Margaret MacMillan (Usos y abusos de la historia)

HISTORIA Y NACIONALISMO
De las muchas formas que tenemos de definirnos a nosotros mismos, la nación, al menos en los dos últimos siglos, ha sido una de las más atrayentes. La idea de que formamos parte de una familia mucho más extensa, o según las palabras de Benedit Anderson, una comunidad imaginada, ha sido una fuerza tan potente como el fascismo o el comunismo. El nacionalismo dio el ser a Alemania e Italia, destruyó a Austria-Hungría, y más recientemente, desgarró Yugoslavia. Muchas personas sufrieron y murieron, hicieron daño y mataron a otras por su <<nación>>.

La historia nos proporciona gran parte del combustible para el nacionalismo. Crea la memoria colectiva que ayuda a llevar al ser a la nación. La celebración compartida de los grandes logros de la nación (y la pena compartida ante sus derrotas) la sostiene y la fomenta. Cuanto más se remonta la historia, más sólida y duradera parece la nación...y más valiosas parecen sus reivindicaciones. El pensador francés del siglo XIX Ernest Renan, que escribió un clásico del nacionalismo, desdeñaba todas las demás justificaciones para la existencia de naciones, como la sangre, la geografía, la lengua o la religión. <<Una nación, escribía, <<es una gran solidaridad creada por el sentimiento de los sacrificios que se han hecho y los que uno está dispuesto a hacer en el futuro>>. Como prefería explicar uno de sus críticos: <<Una nación es un grupo de personas unidas por una imagen errónea del pasado y el odio a sus vecinos>>. Renan veía la nación como algo que dependía del asentimiento de sus miembros. <<La existencia de una nación es un plebiscito de cada día, igual que la existencia de un individuo es una perpetua afirmación de la vida>>. Para muchos nacionalistas no existe el asentimiento voluntario; uno nace en una nación y no ha tenido elección alguna con respecto a pertenecer a ella o no, aunque la historia haya intervenido. Renania después de la primera guerra mundial, uno de los argumentos que usaba era que, aunque hablasen alemán, en esencia continuaban siendo franceses, como demostraban claramente su amor al vino, su catolicismo y su joie de vivre

Renan intentaba lidiar con un fenómeno nuevo porque el nacionalismo es un acontecimiento muy tardío realmente, en términos de la historia humana. Durante muchos siglos, la mayoría de los europeos pensaban en sí mismos no como británicos (o ingleses o escoceses o galeses), franceses o alemanes, sino como miembros de una familia, clan, región, religión o gremio en particular. A veces se definían a sí mismos en términos de adhesión a sus caciques, ya fuesen barones locales o emperadores. Cuando se definían como alemanes o franceses, era tanto una categoría cultural como política, y ciertamente no asumían, como hacen casi siempre los movimientos nacionales modernos, que las naciones tienen el derecho de regularse a sí mismas en un trozo de territorio específico.

Aquellas formas antiguas de definirse persistieron hasta bien avanzada la Edad Moderna. Las comisiones de la Liga de Naciones, por ejemplo, intentaron determinar las fronteras después de la primera guerra mundial en el centro de Europa y a menudo dieron con gente que no tenía ni idea de si eran checos o eslavos, lituanos o polacos. Somos católicos, u ortodoxos, era la respuesta, o comerciantes, o granjeros, o sencillamente, gente del tal pueblo o de tal otro. Danilo Dolci, sociólogo y activista italiano, se asombró al encontrar en los años cincuenta a personas que vivían en el interior de Sicilia y que nunca habían oído hablar de Italia, aunque, en teoría, llevaban varias generaciones siendo italianos. Eran anomalías, sin embargo, que quedaron atrás a medida que el nacionalismo se convertía cada vez más en la forma en que se definen a sí mismo los europeos. Las comunicaciones rápidas, una mayor alfabetización y urbanización, y por encima de todo la idea de que es bueno y correcto verse como parte de una nación, y una nación, además, que debe tener su propio estado dentro de su propio territorio, todo ello confluyó en la gran oleada de nacionalismo que sacudió a Europa en el siglo XIX y al mundo en general en el siglo XX.

A pesar de lo mucho que se habla de naciones eternas, éstas no las creó el destino ni Dios sino las actividades de los seres humanos, y en no menor medida los historiadores. Todo empezó discretamente en el siglo XIX. Los eruditos estudiaban las lenguas, clasificándolas en diversas familias e intentando determinar hasta dónde podían llegar en la historia. Descubrieron normas que explicaban cambios en el lenguaje y que eran capaces de establecer, al menos en a su propia satisfacción, que algunos textos que tenían siglos de antigüedad estaban escritos en formas primitivas de alemán o francés, por ejemplo. Etnógrafos como los hermanos Grimm recogieron cuentos populares alemanes para demostrar que existía algo llamado <<nación  alemana>> en la Edad Media. Los historiadores trabajaron asiduamente para recuperar antiguas historias y reconstruyeron la historia de lo que decidieron llamar su nación, como si hubiese tenido una existencia continuada desde la Antigüedad. Los arqueólogos aseguraban haber encontrado pruebas que mostraban dónde habían vivido en tiempos aquellas naciones, y adónde se habían trasladado durante las grandes oleadas migratorias.

El resultado acumulativo fue crear una versión poco real, pero aun así influyente, de cómo se formaron las naciones. Aunque no se podía negar que distintos pueblos, desde los godos a los eslavos, se habían movido por toda Europa, mezclándose con otros pueblos que ya estaban allí, tal visión asumía que en algún momento, normalmente en la Edad Media, la música se había detenido. Los participantes del juego de las sillas musicales habían caído en sus sillas, una para los franceses, otra para los alemanes y otra más para los polacos. Y la historia los había fijado como <<naciones>>. Los historiadores alemanes, por ejemplo, pintaban a una antigua nación alemana cuyos antepasados vivían felices en los bosques desde antes de los tiempos del Imperio romano, y que en algún momento, probablemente en el siglo I d.C., se habían vuelto reconociblemente <<alemanes>>. De modo que, y esta es la cuestión más peligrosa, ¿cuál era exactamente la tierra de la nación alemana? ¿O la tierra de cualquier otra <<nación>> ¿Era el lugar donde vivía ahora la gente, donde había vivido en el tiempo de su emergencia histórica, o ambos?

¿Habrían seguido con sus especulaciones los eruditos si hubiesen sabido adónde conducía el camino que estaban abriendo? ¿Las guerras sangrientas que iniciarían Italia y Alemania? ¿Las pasiones y odio que desgarrarían la antigua nación múltiple de Austria-Hungría? ¿Las reclamaciones con base histórica de los mismos territorios por parte de naciones nuevas y viejas después de la primera guerra mundial? ¿Los espantosos regímenes de Hitler y Mussolini, su elevación de la nación y la raza al bien supremo y sus increíbles exigencias de los territorios de otros?

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