosotros. Su fina y matemática ironía, que da no pocos quebraderos de cabeza a quien la traduce de cara a respetar escrupulosamente esa extraña precisión, es la primera y angustiosa denuncia ante los sistemas totalitarios. Inclinado como buen ruso a ofrecer una visión de las cosas tal vez pesimista, este ingeniero naval duda de que el progreso tecnológico satisfaga realmente a los seres humanos. Es la primera idea que ya apuntara otro ruso, Fiódor Dostoievski, en sus Apuntes del Subsuelo (aunque Dostoievski lo hizo de manera explícita, al rechazar el socialismo utópico). En honor a la verdad, una fenomenal pero conocida novela que de Jules Verne escribió en 1879 contiene ya ciertos rasgos utópicos y distópicos. Se trata de Los quinientos millones de la Begun, una interesantísima narración en la que se muestran dos ciudades-Estado creadas a partir del distinto uso que se da a una colosal herencia: la utópica France-ville, preocupada por alargar la vida humana y ofrecer todo tipo de comodidades a sus ciudadanos a través de los avances de la ciencia y la tecnología, y Stahlstad, una ciudad-fortaleza gobernada por un proto-Hitler prusiano de ideas racistas, y dedicada a desarrollar armas de una potencia jamás vista para todo el país que las pueda pagar. Sus habitantes son simples números sin personalidad afanosamente empleados en la industria de la ciudad, la cual se rige por un régimen de terror militar. Como se puede apreciar, el gran visionario francés también supo entrever a años vista el advenimiento del régimen nazi, las armas químicas y, tal vez, la construcción de la utopía social.

George Orwell, el archifamoso autor de 1984 y Rebelión del la granja, reconoció el entusiasmo que le produjo la lectura de Nosotros. Es sabido que se hizo con una edición en francés y se lamentó de no hallar una edición inglesa a mano: «Resulta sorprendente que ningún editor británico haya sido lo bastante emprendedor para reeditarlo». Orwell consideraba que la obra cumbre de Zamiátin era superior a la de Huxley (Un mundo feliz, 1931), y se sorprendía de que la novela hubiera pasado desapercibida (quizá porque la fama de Nosotros se vería impulsada por 1984).  No hay que se un sagaz crítico literario para encontrar en 1984 numerosos elementos absolutamente calcados de Nosotros: el Gran Hermano es el equivalente al Benefactor; la telepantalla deriva de las Tablas de la Ley; la policía del Pensamiento recuerda a los Guardianes, y la habitación 101 (el despacho de Orwell en la BBC durante la II Guerra Mundial) es deudora del autitórium 112 (en realidad, la celda en la que Zamiátin llegó a estar preso en dos ocasiones), etc.

[...] La obra cumbre de Evgeni I. Zamiátin alumbró todo un subgénero literario en el que las narraciones más representativas y anteriormente comentadas devinieron en clásicos de la literatura mundial. No obstante, la novela antiutópica siguió desarrollándose y produciendo títulos importantísimos, tales como Fahrenheit 451, de Ray Bradbury (1953), e incluso La naranja mecánica de Anthny Burguess (1962) o ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Phillip K. Dick (1968). El gran alcance de los problemas planteados por todas las obras de temática antiutópica lo prueba el hecho de que los textos escritos han transcendido a otras artes y otros soportes, en particular al cine y al celuloide. Curiosamente, la calidad de las adaptaciones cinematográficas no desmerecen en nada a las obras literarias originales, cosa que da una idea del respeto que infunden. La expresionista Metrópolis, del alemán Fritz Lang (1927), es sin duda la película que inaugura el género cinematográfico. Causó una honda impresión en el sociedad de la época y, ochenta años después, sigue impactando a quien la ve por su visión futurista, pero no descabellada. El francés Françoise Truffaut, uno de los más talentosos representantes de la Nouvelle Vague, dibujó magistralmente el 1966 la adaptación cinematográfica homónima de Fahrenheit 451, y Stanley Kubrick hizo lo propio en 1971 con la novela de Burguess: La naranja mecánica. Michael Anderson, quien ya se había hecho cargo en 1956 de la primera adaptación al cine de 1984, vuelve a la carga veinte años más tarde con la sorprendente La fuga de Logan (1976). La descomunal Blade Runner (Ridley Scott, 1982), a juicio de muchos la piedra angular del cine moderno y, como mínimo la película más brillante del género, está basada en la novela de Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas? La lista es extensa y parece no tener fin, como lo atestigua la irrupción a finales del siglo pasado de Matrix (hnos. Wachowsli, 1999), la cual, además, logró captar a un espectro más juvenil de espectadores, pues está inspirada en el cómic, Ghost in the Shell (llevado al cine por el japonés Mamoru Oshii en 1996) [...]

Madrid, enero de 2008
Sergio Hdez.-Ranera

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