Wendy Brown (Estados amurallados, soberanía en declive)

¿Por qué los ciudadanos de la tardomodernidad desean Estados nación amurallados, y qué prometen los muros para asegurar, proteger, rehabilitar, contener o mantener a raya? ¿Hasta qué punto el espectáculo de una valla satisface un deseo de soberanía renovada para el individuo tanto como para el Estado? Este capítulo toma en consideración los efectos de la soberanía estatal menguante en los deseos psicopolíticos, las angustias y las necesidades de los ciudadanos tardomodernos. Teoriza sobre el contemporáneo frenesí de construir un Estado nación amurallado, sobre todo en las democracias occidentales, desde el punto de vista de un sujeto en situación de vulnerabilidad por la pérdida de horizontes, orden e identidad mientras observa el declive de la soberanía estatal. Se pregunta por el tipo de garantías psíquicas o de paliativos que aportan los muros en medio de estas pérdidas y qué fantasías de inocencia, protección, homogeneidad y autosuficiencia aseguran.

Estas preguntas muestran a su vez dos posibles vías de análisis. Por un lado, el individuo puede identificarse con la potencia estatal atenuada ocasionada por la disminución de la soberanía y buscar medios con que renovar esta potencia. En este caso, la vulnerabilidad y la indeterminación del Estado nación, la permeabilidad y la violación son sentidas como propias por el individuo. Esta identificación, con sus connotaciones sexuales y de género, parecería estar en el meollo mismo de la masculinidad agraviada que aparece en la campaña de los Minutemen a favor de los muros (Recordemos, del capítulo III, el deseo de los Minutemen de «plantar acero en el terreno» para recuperar el control del territorio soberano y, de hecho, la soberanía misma). Esa identificación entre el individuo y el Estado, es, sin duda, un elemento presente en todas las formas de nacionalismo militarizado. 

Por otro lado, el efecto de la erosión de la soberanía política en la capacidad del Estado para proporcionar protección y seguridad a sus súbditos, puede amenazar la soberanía de los individuos de un  modo más directo. El fantasma del terrorismo transnacional, por ejemplo, traduce directamente la vulnerabilidad del Estado en vulnerabilidad de los ciudadanos. Pero el terrorismo no agota el problema. Recordemos el circuito —identificado en el capítulo II— que el contrato social establece entre la soberanía política y la individual. Este circuito funda el contrato (los individuos son soberanos en el estado de naturaleza, pero lo son de un modo inseguro) y a la vez es transformado por el contrato (la individualidad soberana es lo que el contrato social promete establecer y asegurar). De Hobbes a Locke, de Rousseau a Rawls, la soberanía política nace de la soberanía prepolítica del individuo en el estado de naturaleza y legitimada por la soberanía poscontractual del individuo en sociedad. El Estado soberano hace existir y da seguridad al individuo social soberano, aunque se apropia de la soberanía política del individuo para construir la suya.

Estas dos dimensiones de la relación Estado-individuo, identificación y producción, tienen ambas importancia en la generación del deseo de amurallar en las sociedades liberales tardomodernas, donde el contrato social forma parte constitutiva de las mismas en el terreno ideológico y en el del discurso. Sin lugar a dudas, estas dos dimensiones de la relación Estado-individuo son propias también de las sociedades no liberales, y de ahí el deseo de amurallar en esas sociedades. Sin embargo, en este caso, esas relaciones asumen necesariamente diferentes perfiles y contenidos, comparadas con las del contractualismo social liberal; una diferencia, no obstante, que quedará sin explorar en este capítulo.

Se impone una nota preliminar adicional: este capítulo sostiene que el amurallamiento de los Estados nación responde en parte a fantasías psíquicas, angustias y deseos, y es así porque generan efectos visuales y un imaginario nacional, aparte de lo que los muros pretenden «hacer». Los muros pueden ser eficaces sirviendo como contención psíquica, aunque fracasen en el intento de interceptar o repeler los flujos transnacionales y clandestinos de personas, mercancías y terrorismo, flujos que son tanto indicio de debilitamiento de la soberanía política como contribución a que este se presente. El amurallamiento responde en este sentido a los deseos de los ciudadanos, deseos que son también efecto de la disminución de la soberanía y que los Estados no pueden satisfacer ni ignorar. El hecho de que los muros no detengan y no puedan realmente detener o tan solo mitigar esos flujos transnacionales es parte importante de nuestra argumentación. Por ello, antes de examinar el deseo de construir muros, es preciso que volvamos de nuevo al fracaso de los muros y las vallas en la consecución de sus supuestos objetivos.

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