Josep Miró Ardèvol (La sociedad desvinculada) Fundamentos de la crisis y la necesidad de un nuevo comienzo

Cuando se analiza la Modernidad como la etapa de mayor desarrollo de las fuerzas de la ciencia, la técnica y la economía en relación con la época precedente y remite su éxito a la generalización de la razón instrumental, se incurre en importantes errores a causa del exceso de simplificación. El motivo fundamental del error radica en considerar el fenómeno moderno sin raíces, desprovisto de todo precedente, es decir, carente de historia.  Pero ningún fenómeno social funciona así. La Modernidad puso en juego la técnica, la ciencia y la economía en un grado extraordinario, porque estaba disponible, porque surgieron de toda una historia previa de la que son deudores. Pero sobre todo, porque el desarrollo de la Modernidad se realizó inicialmente y a lo largo de mucho tiempo sobre una base social y cultural, también política por tanto, constituida por el sistema de valores y virtudes de la razón objetiva. La Modernidad no hubiera podido funcionar bien sin ellas, que es exactamente lo que acaece ahora. Me estoy refiriendo a los valores y virtudes prepolíticas que hacen posible la democracia y la economía de mercado.

La Modernidad de la razón instrumental no solo surgió, sino que se desarrollo en un sustrato popular de razón objetiva que fue reduciéndose en la medida que las élites del poder económico, sobre todo, hacían crecer el sustrato de la razón instrumental. Más tarde, cuando se difundían gracias a la técnica y al mercado los grandes espectáculos de masas, aquellas élites encontrarían un aliado fiel en las fuerzas de la cultura del entretenimiento y del mercantilismo de las pasiones humanas. Esta dinámica se vio fuertemente frenada en el siglo XX por el surgimiento de otro modelo de razón objetiva distinta a la cristiana, como fue el marxismo, que forzó a las fuerzas de la razón instrumental a replegarse y a olvidar su antagonismo. Muy al contrario, buscaron la alianza. Pero esta revisión parcial e imperfecta saltó por los aires entre dos fechas simbólicas. La primera, 1968, cuando eclosiona el subjetivismo en las revueltas universitarias baja la apariencia de transformación social, que muy pronto quedaría limitada a aquello que menos importaba a las élites económicas, la ruptura de la concepción moral que rigen los vínculos interpersonales, y que se extendería posteriormente a la propia concepción antropológica del ser humano. En realidad, no sólo no importaban, sino que su desaparición favorecía la concentración de poder, porque este encuentra terreno abonado en la sociedad de individuos aislados sin tradiciones ni comunidad.

La otra fecha clave acaece 20 años después. Es la implosión del marxismo soviético a causa de la ineficacia generada por la aplicación de la planificación central en lugar del mercado (una lección, sea dicho de paso, que el comunismo chino aprendió con indiscutible eficacia) y la ausencia de libertad que ahoga toda capacidad de crítica y transformación y, por lo tanto, de mejora. Lo que sucedió en aquel periodo 1968-1989 libera de una forma brutal las energías de fragmentación de la cultura desvinculada impulsadas por tres motores formidable que se alimentan mutuamente. La idea de que todo bien humano está sujeto al mercado, la legitimación primero y la legalización después de la satisfacción de las pasiones del deseo, bajo el falso criterio de que debe aceptarse toda realidad social con independencia de su bondad, y el subjetivismo de la realización personal hedonista narcisista y egocéntrica. Con la desaparición de la pugna con el orden objetivo marxista se rompe la alianza coyuntural del liberalismo de la desvinculación con la razón objetiva cristiana, y renace un sentido antirreligioso radical de antología liberal en la medida en que el cristianismo no se sujeta a la razón instrumental imperante. Este conflicto es más irresoluble que el anterior entre cristianismo y marxismo, porque entre ellos podían reconocerse, aun sin compartir el sistema del otro, porque pertenecían a un mismo orden de cosas, el de la razón objetiva; pero la semblanza no se da en relación con la razón instrumental que pertenece a un sistema de pensar y creer muy distinto. Y esta es la causa histórica de la gran diferencia y ventaja entre Estados Unidos y Europa, porque la crisis de la razón instrumental antagónica al cristianismo se da sobre todo en Europa. En progresivo hundimiento de la Unión Europea es una de sus consecuencias.

La dinámica histórica de la Ilustración americana y su Modernidad es distinta. La fuerza que hizo crecer y desarrollar a aquel país, que combinó con un empeño inigualable la exploración científica unida a la expansión comercial, la mejora de la agricultura, el crecimiento de las manufacturas, y la extensión de la educación básica, surgió de una razón instrumental <<confinada>>, porque nunca tuvo la pretensión de sustituir el cristianismo y su marco de referencia objetivo. Al contrario, reforzó su presencia social facilitando y valorando su independencia del Estado, que era aconfesional en la medida que no favorecía una confesión cristiana concreta, pero no porque rechazara el hecho religioso, o lo considerara intrascendente. Así, las distintas Iglesias pudieron desarrollarse con una libertad, en relación a los poderes estatales, que no existía en Europa. La relación europea Iglesia-Estado ha sido algo intrínsecamente negativa para el cristianismo, porque incluso en los casos más favorables el Estado surgido de la Modernidad tiene una filosofía más incompatible con la naturaleza cristina a causa de su ambición de totalidad, incluso cuando se envuelve con su bandera.

La Modernidad significa ideología liberal dirigida a la liberación de la subjetividad, y la postmodernidad desvinculada es su profundización hasta las últimas consecuencias en todos los ámbitos humanos, incluido aquellos surgidos de los fundamentos prodemocráticos de la sociedad, como la familia o la confesión religiosa. El resultado a largo plazo es que debilita aquello que se quiere construir, la propia sociedad liberal. El concepto básico del liberalismo es el individuo en sí mismo. Un ser cosmopolita, sin historia ni tradición; sin raíces. Y esa es la cuestión, sin vínculos personales superiores a su deseo (aunque el Estado liberal ya se encarga mediante la coacción de señalarle las líneas rojas). 

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