Antoine Compagnon (Un verano con Montaigne)

CAPÍTULO 19
El otro

El diálogo entre Montaigne y los otros, como un juego de espejos es uno de los aspectos más originales de los Ensayos. Si Montaigne se mira en sus libros, si los comenta, no es para hacerse valer, sino porque se reconoce en ellos. Lo señala en el capítulo <<La formación de los hijos>>: <<No alego a los otros sino para alegarme tanto a mí mismo>>.

Montaigne recuerda con ello que los otros le proporcionan un rodeo hacia sí mismo. Si los lee y los cita es porque le permiten conocerse mejor. Pero el rodeo hacia sí mismo también es un rodeo hacia el otro, el conocimiento de sí mismo es el preludio de un volverse hacia el otro. Constata que, al haber aprendido gracias a los otros a conocerse a sí mismo, conoce mejor a los demás; los comprende mejor de lo que ellos mismos se comprenden:

La prolongada atención que dedico a examinarme a mí mismo me habitúa a juzgar también a los demás de manera aceptable, y hay pocas cosas de las que hable con más acierto y excusa. Me sucede a menudo que veo y distingo con mayor exactitud las cualidades de mis amigos que ellos mismos.

El trato con el otro permite ir al encuentro de uno mismo, y el conocimiento de uno mismo permite volver al otro. Montaigne, mucho antes que los filósofos modernos, había descubierto la dialéctica de sí mismo y el otro; hay que verse <<a sí mismo como otro>> -dirá Paul Ricoeur- para vivir una vida moral. El retiro de Montaigne no fue nunca un rechazo de los otros, sino un medio para volver mejor a los demás. No hubo dos partes en su vida, una primera activa y una segunda ociosa, sino intermitencias, momentos de retiro y de meditación, seguidos de regresos reflexivos a la vida civil y a la actividad pública.

Así es como estamos tentados a entender esa maravillosa frase del último capítulo de los Ensayos: <<La mitad de la palabra pertenece a quien habla, la otra mitad a quien la escucha>>. Según la complementariedad del yo y del otro que Montaigne ensalza tantas veces, la palabra, a condición de ser una palabra auténtica, es compartida entre los interlocutores, y el otro habla a través de mí.

Seamos prudentes, sin embargo, en la interpretación de ese hermoso pensamiento y no lo idealicemos. La continuación podría, en efecto, conferir un sentido menos amistoso, menos cooperativo, y más agresivo, más competitivo, al juego de la palabra: <<este debe prepararse para recibirla según el impulso que coge. Así, entre los que juegan a pelota, el que la recibe se echa atrás y se prepara según cómo ve moverse al que se la lanza y según la manera en que la golpea>>.

Montaigne compara la conversación con la pelota vasca, con una justa por lo tanto, un enfrentamiento en el cual uno gana y otro pierde, donde hay dos adversarios, dos rivales. No se trata para el uno de ponerse al alcance del otro, sino para el otro de contar con el uno. En el capítulo <<El arte de discutir>>Montaigne admite que le cuesta darle a razón a su interlocutor. Pero para que el intercambio sea hermoso, como en la pelota vasca, cada uno debe poner algo de su parte.

Así pues, Montaigne oscila entre un concepto de la palabra como intercambio o como duelo. No obstante, acaba venciendo la confianza, por ejemplo, en esta generosa sentencia del capítulo <<Lo útil y lo honesto>>: <<Un lenguaje abierto abre otro lenguaje, y lo saca fuera, como hacen el vino y el amos>>.

CAPÍTULO 21
La piel y la camisa

Montaigne fue un político, un hombre comprometido -ya lo hemos recordado-, pero siempre procuró no implicarse, mantener una cierta distancia, mirarse actuar como si estuviese en el teatro. Lo explica en en capítulo <<Reservar la propia voluntad>>, en el tercer libro de los Ensayos, después de su experiencia como alcalde de Burdeos.

La mayoría de nuestras ocupaciones son teatrales. <<Mundus universus exercet histrioniam>> [<<El mundo entero representa una comedia>>, Petronio]. Hemos de representar debidamente nuestro papel, pero como el papel de un personaje prestado. La máscara y apariencia no debe convertirse en esencial real, ni lo ajeno en propio. No sabemos distinguir la piel de la camisa. Basta con enharinarse la cara sin haberse de enharinar el pecho.

El mundo es un teatro. Montaigne desarrolla aquí un tópico, utilizado ya en la Antigüedad. Somos actores, máscaras; no nos tememos, pues, por personajes. Actueamos con conciencia; cumplamos con nuestro deber; pero no nuestros actos y nuestro ser, mantengamos un margen entre nuestro fuero interno y nuestros negocios.

¿Nos da Montaigne una lección de hipocresía? De adolescente, yo lo creía cuando leí los Ensayos por primera vez y desconfiaba de esa distinción sutil. Los jóvenes sueñan con la sinceridad, la autenticidad, y por tanto con una identidad perfecta y una transparencia ideal entre el ser y el parecer. Así, por ejemplo, Hamlet denuncia los usos de la corte y rechaza todo compromiso. Delante de su madre la Reina exclama: <<I know not "seems">> [<<No conozco los parecidos>>].

Luego uno descubre que vale más que los poderosos no se tomen demasiado en serio, no se identifiquen totalmente con su cargo, sepan conservar cierto sentido del humor o cierta ironía. Es un poco lo que la Edad Media había teorizado en la doctrina de los dos cuerpos del rey: por una parte, el cuerpo político e inmortal, y por otra el cuerpo físico y mortal. El soberano no debe confundir su persona con su cargo, pero tampoco debe dudar de su función, so pena de comprometer su autoridad, como otro personaje de Shakespeare, Ricardo II, un rey demasiado consciente de estar representado un papel y pronto derrocado.

Montaigne prefiere habérselas con hombres que, por decirlo llanamente, no se den importancia:

Observo que algunos se transforman y transubstancian en tantas nuevas figuras y nuevos seres cuantos cargos asumen, y que se vuelven prelados hasta el hígado y los intestinos, y arrastran su oficio hasta el retrete. No puedo enseñarles a distinguir los sombrerazos que le conciernen de aquellos que conciernen a su cargo, o a su séquito, o a su mula. <<Tantum se fortunae permittunt, etian ut naturam deiscant>> [<<Se abandonan hasta tal extremo a la fortuna que olvidan la naturaleza>>, Quinto Curcio]. Hinchan y agrandan el alma y la razón natural a la altura de su asiento magistral. El alcalde y Montaigne han sido siempre dos, con una separación muy clara.

Si Montaige, una vez elegido alcalde, no jugó a ser importante -como decía el filósofo Alain-, no por ello dejó de ejercer todas las prerrogativas del cargo con firmeza, contrariamente a lo que algunos han podido dar a entender interpretando literalmente sus palabras. No hay ningún elogio de la hipocresía cuando pide que se aísle el ser del parecer, sino una exigencia de lucidez y, antes que Pascal, una advertencia para no engañarse a uno mismo.

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