Alfred Sonnenfeld ( El nuevo liderazgo ético) La responsabilidad de ser libres

Está claro que el hommo oeconomicus del que venimos hablando tiene un concepto de la sociedad y del Estado que no deja de ser inquietante. ¿Qué ocurriría si tuviese todas las instituciones de la sociedad bajo su poder? ¿Qué significado tiene para él una democracia de acuerdo a las reglas del mercado? Los Flash-Crashs han demostrado que, en espacios de tiempo mínimos, se puede llegar a un descontrol total del mercado de finanzas.

El aumento explosivo de inmensas cantidades de datos es un fenómeno actual bien conocido. El hommo oeconomicus, a través de su modo egoísta de actuar y de su desconfianza constitutiva, ha conseguido apoderarse de un arsenal inmenso de información, lo cual supone, en realidad, una reducción o encogimiento de las posibilidades de comunicación estrictamente humanas. Porque es bien sabido que donde aumenta lo automático, decrece lo auténticamente vivo. La comunicación viva, la que nace de una transferencia humana, de una concordia de almas, no ha hecho sino empobrecerse. El hommo oeconomicus acaba estrangulando toda comunicación verdaderamente humana para aislarnos, blindar nuestro corazón y esclerotizar nuestra mente.

Un pensamiento tan solo calculador y desmedidamente informado, pero incapaz de reflexionar sobre las bases antropológicas del ser humano, supone una mente que fácilmente descuida cosas tan importantes como la lectura y, con ello, la capacidad del lenguaje escrito y oral. No olvidemos que cuanto más vivo, rico y claro es un lenguaje, aquellos que lo utilizan piensan y comprenden mejor, al tiempo que aprehenden la realidad con mayores garantías. La información desmedida es la causa de que existan tantas personas que viven a medias, inválidas y tullidas a causa de un habla y unas expresiones empobrecidas.

Además, en el mundo del hommo oeconomicus, la mentira es considerada como una herramienta necesaria para alcanzar la maximización de sus beneficios y, por lo tanto, se practica al margen de toda moral. La falta de veracidad planificada es vista como normal; el autoengaño y cualquier tipo de estrategia que lleve a alcanzar sus objetivos egoístas, están al orden del día en los Big Data, es decir, en las conexiones totales entre los datos de las cosas y de las personas. Como es lógico, las consecuencias de este modo de actuar son devastadoras, y suponen un gran reto para el poder judicial, que debe descubrir a los culpables, conscientes o inconscientes, de tales desastres.

Los promotores y defensores del hommo oeconomicus ven el mercado como un gran ordenador, es decir, como una máquina que procesa datos y les facilita el poder para regular los precios. Algunos sostienen que lo que podemos aprender de la crisis es que los mercados han quitado toda legitimación al Estado, precisamente por considerarlo incapaz de entender los procesamientos modernos de datos, tan necesarios para obtener la información precisa. El mercado automatizado analiza exclusivamente las preferencias que le permiten establecer diferencias en los precios, pero no considera importante si se hace con el fin de comprar libros, coches o ocupar nuevos puestos directivos de un banco o de un gobierno. De este modo, se nos está insinuando que, con el tiempo, el Estado tendrá que convertirse en un mercado o, de otra manera, no podrá subsistir.

Ante esta situación, hemos de formularnos algunas preguntas. ¿Será capaz este mercado automatizado, dirigido por ordenadores, de indicarnos qué noticias son relevantes o no, en base a cuáles de ellas tomaremos decisiones inminentes? ¿Es posible que un día perdamos la capacidad de reflexionar, al haber sido sustituidos de modo continuo por los nuevos ordenadores? ¿Estaremos dispuestos a seguir sometiéndonos al poder de las máquinas? Estos interrogantes implican que pensemos en las plataformas digitales, es decir, en un <<espacio>> indeterminado que está fuera de nosotros, y en el que la sobrecarga informativa podría producirnos la sensación de experimentar la vida como matemáticamente predeterminada. ¿Es eso cierto?

A finales del siglo pasado, el destacado físico y matemático Roger Penrose animó, en uno de sus libros titulado La mente nueva del emperador. En torno a la cibernética, la mente y las leyes de la física, a que abandonáramos la idea de las máquinas inteligentes. En este libro, Penrose rebate la hipótesis que por entonces era comúnmente aceptada, de que la naturaleza humana y su pensamiento se podrían reducir a algoritmos. Esta afirmación desató un debate tremendamente polémico y que aún hoy perdura.


