Tzvetan Todorov (El miedo a los bárbaros)

La memoria colectiva de todo grupo fundamenta su cultura. Pero la memoria es en sí misma necesariamente un construcción, es decir, una selección de hechos del pasado y su disposición en función de una jerarquía que no les corresponde por sí mismos, sino que les otorgan los miembros del grupo. Esta memoria colectiva, como toda memoria humana, lleva a cabo una selección radical entre los innumerables acontecimientos del pasado, y por eso el olvido de los recuerdos. La selección de los hechos y su disposición jerárquica no la llevan a cabo eruditos especialistas (en muy frecuente incluso que para los guardianes de la memoria los historiadores sean lo que les impiden pensar lo que quieren), sino grupos influyentes de la sociedad que pretenden defender sus intereses. El objetivo prioritario de estos grupos no es conocer el pasado con exactitud, sino lograr que los demás reconozcan su lugar en la memoria colectiva, y por lo tanto en la vida social del país.

Un ejemplo elocuente de la constante reconstrucción a la que está sometida la memoria colectiva, y por lo tanto también la cultura del país, son las recientes aspiraciones de diversos grupos, tanto en Francia como en otros países occidentales, a asumir el papel de principal víctima en el pasado. Aun cuando ser víctima de la violencia es una suerte deplorable, en las democracias liberales contemporáneas se ha convertido en deseable obtener el estatus de antigua víctima de violencias colectivas, un estatus que se transmite hereditariamente de generación en generación.

A este respecto es significativo que se haya producido una mutación en el memoria colectiva y que en la actualidad sean las antiguas víctimas, en lugar de los antiguos héroes, los que son objeto del mayor número de atenciones y solicitudes. Los ultrajes sufridos pesan más que los éxitos conseguido. Tras la Segunda Guerra Mundial se hablaba con el máximo respeto de los deportados políticos, antiguos resistentes, porque habían actuado, de modo que merecían el reconocimiento de la patria. Solía pasarse por alto la existencia de deportados <<raciales>>, es decir, judíos. No habían hecho nada, así que no había razón para hablar del tema. Treinta años después la situación se había invertido y los antiguos resistentes se sentían olvidados, porque la atención se había desplazado hacía las víctimas de la persecución antisemita, objeto del crimen más importante, el crimen contra la humanidad. Aquellas víctimas no habían actuado, de modo que el mal que se les había infligido era todavía mayor. Esta consagración del relato victimista en el lugar del relato heroico, en la cima de una jerarquía simbólica, es testimonio indirecto de que entre nosotros se ha reforzado la idea de justicia. ¿A quién se le ocurriría reclamar el papel de víctima si no tuviera la esperanza de que reconocieran su sufrimiento y le ofrecieran una reparación?

Así, durante varias décadas se ha considerado que la víctima por excelencia eran los deportados, judíos, víctimas del nazismo. No obstante, desde hace unos años este privilegio poco envidiable ha provocado que otros grupos que sufrieron en el pasado injusticias y malos tratos deseen ese mismo reconocimiento, lo que ha creado un fenómeno de concurrencias de memorias. Los hijos, los nietos o los descendientes más lejanos cargan con las reivindicaciones de otras antiguas víctimas, como los pueblos colonizados de los siglos XIX y XX, o las poblaciones sometidas a la esclavitud en el XVII y el XVIII. Algunas veces adquieren la forma de demanda de arrepentimiento, o cuando menos de reconocimiento público de la falta cometida por parte de las autoridades del Estado, el presidente o el parlamento. Hemos visto que en Francia estas críticas tuvieron como contrapartida la solicitud por parte de otros grupos de la población de que se reconociera públicamente el papel positivo de la colonización francesa, e incluso de erigir monumentos en memoria de los veteranos de la Organización de l`Armée Secréte (OAS), organización terrorista de extrema derecha.

Estas luchas por reescribir la memoria colectiva ilustran los procesos de construcción y de reconstrucción a los que siempre está sometido el pasado, y que tienen resultados palpables: desde hace un tiempo Napoleón está perdiendo su puesto de héroe nacional francés, ya que se está más atento a la voz de las víctimas (representadas por sus descendientes o por sus defensores). Desde el punto de vista de la civilización, como por lo demás desde el de la historia, es preciso evitar la lectura maniquea del pasado, y la reducción de sociedades y de culturas enteras al papel de verdugo y de víctima. Lo que debe valorarse es el momento en que el individuo toma consciencia de la identidad de su grupo y es capaz de observarlo como desde el lugar de otro, ya que así tiene la posibilidad de escrutar con mirada crítica su pasado para reconocer en él los antiguos rasgos tanto de humanidad como de barbarie. No podemos conocer las propias tradiciones y la propia cultura si no sabemos tomar cierta distancia respecto de ellas, lo que en absoluto debe confundirse con la autodenigración sistemática y la fustigación pública, pero tampoco con la tranquila seguridad de haber tenido siempre razón. Se trata más bien de sustituir los gritos de orgullo y las lágrimas de arrepentimiento por el cuestionamiento sobre las causas y el sentido de los acontecimientos pasados.

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