Por lo que hemos dicho del hommo oeconomicus, la situación del mundo financiero, la influencia de la Economía de la información y los grandes avances de los algoritmos, queda patente que la información digital aumenta de modo vertiginoso y, con ello, los programas de ordenador que influyen considerablemente en las decisiones que toman los hombres. Un hecho significativo a este respecto, basado en datos recogidos por IBM, es que los algoritmos influyen en un 30 por ciento en las decisiones tomadas por los hombres, pero se teme que en pocos años lleguen a un 90 por ciento.

Se nos sugiere, por consiguiente, un problema inquietante, que viene dado no tanto por las nuevas capacidades de los ordenadores y sus posibles influencias sobre el ser humano, sino por la posibilidad de que <<el hombre se transforme en un ordenador>>. Quizá no consideremos una grave incursión en la intimidad, que el jefe de un banco utilice algoritmos para analizar el rendimiento de los trabajadores de su departamento o averiguar su fiabilidad. El problema serio, y del todo inadmisible, vendría dado si el jefe pensase que únicamente podría conocer a las personas que trabajan en ese banco a través de los algoritmos.

Algo semejante podríamos decir del médico que pensase que únicamente podría saber algo acerca del paciente a través de una tomografía axial computarizada o una resonancia magnética, sin tener en cuenta su historia clínica, su estado social y sus condiciones personales, pues ante esta falta de empatía resultaría dañada la relación médico-paciente y se dificultaría el diagnóstico, sobre todo en los hospitales de las grandes ciudades, donde la conjunción de distintas culturas, etnias, formas de comunicación, estratos económicos y estilos de vida, es muy variado.

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El economicismo utiliza, por tanto, la ciencia económica como el criterio decisivo para analizar todas las realidades humanas. El actuar humano se reduciría a su economía, y esto es precisamente lo que hace la crematística, que solo busca el poder económico para poder disponer ilimitadamente del dinero. La máxima del hommo crematisticus es que el alma de un hombre es su cuenta bancaria, pues juzga el valor y las posibilidades de las personas y de sus acciones según la cantidad de dinero que hayan sido capaces de obtener, y muestra desprecio por todo lo que no se refleje en la cuenta de resultados. El hommo crematisticus es el depredador, la piraña en los estanques de la economía, de la que nos habla el ya citado Scott Petterson. Como es obvio, el hommo crematisticus aplica la ley del más fuerte e incurre en corrupción.

La consecuencia final del economicismo y de la crematística es un modo de ver la vida que pone, como fin y valor primero, al yo mismo y mis intereses. Pero ocurre que cuando los intereses propios se encauzan únicamente desde una perspectiva egocéntrica, entonces no se puede vivir en armonía con los demás. Si cada cual se ocupa tan solo de sus deseos crematísticos, es imposible superar la contraposición de intereses. Si uno se niega a actuar con rectitud de intención y se desentiende de hacerlo en bien de los demás, se precipita en el abismo de lo banal y lo mezquino, se aleja de la realidad existencial y, con ello, se empobrece como ser humano, encaminándose hacía el áspero sendero que fácilmente conduce a la neurosis.

Esta persona mirará, únicamente, hacía la meta que se ha forjado en su yo. El egocéntrico sacrifica todo con tal de conseguir sus fines personales, sin importarle de qué índole sean: ser rico, poderoso, etc. El motor de su vida es un yo idealizado y, por tanto, utópico. Adler llama sentimiento de inferioridad al que aleja del <<yo ideal>> y voluntad de poder, parafrasenado a Nietzsche, a la tendencia a acercarse al <<yo ideal>>. Cuando mayor es su egocentrismo, tanto más siente la persona la distancia del <<yo ideal>> y se hace interiormente esclavo de los impulsos morbosos y tiránicos de su adorado yo. De este modo se autointoxica psíquicamente, con el riesgo de caer en la neurosis, cuyas manifestaciones más habituales son la angustia y el sentido de culpa.

La neurosis, en cuya base se encuentra un pulsión egocéntrica, una fijación del yo que impide su desarrollo hacia la madurez, pone de manifiesto un modo equivocado de estar en el mundo. El hombre al que le falta la auténtica grandeza se altera con facilidad, y en él, la ceguera respecto al bien objetivo se va haciendo cada vez mayor. Por el contrario, la persona auténticamente grande, es decir, la que sabe actuar con el señorío de realizar tareas en favor de los demás, no se altera, se mantiene equilibrada.

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